
…bueno, eso creo, me llamo y me llaman Liboria de la Santa Extremaunción y no sé cuáles son mis apellidos, no los necesito para prepararle un buen café y agradecerle su visita, dígame Liboria y nada más, me suena bien cuando para hablar con alguien repito mi nombre frente al espejo, Liboria, Liboria, Liboria, hasta hacerme sonreír yo misma, como me dicen quienes todavía me visitan, doña Liboria, buenos días tenga usted, doña Liboria, buenas tardes, buenas noches las tenga siempre, señora Liboria, ¿toma café?, no se inquiete por ese olor, tan pronto hierva el café, el apartamento olerá delicioso, su aroma le hará pedirme otro poquito, sírvame otro pocillo, señora Liboria, siéntese en ese sofá, joven, no se quede parado y mucho menos se ponga a flotar por la habitación, como sucede con algunos que vienen a visitarme y a preguntar solo por personas muertas, ¿también usted quiere averiguar por muertos?, sí, vivo con mi mamá, esa de la fotografía en la pared era mi mamá y sigue siendo mi mamá aunque la que llega todos los jueves a las doce de la noche, y se encierra en el baño, no se parece mucho a ella, pero es mi mamá, claro que sí, no me extraña este repentino encerramiento, personas como usted, con preguntas como las suyas, vienen cuando les conviene, no cuando necesito que me acompañen y me pregunten si estoy viva, si todavía soy persona, si soy mujer, dónde compró ese café, cuántos paraguas rojos tiene en el escaparate, y si hablo, y si lloro, y si río, ninguno hace eso conmigo, de todas maneras sigo siendo Liboria de la Santa Extremaunción y jóvenes como usted, por conocer la historia de este pueblo, Bumba se llama, donde pocos quedan y la mayoría se fueron, los pocos que resistieron el tumbador viento a todas horas y los súbitos aguaceros nocturnos, con gotas de agua del tamaño de huevos de codorniz, con gotas de agua a veces rojas, y cuando tenemos suerte, azules, se alistan para irse, vienen rápido, me entrevistan y me llenan la alcoba, la sala, la cocina, con muertos de todos los años, cada nombre, cada anécdota, cada recuerdo que me arrebatan de la cabeza, escarbándome la memoria que me queda, es otro muerto que empujan desde el pasado y lo abandonan por los rincones de mi casa, me los dejan rondando tristes, con la misma tristeza de Lázaro cuando Jesús lo resucitó y a pesar de eso se mantuvo solo, caminando silencioso por callejones de Betania, siempre con una pequeña piedra en la mano derecha, con la que salió de su tumba, caminando nostálgico por pueblos cercanos, como si Lázaro contento entre la muerte no hubiera querido regresar a la vida que había vivido, porque yo pienso que si es duro morirse una vez, entonces morirse dos veces no le parecía bueno a Lázaro, tómese el café para servirle más, huele mejor, ¿cierto?, abrí la puerta porque dijo que deseaba saber por qué me llamo Liboria de la Santa Extremaunción, es usted el único que no viene a preguntarme por muertos, el único en darse cuenta que estoy viva, que soy capaz de preparar café aunque tenga 88 años, estos años cumplí, nos obligaron a confinarnos y no salir, sobre todo la gente como yo, no salga señora Liboria, debemos cuidarnos para no morir, encerrarnos más de lo encerradas que mantenemos, yo solo camino hasta el parque y de ahí no paso, le doy de comer a las palomas,algo le susurro al samán cuando me siento bajo su sombra, y regreso aquí, joven, y me siento aquí donde me ve usted, son las nueve de la noche y si no tiene afán y espera, no es necesario que le rememore toda esa gente que vivió en el pueblo, vendrán solos, uno tras otro, llegan por cualquier lado, por eso tengo las ventanas abiertas de par en par, aunque entren el viento y el frío, por eso el café está caliente, me dijo que desea saber de mi vida, de los hijos, o los nietos y los hombres que me amaron, los libros, los poemas que me estremecieron, claro, sigo viva, no seré otro muerto que venga esta noche a acompañarme, ya le traigo galletas para que coma con el café, no se vaya a ir, por favor, puede quedarse todo el tiempo del confinamiento, nos acompañaremos, verá que mientras me pregunta detalles de mi vida, esos muertos llegan solitos y se acomodan por ahí, a escuchar sin interrumpir, me ocurre con frecuencia, nunca identifico cuáles están vivos y cuáles están muertos, al principio los diferenciaba por las miradas y sonrisas, los muertos sonríen de diferentes maneras, tan distinto de nosotros los vivos o medio vivos, y aquí en mi casa los hago sonreír cuando pronuncio determinadas palabras, y los vivos miran sin saber lo que observan, tartamudeo palabras como chocolate, fotografía, gallina, montaña, gardenia, linterna, beso, niñez, papá, mamá, cartilla, pupitre, libro, gorrión, digo gorrión, digo gorrión y quiero llorar, joven, ¿quién le habló de mí?, ¿le hablaron primero de mí o del ángel que tengo en la jaula?, yo no lo encerré, él mismo se introdujo ahí para acompañarme, cuando les llega la noticia del ángel enjaulado, no resisten la curiosidad y vienen a verificarlo, ¿señora Liboria de la Santa Extremaunción?, preguntan, y quieren tomar fotos mías y de mi casa, de cada objeto, pero sobre todo porque en realidad lo que pretenden es tomar muchas fotos de la jaula donde vive el ángel, y hablar con él como si conocieran su idioma, aunque él solo mira y sonríe, todavía no lo invito a la habitación donde me acompaña desde cuando cumplí ochenta años, ¿cómo dice?, para nada, para nada me preocupa quedarme aquí aislada estos días, escuche le digo, Liboria de la Santa Extremaunción de los Ángeles, es mi nombre completo, el ángel debe estar durmiendo ahora, cuando a toda la gente la obligan a quedarse encerrada, por suerte los muertos sí pueden venir a visitarme, se trasladan fácil por esas calles solitarias y nadie los ve, ¿quiere otra taza de café?, ¿no?, entonces venga y observe, tal vez el ángel está esperándolo, no le pregunte nada, adivínele cuanto dice con las sonrisas, si él decide hablar, le sirvo de traductora, venga, no se cubra la nariz, es solo un leve olor y nada más, no tiene nombre, a veces lo llamo Lázaro, a veces lo llamo Liborio, a él no le importa,
(La anciana, completamente desnuda, sigue allí. Sentada frente a la jaula, en cuyo interior se descompone un gorrión. Habla sola. Sostiene en su mano una taza llena de café frío. El viento que entra por la ventana, agita su larga cabellera blanca. Es el tercer mes de confinamiento. Hay telarañas por todos los rincones de su apartamento).