Para: Revista Digital Arrierías Edición 35.

- Señor Ramírez, mucha gente no sabe realmente lo que es la vida de una persona secuestrada, maltratada, violentada. La angustia de saberse atado, encadenado a un árbol, como si uno fuera un animal; de no saber nada de su familia, de sus negocios; de verse obligado a hacer sus necesidades fisiológicas enfrente de uno, dos o más bandidos. La gente habla, dice y pregona la paz cuando este país siempre ha estado en guerra y los señores de la guerra que tienen el poder, las armas y, supuestamente, la verdad poco hacen por buscar esa verdad.
Es un hombre relativamente joven, frisando los sesenta años de edad. Habla con ira contenida y por momentos calla ante la proximidad de unas lágrimas que contiene a fuerza de las circunstancias. El diálogo surge a partir de un análisis de la situación actual de Colombia frente al accidentado proceso de paz. Escuchar a José Solís (1), nos pone a reflexionar acerca de las grandes dificultades que hay frente a cualquier proceso de paz. Lo escucho en silencio, con respeto y deferencia admirable por el hecho de sincerarse a contar su propia realidad, su horrible vivencia. Continua su espeluznante relato:
- Cada fin de semana llegaban guerrilleros a ese campo de concentración donde mantenían unas personas secuestradas, entre ellas recuerdo a una ciudadana norteamericana a quien violaban constantemente. En un año que estuve ignominiosamente en cautiverio, secuestrado, perdí una pequeña finca que tenía en el Llano, algunas propiedades y hasta mi familia. Créame, respetando sus criterios y conocimientos sobre el tema de la violencia, hablar de paz bajo los criterios de verdad, justicia, reparación y no repetición es una mentira.
- Señor Solís, ¿ha recurrido usted a la Justicia Especial para la Paz, o al Estado?
- Pues claro, he agotado todos los recursos y las víctimas somos como una pelota que todo mundo golpea o pasa a patadas de un lado a otro. Nadie asume la responsabilidad de sus competencias. Por eso estoy de acuerdo con armarnos y seguir defendiendo lo que tenemos porque el Estado tiene una incapacidad reconocida para actuar. El Estado, por supuesto, tiene también responsabilidad en todos los actos de violencia que ocurren. Cogen al más pendejo y lo enredan con falsos positivos, asesinatos, compra de testigos, en fin, impulsan la misma violencia que tratan supuestamente de corregir. Los dueños del poder y del dinero financian la guerra misma y se han enriquecido durante todo ese proceso. El arma que han utilizado de contratar sicarios para defenderse o atacar ha creado un monstruo difícil de controlar: el paramilitarismo.
Calla. No quiere hablar más. Siente que ha desfogado su frustración en medio de personas que no lo vamos a juzgar por lo que piensa porque, realmente, hay una justificación pues de víctima directa ha sido revictimizada por las circunstancias de un proceso que apenas comienza pero sobre el cual no ven muchas esperanzas.
Tiene mucha razón el señor Solís. Llegar a la verdad es uno de los principios más difíciles de acatar por los actores de la guerra. Los colombianos vimos, leímos y sentimos el sufrimiento de miles de personas sacadas de su entorno por esa maldita guerra. Los actores armados tenían sus campos de concentración donde violentaron todos los derechos humanos y arrasaron con contenidos mínimos de los códigos del Derecho Internacional Humanitario: personas civiles secuestradas por años sin poder comunicarse con sus familias, entre ellos decenas de militares en barracas inmundas que recordaban los campos de concentración Nazi; la implantación de minas en campos agrícolas con grandes afectaciones a los campesinos; voladuras de oleoductos; otros actores del conflicto, la contraparte de la guerrilla violentando comunidades, violando mujeres, asesinando indefensos campesinos frente a sus familiares. Estos últimos asesinos recibían el apoyo de los dueños de la economía, del mismo Estado. Las fuerzas armadas (no todas, por supuesto) asesinando inocentes que hacían pasar por guerrilleros para justificar la ignominia de algunos ascensos o reconocimientos de medallas o recibir algunas canonjías.
¿Cómo olvidar el carro bomba explotado en la Escuela de policía donde unos jóvenes inermes se formaban como oficiales para el servicio del Estado? La perfidia, prohibida por el DIH, hizo carrera en Colombia y fue utilizada por todos los actores del conflicto, empezando por el mismo Estado.
La barbarie cometida lleva a la venganza, a la vindicta y esta es el camino expedito para la ignominia, la injusticia de un Estado que no opera por una justicia incapaz, al menos, de llenar o cumplir con un elemento mínimo que aliviaría el odio de todos aquellos que han sufrido el impacto de la guerra: la reparación.
Si se aligera el proceso de reparación con equidad, quienes han sufrido directamente la ignominia del conflicto armado pueden perdonar. Lo que no podemos exigir es el olvido, pues nadie olvida a sus seres cobardemente asesinados, violentados. Así entiendo el caso del señor Solís que es el mismo de miles de personas afectados por la vil guerra que entristece a nuestra Colombia.
POST SCRRIPTUM: “La historia no es una narración única, sino miles de narraciones alternativas. Siempre que decidimos contar una, también decidimos silenciar otras”. 2
- Nombre cambiado para proteger la identidad de quien da el testimonio.
- Yuval Noah Harari. Homo Deus. Página 200