Una Historia Prohibida / Por Sara Lucía Ospina Fayad.

En estos tiempos lentos, donde las historias se recrean como cintas cinematográficas, me ha surgido la idea de compartirles una de las muchas historias, anecdóticas, de mi madre.

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Cursaba el año 1945, la niña Teresita, de bucles y piel de durazno, mejillas rosadas y brillo de luz en primavera, hermosa, en sus inquietos años adolescentes, se encontraba re-quinterna en el colegio de las Terciarias Dominicas, barrio de las Cruces en Bogotá, por motivos de desobediencia, en tiempos donde enamorarse era razón suficiente para alentar a sus padres a tomar medidas drásticas.

 Movida por el corazón, Teresita, respondía al llamado del amor, suponía tal amorío, desafiar las normas morales, sociales, éticas, familiares, religiosas y educativas de la época. Nace un sinfín de anécdotas que prevalecen en la memoria de Teresita, con la fidelidad de los detalles que cobran vida cuando los narra con su memoria activa.

Cursaba el cuarto grado de primaria, donde las más pequeñas cumplían con el deber sagrado y obediente de seguir las lecciones de la Madre Amada, rectora del colegio y la Comunidad Terciaria. (Cabe resaltar que Teresita tenía 13 años, pues en esa época los niños entraban a estudiar por primera vez a los 7 años de edad). 

Teresita, soñadora enamorada, acostumbraba escoger el puesto que diera a la ventana, en el salón de clase; una ilusión le alimentaba, soñaba con Sigi, azul  cielo era el color de  los ojos del adolescente que robaba su corazón y por el cual estaba en el requinternado, que no sólo la ausentaba de sus padres y familia, sino del  amor de su amado, estaba sujeta a las visitas quincenales o mensuales de una  tía que recuerda, ataviada de abrigos  muy vistosos y que vivía en la calle octava con séptima,  de la ciudad capitalina.

Como los adolescentes estaban bajo la prohibición de verse, encontrarse o comunicarse, habían creado  a través de señas una manera de lenguaje secreto, él con sus palmas en acorde musical hacia un palmoteo,  que ella reconocía  al momento,  sus oídos atendían de inmediato, es así como una mañana, la  hermana Sor María José, de seño adusto, explicaba la lección en el pizarrón; de repente, Teresita escucha el mensaje por la ventana, las palmas en acorde y su corazón se exalta, en procura de levantarse para ver por la ventana, coincide que la maestra formula una pregunta a la que ella responde de inmediato, levantando la mano en acción de contestar y con el propósito de justificar pararse para así poder mirar por la ventana,  sólo ella  levanta la mano, lejos de conocer la respuesta.

Ve con sorpresa a su amado Sigi, con un mensaje escrito en una cartulina que decía: vine a estudiar a Bogotá, ella ante la inesperada sorpresa y ante la magnitud de lo que significa responder a la pregunta de la maestra no sabe qué contestar y cae sobre la silla, de milagro sonó la campana para salir al recreo. La hermana, viene hasta ella preocupada de ver la ausencia de color en sus mejillas y el desvanecimiento al caer sobre el pupitre, ¿qué pasa Teresita? le pregunta preocupada:

– No sé – Dice la pequeña – me encuentro trastornada –

La monja le dice que se quede ahí sentadita o si prefería llevarla a la enfermería, Teresita contesta vagamente que prefiere quedarse un poco en el salón mientras se siente mejor.

Así se ausenta Sor María José, dejando cerrada el aula de clase. Teresita, suspira, se toca la cabeza, le parece mentira, que Sigi, su amor, este afuera con esa noticia, vuelve a mirar y no es mentira, sigue allí mirando a la ventana; acostumbrados a comunicarse por señas frente a tanta dificultad que suponía hacerlo, el pasa su mano sobre la cabeza en acción de estar en mutuo dialogo, ella hace lo mismo pasando la mano por su cabeza, ella hace otra señal de espera.  Rasga una hoja de su cuaderno y escribe: “Amado mío estoy feliz, me alegra verte”, dobla ligeramente el papel y lo lanza por la ventana, en ese instante pasaba una carreta cargada de carbón de piedra, (era costumbre de la época, utilizarlo para encender las hornillas y los calentadores de agua) entonces ella, que había escrito su mensaje para que él lo recibiera, lo ve caer por desventura sobre la carreta con carbón de piedra. Ve a Sigi correr tras la carreta y no le pierde la mirada, ve cómo con afán le pide al carretero que pare su marcha y busca afanosamente el mensaje de su amada; entre más busca más hollín a su vestido nuevo y su camisa blanca, por fin lo encuentra tiznado por el carbón, con la pena de no saber el contenido. Se despiden a lo lejos, convencidos de haberse comunicado. Resignados nuevamente al destino de los amores prohibidos.

Hasta una próxima anécdota.

BARRANQUERO

 Sé que estás ahí:

te pronuncias con  goloso romance,

tú sabes cuánto te quiero,

ya sé que tu canto es pregonero

del amor de quien te hizo.

Acompáñame en las notas del pentagrama…

Si  callamos, pararía la vida

sin tu  grave silbato

sin tu nota

sin mis inquietos pensamientos

sin la sabiduría de la vida.

Mi delirio es tocarte cuando te asomas a mi ventana

pero  te alejas con malicia sabiéndome enamorada,

 tus encantos me seducen,

esos satinados tonos aguamarina que cubren tu cabeza,

dejan en mi un suspiro de quien pinceló tanta belleza,

vuela y llévame contigo,

mi sueño es sentarnos un día en la misma mesa. 

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