Por Manuel T. Bermúdez
Todas las personas que han estado secuestradas y que han vuelto a la libertad, han coincidido en afirmar que desde su cautiverio, desde la soledad de las montañas, desde la angustia del encierro, desde los parajes hermosos e inhóspitos de nuestra magnífica geografía, han descubierto “la otra Colombia”.
Se han dado cuenta que hay otro país, otra patria que no han querido ver, otro país que quizá sus propios intereses y sus afanes, no les ha permitido observar. Un país que es real, que está allí, saliendo un poco de la ciudad, a unas cuantas cuadras del pavimento que transitan en sus lujosos autos y que el paso raudo no les ha dejado notar nunca.
¡Pero es cierto, hay otra Colombia!. Quizá es aquella que un día describiera Germán Castro Caicedo, con un nombre que aún nos golpea a quienes nos acercamos a la investigación hecha por el periodista literato: hay una “Colombia Amarga”. Una patria que no hemos querido reconocer y que se muere en el olvido; y aunque hablamos de colombianismo de conciudadanos, y aunque en cada alocución del presidente de turno pone cara de amabilidad para decir “compatriotas, conciudadanos”, las acciones de los gobiernos de siempre, ya sean nacionales, departamentales o municipales, se han olvidado de esos compatriotas que están allí no más, saliendo de la comodidad que brindan los linderos marcados por los asfaltos de todas las ciudades o pueblos de Colombia.
Estoy seguro que la inmensa mayoría de los connacionales no necesita ser secuestrado para saber que hay otra Colombia. Existe otro país que no figura en las guías de las empresas de turismo colombianas porque los programas que tienen están hechos para quienes hacen turismo fuera de la patria, para quienes saben qué país visitar y en cuál estación ir a los distintos lugares del mundo, mientras esos sitios de gran belleza que están redescubriendo los que fueron retenidos y están allí no más, a unos pocos pesos de viaje, no aparecen en los catálogos de la mayoría de las agencias de turismo de Colombia.
Me duele que hubiese sido por la fatalidad del secuestro que algunas personas hayan descubierto que en esa otra Colombia, que nunca han mirado ,no porque esté distante sino porque las circunstancias de “clase” así lo han dictado, hay también madres que tienen hijos, que sienten angustia por su ausencia, hay hombres que aman y que quieren llegar con un pedazo de pan para sus familias.
En esa otra Colombia que nunca se han detenido a ver, hay seres humanos que son los que sustentan de comida a las ciudades a cambio de salarios de miseria. En esa otra Colombia que apenas ahora está redescubriendo hay seres humanos, campesinos, a los que muy de vez en cuando les ponen atención a sus angustias a sus necesidades, acrecentadas hoy por este momento por el que atraviesa el mundo.
En esa otra “Colombia Amarga” que hasta hace poco se enteraron que existe, también ante todo y sobre todo , hay seres humanos que no reclaman mucho: solamente vivir con dignidad.

Estimado Manuel Tiberio, excelente artículo y comparto plenamente sus apreciaciones, justamente hoy estoy viviendo, por circunstancias de la vida, en un hermoso pero lejano paraje de lo que bien llamas «esa otra Colombia». Un abrazo fraterno desde la distancia…¡¡¡
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