
Estamos como Hamlet por aquello de ser o no ser… porque nosotros, pobres mortales, sin las capacidades filosóficas del personaje, con la mollera más bien tupida por tanta televisión vista, congestionado de la testa por tanto trino lanzado a diestra y siniestra, aturdidos por tanto Facebook que nos quita el tiempo estamos ante el dilema de salir o no salir…
Y es que uno sale más asustado que puerco en navidad, pues con esto del riego de contagio por el bicho ese que no vale la pena nombrar, miramos con recelo a todo aquel que pasa a menos de dos metros de nosotros.
Peor aún si de repente alguien lanza un estornudo, es como si hubiese explotado una bomba cerca de nosotros. Inmediatamente buscamos con ojos aterrados de donde viene ese “acto reflejo convulsivo de expulsión de aire desde los pulmones a través de la nariz, fundamentalmente por la boca” como se define al estornudo y si las miradas mataran el autor del estornudo caería fulminado por la nuestra.
Y ni que decir de los elementos que ahora cargamos en un bolsito comprado de afán para esta emergencia en la que guardamos en calidad de tesoro: u frasquito con alcohol que continuamente nos echamos en las manos. Cuatro “pasabocas”; léase tapabocas por aquello de que es mejor prevenir que tener que lamentar: un flexómetro que nos permita ratificar que la persona más cercana a nosotros si esté a los 2 metros que ordenan los pandemiologos. 3 pares de guantes para úsalos cuando vamos al cajero, cuando tomamos el carrito en el supermercado o cuando por desgracia nos toca abrir alguna puerta.
La salida de casa se ha vuelto una extraña aventura, casi tan dramática como si tuviéramos que internarnos en una selva en la que nos acechan los más temibles peligros.
Al salir de casa nos parece que nos volvemos vulnerables al máximo, sentimos que desde todos los lugares nos acechan los riesgos, que todos los que cruzan por nuestro lado podrían dejar en nuestra humanidad el bicho aquel y nos agachamos, nos hacemos los desentendidos, cuando vemos que alguien intenta hablarnos. El otro es un riesgo para mí y yo debo serlo también para quien pasa por mi lado.
Estamos asustados para salir a la calle, estamos temerosos de abandonar el refugio de nuestra casa y más cuando vemos las cifras de contagiados diariamente y, sobre todo, cuando observamos a los irresponsables que salen sin el tapabocas o lo llevan de sostenedor de cumbamba o de adorno en el cuello.
Mientras tanto hacemos cachito para que la tal vacuna que están anunciando salga pronto y nos permita tener la seguridad de que podemos andar por el mundo con menos riesgo que hoy…
Salir o no salir: he ahí el dilema