
Sara Lucía Ospina Fayad.
Cajamarca era el pueblo de crianza de Teresita, había llegado julio mes de vacaciones y de reencuentros familiares, en sus tareas cotidianas la jovencita ayudaba en el negocio de su padre: Almacén de Textiles Fayad, no gozaba de libertad para salir a otros escenarios sociales a compartir con amigas, la disciplina reglamentaria era: salir de la casa con la vigilancia de la madre, al almacén con la tutoría del padre. Teresita confiesa que con mucho aburrimiento hacía aquella tarea de atención al público en el almacén y en muchas ocasiones su cara en vez de atraer a los clientes, decía el padre: los espantaba. Era de esa manera que lograba que a regañadientes la devolvieran a la casa, donde confiaba desde el balcón la aventura de poder verse a la distancia con su amor de ojos azul de cielo, como siempre lo recordaría.
La Chata, mujer recordada por su suave temperamento y laboriosidad en las tareas de la casa , trabajaba para la familia y entre las ocupaciones sumaba peinar los cachumbitos de las señoritas Fayad, dos eran las hermanas de Teresita: Cecilita y Jazmín, ellas conocían el dilema del amor prohibido de Teresita, el hermano Moisés también sumaba el control del cuidado de sus adorables hermanitas que siempre estaban en vilo a la espera de la aparición de sus pretendientes como la revelación de una estrella fugaz, suficiente motivo para suspirar con la picardía que dejara una mirada de amor.
En cualquier espacio entre la casa, el almacén y la vitrina de atención al público, era posible que llegaran los mensajes románticos del enamorado que ella guardaba en la custodia fiel de un muñeco, al que se le estiraban las extremidades (el cofre que atesoraba los recuerdos).
El crudo frío de ese inolvidable mes de julio hizo su trampa en la salud de Teresita, tenía una prolongada tos que se hizo crónica, sus mejillas habían perdido su color, por los malestares ocasionados por la bronquitis, se rendía en la habitación que guardaba sus secretos, de repente escucha los murmullos de sus padres que se encontraban en el corredor cerca de su pieza, conversaban sobre el estado de salud de su hija, llegando a la decisión de llevar la niña para Girardot, así el clima caliente le devolvería la salud a Teresita, ante la noticia de la inminente determinación , sólo tubo espacio el nostálgico pensamiento que no podría verse ni comunicarse con su amor.
Programado el viaje para Girardot al día siguiente dónde una paisana de nombre Elena, quien aceptaría generosamente recibir a la jovencita en su casa. Cabe aclarar que la anfitriona era pariente del pretendiente árabe Ahmed, a quién los padres Moises y Frutosa consideraban digno pretendiente para su hija.
Angustiada ante la noticia y aprovechando la entretención de la familia en las tareas que suponía el viaje, se logra escapar hábilmente pese a la fiebre y el malestar y llega a la telegrafía sin más ni más, envió un telegrama a su Sigi que se encontraba en Bogotá, la nota decía: “Estoy enferma trasládame Girardot”. Con tan mala suerte que la telegrafista, al otro día informo a la madre del telegrama enviado por Teresita; emprendieron el viaje padre e hija para Girardot, desconociendo la intromisión de la telegrafista.
Salen de madrugada rumbo a la Ciudad de las Acacias. El memorable Chuchito Cruz era el chofer, hombre amable de prominente pancita que alegraba el viaje con sus dichos y cuentería. Teresita no lograba disipar ni el malestar ni la preocupación de que su amor hubiera recibido su mensaje.
Con la amabilidad de la mejor anfitriona Elena, los recibe y conduce a Teresita a la habitación delicadamente organizada, luego se reúne en la sala con Moisés, comparte un fresco, conversan y cruzan palabras sobre la prole que se quedaba en la espera de noticias sobre el viaje y su objetivo, se despiden reseñando la hora del encuentro para el día siguiente, de tal manera que el padre sigue su trayecto y se instala en el Hotel Royal.
La mañana cálida daba la bienvenida al incierto día, en la recepción una llamada para el huésped de la habitación 12, recorre los corredores Moisés para llegar a la recepción y atender la bocina, su semblante dejaba entrever la mala noticia, con un par de palabras contesta insistiendo su inmediato regreso. Sale del hotel, cruza la calle que lo llevaría a casa de Elena, donde se armaría la de troya, toca la puerta y sin vacilación ingresa proyectando en su gesto toda la consternación del mal momento, con voz fuerte y enfática le dice a su hija que empaque su maleta para el inmediato retorno a Cajamarca, ella obediente sin cruzar palabras asiente con temor, desconociendo las reacciones del enojo de su padre. Se despidieron de Elena que no entendía nada, con el ceño fruncido sin cruzarle una mirada, llegan al Hotel Royal para recoger las maletas. Como lo planeado era haberse quedado una temporada, el sr. Moisés había diligenciado el retorno de Chuchito para atender las demandas familiares y del almacén.
Saliendo del hotel en el segundo piso, Teresita ve con sorpresa entrar a Sigi, se alcanzan a ver uno y otro con la costumbre de sus códigos de enamorados, se hacen señas en la cabeza y le avisa que el papa esta con ella. Él se oculta para que no lo vea, padre e hija se dirigen hacia la recepción para cancelar los costos de la estadía, luego toman rumbo a la estación para abordar el tren de las doce. Sigi los sigue con cautela hasta llegar a un bar donde se queda observando como abordaban la máquina del tren, Teresita inhala el calor de la ciudad, ver a su novio la deja en un letargo que supera los síntomas de la otra enfermedad.
Sigi, sentado en la mesa del bar de la estación del tren acompañado por una cerveza. Su enamorada lo veía con su mano en la distancia decir adiós, con la otra la cerveza sostenida sin reparar el vaso se regaba dejando la espuma caer por la mesa. La complicidad del escenario atenuaba su tristeza con la magia que acompaña a los enamorados, sonaba una canción compañera de su pena, de la radiola salía su lamento: SE VA EL TREN… Y CON EL SE VA MI AMOR… la la la….
Unos días después Sigi regresa al pueblo de Cajamarca a las vacaciones semestrales de julio y como era su costumbre busca los medios para encontrarse a escondidas con su adorada, la hermana de Sigi era su confidente y en los escasos minutos que pudieron verse, gracias a ella que les compartía la sala de su casa, acompañando los breves encuentros de los enamorados, suficientes para declarar lo prolongado de la espera, para murmurar su amor. Es donde le cuenta a Teresita que angustiado por la noticia del telegrama recibido y con la necesidad de verla, había empeñado la gabardina porque no tenía dinero para viajar a Girardot. También hablaron de la canción “SE VA EL TREN” que escucho en el bar de la estación y el derramamiento de la cerveza rebozando el vaso hasta dejar la huella húmeda sobre su pantalón de dril.
Resignados nuevamente al destino de los amores prohibidos.
Hasta una próxima anécdota
POEMA
Se buscan, desde el exilio
Desde la intuición del alma
Desde la ansiedad cubierta de abrazos
Se buscan, la soledad les murmura la espera
La noche les habla de los caminos
Los días les hablan del tiempo
Las estrellas conocen sus pasos
Las nubes los protegen con el telón azul
Las hojas se caen contando los días
Las flores festejan la espera
Las golondrinas anuncian bienvenidas
El universo hace su tarea
Se buscan y el historiador lo escribe
La compasión les otorga la cita
Las montañas nevadas les dan su sonrisa
En la ciudad el milagro anuncia la noche y el día
Desde la vigilia, mirada del búho
Trasegando los años
Con el vuelo agitado desde la partida
Entre océanos de universos secretos