Por Angie Vanessa Ramírez Castillo

Damos la bienvenida a Angie Vanesa Ramírez, quien reside en Jamaica y ha decidido unirse a Arrierías; ella es licenciada en Español y Literatura, pero además es escritora de cuentos y poemas.

Dejamos a su consideración su quehacer de escritora y esperamos que siga en nuestra compañia por mucho tiempo.


Tuitea una hormiga

Se acerca un enorme zapato junto a una pala,

demasiada arena en la cara y un compañero ha caído.

Aquel hombre no se cansa de trabajar.

Hoy ha muerto otra hormiga y las ganas de respirar.  

(2019)

Intimidad 

De repente estoy en sus caderas

rodeada de calor infernal,

orificios, pelos puntiagudos

y cubierta de oscuridad.

Entre gemidos me palpan y rasgan.

Un intruso entra.

A mi nadie me pregunta nada.

Líquidos por doquier, ella lo disfruta.

Pero me olvidará mañana,

me arrojará a un rincón junto a otras prendas.  

Si la ropa íntima hablará.            

(2019)

La muerte quiere renunciar

Piel olvidada, ante el instante más feliz de la vida y saber de la muerte un aliado y acosador. No deja de ser ironía la sensibilidad absurda, el llanto sin razón y las lágrimas de motivos equivocados.

La última vez que se observó en el espejo este le sonrió. La decadencia mental nunca sería un problema, pero hay fragmentos difíciles de confiscar. Ella tenía que llevarse a un recién nacido, un joven, una madre tres minutos después de parir y otras diez mil personas en un solo día. Por todos los siglos de la existencia humana y su precariedad, la muerte quiere renunciar.

(2016)

Un desconocido en la cama

Ella se niega a creer en las palabras de un desconocido, quien jura conocerla de vidas pasadas. Lo único que ella siente es la mirada de un perrito cuando ha sido abandonado. La visión de ella eran unas ramas que ocultan una luna rosada, dos amantes se besaban, una lágrima le interrumpió el camino a un gusano. Solo eran él, ella, nada importaba.

Después de tantos milenios sus ojos aún lo recuerdan. Ella inocentemente prefiere pensar que él se metió en sus sueños; sacó del sombrero algún cristal y lo deslizó por su cerebro bajo al estómago y se quedó eterno en la punta de su dedo más diminuto. Así ella desciende al infierno con muchos cristales en el pecho. El crimen queda completo, no lo detiene nadie, ataca salvajemente y hasta con amor el cadáver.

(2020)

De pronto la vejez, la abandona

De todos los oficios, ella colecciona historias empolvadas y cambia de cajas cada fin de semana. Crece el tamaño de las bolsas, cada vez más grandes y pesadas. Al menos ayer murieron treinta y cuatro escritos de la infancia, cincuenta de la adolescencia y el número crece en la adultez.

Lector ¿nadie conoce las letras nunca publicadas? ¿será el respeto por confidencias o evitar reproches? Alcanzarán a llegar los cuentos intactos, suelen huir de las revistas y las editoriales. Desapercibidos y afligidos, sé sepultan debajo de la tierra o esperan que la imaginación del público los complete. Pero eso último, sería real si de verdad ella tuviera lectores. La observó con sus herramientas cavar otro agujero, no queda espacio en el patio trasero y grita “manuscritos sesenta no sean envidiosos con el noventa y nueve”

(2020)

Pánico de tener tos seca

A la una de la madrugada alguien no puede estar afuera, pero tampoco en el encierro.  Inician unos dedos a tocar el piano y no guardan un metro de distancia. La escritora frente al computador quiere llorar, pero el compás del piano no la deja y dice —¡Oh, “Ólafur Arnalds” viajas al lunar de los ensueños!

Lo que pienso es que los demás necesitan retornar a la vida, escuchando “Saman” contando de tres en tres, ante el pánico de tener tos seca.  Ella se acaricia el pecho y las manos tapan su boca; llueve en su oído izquierdo y en el derecho un audífono está sonando. Con los ojos cerrados y entreabiertos, sale y entra del portón, en ese intervalo, una realidad muy ambigua en la antesala de los tapabocas y en las cifras del mundo. Vuelve ella a ver el video, Arnalds se ha tumbado en una silla vieja; ha despertado el piano. La forma de ella llevar el encierro fue con el arte. Esa melodía viajará por fronteras y a los rincones de pieles desoladas. ¿Quién sabe lo que sucede al cerrar los ojos?

A ella le duele el antebrazo izquierdo, masajea y en el interior habitan personas clamando por comida, palpitan como la música; pero el otro antebrazo no duele, al parecer puede escribir. —La escritura tiende a ser ambidiestra, parecido, a los que no saben que corriente seguir en el nuevo orden mundial, enfatiza esa mujer en tono irónico. Se termina la tinta, ella se refresca la garganta y el video se reinicia.   

Le regalaré otras líneas… El pie derecho le impone reglas al pianista y el otro le sigue. En el fondo, ya no interesa si se acaba la tinta negra o dorada. Nadie sabe dónde inicia el conflicto del arte y de la conveniencia. La pestaña del ojo izquierdo carga una lágrima pesada y el párpado derecho da fugaces soluciones al llanto. La nariz en el medio es la más afectada, escondida, la rinitis la ha vuelto nada.

Al final, la melodía busca lirios morados y el último respiro de algunos habitantes; ella intenta llevar el ritmo de “Saman” con ambos pies mientras le beso la frente. Es preferible leerla con aquella sinfonía. Esta vez la voz es de ella —Todos en el fondo tenemos los pulmones gastados. Demasiados ruidosos los autos y alguien entra. Uno, dos, tres ¡respira! en medio de tantos muertos. Cuatro, cinco, seis es mejor ser dirigido por una melodía. Siete, ocho, nueve se hace tarde para volver a casa.  Diez, once, doce en casa cocinan los hombres. Trece, catorce, quince muchos hermanos en el exterior no volverán.  Una mujer constipada, se ha asustado al observar líneas de más.                                    

(2020)

Nota biográfica

A Vanessa Ramírez C.

Angie Vanessa Ramírez Castillo (26 años)

Nacida en La Dorada, Caldas; radicada en Jamaica. Es normalista Superior, tecnólogo en Contabilidad y Finanzas, y licenciada en Español y Literatura.

El 17 de abril del 2020 ganó el concurso de relato corto realizado por “Cabaret literario”

Deja un comentario