Aunque rebosando sangre, odios, traiciones, ambiciones y desesperanzas el perturbador libro Paracos (Bogotá, 2009), es una recopilación desoladora y reseca de testimonios de primera mano que refundió el periodista bumangués Alfredo Serrano Zabala, documentalista social, para exteriorizarnos personajes y escenarios, situaciones de toda índole, de otra más de las brutales épocas vividas en Colombia.

Libro de imprescindible lectura para escuchar pormenores del paramilitarismo que no relataron periódicos, revistas ni noticieros colombianos, dedicado a Jesucristo -entre otras personas- y con provocativo epígrafe de Álvaro Uribe Vélez, que puede interpretarse según las devociones políticas que el lector reitere en su vida íntima: “No me llamen paraco, que así me llaman las Far”. No se deben buscar, aquí, análisis ni descripciones de la parapolítica. Para tal propósito consúltese el libro: Y refundaron la patria. Edición de Claudia López. Paracos, es un público confesionario con megáfono narrativo. En primera persona, voz alta y sin guardarse nada (tal vez aquello… que no convenía evidenciar) protagonistas manifiestos del paramilitarismo revelan sin pudor, conceptuándose patriotas, sus experiencias y las de quienes compartieron, entre la vida y la muerte, equívocos ideales y desmedidas codicias en una nación que quisieron refundar.
Escuchando las declaraciones de este grupo de personajes seleccionados por Serrano, además de verificar su forzada y habilidosa inserción en la vida pública y el Estado, junto con la complicidad de este hacia tal engendro histórico colombiano, entre 1980 y 1990, el desaliento es total. Croquis del poder económico donde empresarios, terratenientes, periodistas, políticos, comerciantes y gente de toda categoría socio-económica, hacen parte de las confesiones hechas por Don Mario, Vicente Castaño Gil, Don Berna, Salvatore Mancuso, Gordolindo, Pablo Sevillano, Diego Rivera, Julio Castaño y Albeiro Guerra Díaz, pilares visibles de la criminal estructura. El pavor circulando por la vida diaria de los colombianos. Libro revelador de aquella cotidianidad que desgarró hondo a nuestra nación, en sus páginas no priman alineamientos políticos. Solo el retrato de Colombia sangrada, saqueada y descompuesta.
Lúgubre historia de dicho período, confesada en retazos por quienes la hicieron, la sufrieron e hicieron sufrir. Lo más prudente es que no lea este libro para no decepcionarse del género humano. Gordolindo, dice: “Detesto que líderes de nuestro país y del mundo, cuando ven que la paz se palpa y merma la guerra, se espantan. Existen personas incendiarias que no le dan la oportunidad a la paz. El proceso de paz con las autodefensas es parte de un gran proceso que se tiene que dar en Colombia. Ningún escenario de guerra que hayan visto en una película es igual a los escenarios de guerra que se han dado en Colombia. Me gustaría que un enfermero de la guerra diera su testimonio, no un militar, o un médico: sería una historia del horror”.
El tema de mi comentario, es citar el inverosímil caso que relata Don Mario, sobre el paraco satánico. Asunto como para páginas sobre magia negra de alta escuela, en la más infame de sus manifestaciones, el relato ocupa cuatro páginas. En la 45 de su manuscrito, Don Mario relata: “Me llamó mucho la atención uno de ellos, pues se veía muy mal herido, pero de sus heridas no le salía ni media gota de sangre, solamente se veían los huesos por donde le habían entrado las balas. Me acerqué y le pregunté qué era lo que le pasaba que yo lo veía muy mal, que ya le mandaba a buscar el médico para que lo curara. Me respondió: Señor, no se ponga a perder tiempo con eso, más bien ayúdeme a morir. Yo tengo que morirme hoy. Si de verdad quiere ayudarme, le suplico, mándeme a matar, antes de la media noche. Mire estas heridas, ya estoy todo podrido. Ya su cuerpo olía a muerto de días”.
Escalofriante suceso satánico que no transcribiré aquí. Quienes conozcan sobre nefandas prácticas necrófilas del vudú, podrán relacionarla con un rito propio de tal religión. Don Mario la narra con terror. Varios testigos asistieron al caso del joven paraco gravemente baleado, suplicando que lo mataran para llegar al final del pacto que en algún momento de su vida hizo con alguien o “algo”. No menciono otros escabrosos detalles de aquella noche. “Como a la media hora, llegaron los dos paracos que se habían ido con el Buitrago que iban a matar y le comentaron a “Belisario” que casi no lo pueden matar, que le dieron con todo el plomo que tenían y no le entraba, que les había tocado matarlo a machete, porque así se los había pedido él. Que de otra manera no moriría. Que tenían que despedazarlo, para que el pacto se rompiera, y él pudiera descansar. Como a las diez y treinta de la noche, era que el muchacho había podido morir. Después de esto decidí que no me quedaría a dormir allí. Me voy ahora mismo para Casibare y luego para San Martín”.
El caso, que yo abrevio, es uno de tantos testimonios que reflejan la vida íntima de altos mandos paramilitares y de aquellos muchachos que conformaban, sumisos, los grupos. A quienes poco les importan planteamientos de sociólogos, politólogos o periodistas que persisten defendiendo la paz, este libro puede mostrar otros rincones de la muerte en Colombia, a los cuales nunca se han asomado. Al finalizar la lectura, uno se pregunta: ¿Dónde estaba yo, cuando todo esto ocurría? ¿Dónde estábamos?