
¡Soy yo!
[…] aun así, no sé quién soy.
Voy encontrando a Dios, – poco a poco –
en la misma medida en que me voy perdiendo.
Me llené de descontento, e insatisfacción;
he sufrido con paciencia, llorado amargamente;
quizás sean esos los motivos que me heredaron
el cansancio prematuro de mi juventud.
Muchas veces me he aterrado,
encerrado en un mutismo inconsolable,
por la paradójica, excesiva, ¡y tan patética!
felicidad incomprendida.
De una violencia tan deshumanizante;
del rojo desgarrador, del mal ajeno.
Me turba el bullicio que hay en las calles – porque no dice nada –,
me turba mucho más: el que hay en mi cabeza – porque dice muchas cosas –.
Por eso me gusta la música que me hace sentir…
como si no sintiera.
Le he cogido también gusto a extraviarme fuera del camino recto;
a tomar malas decisiones a propósito;
a salir de mi propio yo, y encontrarme en lugares otros…
en personas otras.
He aprendido a revolcarme en la oscuridad,
a dejarme llevar por la fuerza misteriosa de la poesía;
a hablar con el silencio y compartir mi compañía
con la soledad.
Ahora no busco el sentido de la verdad,
dudo más bien de la verdad, o existencia del sentido.
Ahora me aburren los finales felices, porque me quiebro imaginando,
qué tan mal la está pasando!
el perdedor de esas historias.
Leo muy despacio, procurando no obviar ningún detalle.
Nado contra la corriente ya que no me interesa saber dónde termina el río,
sino dónde comienza,
para pensarme y repensarme desde aquel sitio; hasta desaprenderme
y así no cometer iguales torpezas en el transcurso.
Mi antídoto contra el caos es la risa… de los demás.
¡Soy un bufón, un arlequín, un payaso! Que al deshacerse de su maquillaje al final del día,
observa en un espejo roto: el funesto reflejo de su melancólica apariencia…
Soy el raro, el fenómeno, el anormal de las normalidades internas…
soy Diógenes el Cínico cagando públicamente en los parques de Atenas,
soy el conductor de este navío de los locos que es la inconsciente consciencia.
¡Todo me harta! Me embarga la fatiga de una forma recalcitrante,
incluso mortificante mientras duermo.
Rechazo todas las oportunidades sin sentir remordimiento,
porque solamente espero aquella que me ofrezca lo que estoy buscando:
la soledad de mí mismo, la enfermedad curativa y una muerte renovadora.
Sin lograr atajar los sentimientos líquidos de un mundo desacralizado,
condenado a retornar eternamente al sufrimiento,
contemplo conmocionado la aceleración, la hipermodernidad;
alegrándome por lo rápido que pasamos por el tiempo;
cuando es éste pasando por nosotros… dejando una huella imborrable.
¡Y estoy ahí!
[…] ocultándome en los lugares donde todos me pueden ver,
siendo nadie en medio del gentío.
Después de todo boté al mar mis más intrincadas memorias,
mi pasado, mi presente… hasta boté el afán por construir un futuro.
Únicamente entiendo que mi vagancia reside temporalmente en estas letras,
que no hay nada tan perecedero y podrido como el cuerpo,
que el cerebro es una esponja indispensable y que no falta Dios…
nos sobra humanidad y por eso la maltratamos.
Al final del camino, despilfarraré mi último aliento degustando el dolor,
esperando el perdón que nunca llegará… ¡ni merezco!
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DAVID FERNANDO VINASCO SUÁREZ.
ESTUDIOS UNIVERSITARIOS: PSICOLOGÍA, QUINTO SEMESTRE:
INSTITUCIÓN: UNIVERSIDAD CATÓLICA DE PEREIRA, AÑO: 2018.
NIVEL DE INGLÉS SEGÚN EL MARCO COMÚN EUROPEO: B2 (INTERMEDIO ALTO)
inspirador
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