Luis Carlos Vélez
En su recorrido hacia el trabajo el aprendiz debía pasar por el Mirador de la Secreta, desde donde se divisa el cañón por donde corre silencioso y entre guaduales el río Quindío. Después de cruzar bajo el puente don Nicolás deja atrás los caminos o trochas que trazados por entre los cafetales comunican las casas campesinas que bordean su cauce, continúa la marcha hasta perderse en un recodo lejano. El panorama da la impresión del inmenso pesebre que ayer y hoy disfrutan desde el mirador los transeúntes locales o turistas. Un poco más allá y vuelta la vista al oriente aparece Armenia enmarcada en su cielo de nubes gigantescas, que filtradas por torrentes de luz, ilumina la gama verde de las faldas de la cordillera central. Esta visión de la naturaleza reconforta la mente.

Años antes los aficionados al fútbol que visitaban el estadio Centenario, en su camino de regreso hacia el centro el centro de Armenia, recorrieron y se expusieron a satisfacer las “súplicas amenazantes” de los habitantes de la calle, que salidos de repente de los socavones cavados bajo las placas de cemento del antiguo mirador, porfiaban por una limosna.
En las tardes, cuando el sol inicia su vejez y agonía diarias para morir en el horizonte, un sinnúmero de garzas lentas y majestuosas trazan sobre guaduales, cafetales, campesinos que regresan a los ranchos labriegos, y el humo de los fogones de las cinco de la tarde que escapa por las chimeneas, el vuelo blanco alegra los aires con su despedida silenciosa hacia el árbol garcero.
Este regalo de la naturaleza brinda a quienes pasan a diario o se detienen a observar, asomados a las barandas del futuro malecón, el cañón que una vez prometieron sembrar de guayacanes amarillos, y mil proyectos de construcción que naufragaron en piscinas de engaños.

La costumbre de madrugar para emprender el camino grabó en la mente del aprendiz estos retazos del paisaje quindiano. Una noche pensó que aunque existen infinidad de canciones dedicadas al Quindío, valdría la pena intentar un texto al campesino, su choza y su plantío. Tuvo la idea de que bastaba colocar en aquel escenario natural, la voz anónima que canta sus “posesiones” y emociones.
Al otro día en la cafetería decidió que intentaría un resumen escrito. En el escritorio, después de encender y poner a punto el computador, comenzó a escribir al respaldo de la nota débito que tomó de la canasta para la basura. La tarea: describir lo mejor posible el paisaje observado a diario.

A la mañana siguiente lo entregó al maestro Luis Moreno, que después de leer, releer, mirar y revisar curioso el otro lado del formato bancario y el color azul del papel, preguntó:
“¿Qué sitio le sirvió de muestra para escribirlo?”.
Una vez el aprendiz respondió, el maestro Moreno dijo:
“Páselo en limpio para leerlo mejor, y vaya este fin de semana a mi casa. Lleve la grabadora. Pienso que ya lo tengo…, saldrá un bambuquito bonito”.
Terminada la grabación el maestro invitó al aprendiz a una caminata por su barrio. A medida que avanzaban el maestro repetía partes del nuevo bambuco. De pronto se detuvo y al colocarle, como otras veces, la mano en el hombro, el aprendiz supo que otra vez llegaba el momento en que don Luis Moreno añadiría a la conversación baladí, un toque de su experiencia:
“No olvide que cuando se escriben cosas por el gusto de aprender y luchar por verlas terminadas, sin afanes ni pretensiones de nada, disfrutará más todo lo que haga. No escriba por encargo para nadie, hágalo cuando quiera y pueda. Así de sencillo es…”.
El aprendiz entendió que el maestro agregaba nuevas reflexiones personales como parte preparatoria e integrante de su enseñanza sobre aspectos desconocidos de la vida musical que lo esperaba.
Grabado en la voz del maestro, Paisaje quindiano esperó veintiocho años en el cajón. Un día, Mauricio Arroyave hizo los arreglos para la versión de Harvy Murillo.
PAISAJE QUINDIANO
Bambuco 300992
Compositor: Luis A. Moreno Cardona
Arreglos: Mauricio Arroyave Duque
Intérprete: Harvy Murillo
En el paisaje quindiano
A la sombra de guaduales
Donde brisas matinales
Traen olor a cafetales
Tengo un ranchito quindiano
Con su huerta y su plantío
…mirándose en los remansos
Cristalinos de mi río…bis
En ése rancho que amo
Tengo mi negra y mis críos
Un cuadrito que conservo
Con la foto de los míos
Y una virgen que protege
Con su manto mis sembrados
…son el tesoro que escondo
En mi ranchito quindiano…bis
El vuelo lento y cansado
De mil garzas errabundas
Alegra el cielo quindiano
Con sus alas vagabundas
De verde se van pintando
Montañas y cafetales
…y acentos tienen los aires
De cantarinos guaduales…bis