Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue…
dejemos al amor y vamos con la pena,
y abracemos la vida con ansiedad serena,
y lloremos un poco por lo que tanto fue…
León de Greiff.
Años 1965-1966. Para deleitar nuestros ojos y sentidos, viendo al Amor, era obligado estar presente cuando saliera de La Normal o de El Liceo femenino, y, parados al frente, en un andén, ver el desfile celestial de las niñas hacia sus casas en animadas charlas y con presuroso paso.
Sin embargo, un día, así, como caído del cielo, llegó el Amor a nuestro salón de clase. Era un grupo heterogéneo de niñas trasladadas del Liceo femenino. Nuestro impacto fue indescriptible. Sorpresa, alegría, temor, curiosidad.
Blancas, morenitas, con porte de reinas, pecosas, altas, bajitas, pelilargas, pelicortas, tímidas, bulliciosas, amables y amistosas. Así era ese ramillete de niñas que, desde ese momento, serían nuestras compañeras de clase.
En el salón no había “macho alfa”, la competencia era entre los varones y las aptitudes: sacar excelentes notas, pertenecer a la selección de fútbol, ser buen atleta, tener buena voz, dibujar bien, ser el hazmerreir del grupo, declamar, entre otras, eran las características. No había celos ni rivalidad, solo competencia.
Con la llegada del Amor, cada uno trató de sobresalir y lucirse ante las recién llegadas. Sin embargo, alguna ya era novia del profesor de cálculo, y ahí sí, ni modo. Otra tenía un hermano que parecía “una pulga arrecha”, por lo celoso y conflictivo, pero amigable. Otra, con porte de reina, nos invitaba a estudiar en su casa y el grupito de estudio soportaba la tía cantelotosa, solo por tomar caldo de ojo. Serias, recatadas, tímidas y hermosas, eran, y son, todas y cada una de ellas.
El Amor, también estaba en la Normal y durante los Centros Literarios que, se hacían conjuntamente, podíamos hacer la selección platónica del Amor futuro.
La competencia se volvió un reto por conseguir el trofeo del Amor y las armas usadas fueron variadas. Quien podía invitaba al Amor a bailar al “Rancho”, donde hoy está el edificio de la Alcaldía. Otros, solo podían llevar al Amor a la “terraza”, un gimnasio, en la actualidad, y, el sitio de citas era la “Samaritana”, lugar donde muchas veces apareció la mamá del Amor y a empellones, estrujones, del pelo, o con una mirada, hacía retirar al Amor de nuestro lado.
Con la llegada del Amor, la manada se desagrupó y aparecieron los clanes. Cada uno tenía su jefe. El nuestro era “chamizo”, un líder innato por su inteligencia y agudeza verbal. Cada clan seleccionó, aprendió, cantó y llevó serenatas con canciones que, sin saber como ni cuando, aparecieron en el imaginario del repertorio amoroso.
Y nuestro clan, salió ganancioso, desde el bachillerato escogimos al Amor, luchamos por el, lo conquistamos, y pasado más de un decalustro, de distintas maneras, está aún a nuestro lado. Y el Amor sabe que las canciones nos acercaron a él.
Esas canciones, que pocos escuchan, y si lo hacen, es para evocar recuerdos, eran el gancho para demostrarle al Amor nuestro interés.
Morenita Mía, de Armando Villareal Lozano, cantada por varios autores entre ellos Marco Antonio Muñiz.
“Hay un amor muy grande que existe entre los dos,
Ilusiones blancas y rojas como la flor,
un cariño y un corazón que siente y que ama,
si no me olvidas siempre felices seremos los dos.”
Al Amor se le cantaba con AMOR, canción del dueto de antaño.
“No se si adorarte nada espero,
Porque pienso en tu amor que es un suspiro
No queriéndote ver siempre te miro,
No queriéndote amar siempre te quiero”
Al Amor se le cantó cuando alguno del clan se alejó. Y la canción fue “Adiós Bella Mujer”, o “El Sello de mi Nombre”, de Félix Ramírez, e interpretado por Las Indianas.
“Adiós mi amor la vuelta será tarde,
Que triste estoy porque me voy de aquí
Solo te pido no vayas no a olvidarme que,
Yo, jamás, me olvidaré de ti.”
Pepe Quintero, fue nuestro aliado de conquista con Destinos Paralelos. El Long Play, donde se encuentra esta canción fue uno de los más valorados obsequios para el Amor.
“Tuve la suerte de encontrarte yo muy niña,
tuve la suerte de que fueras para mí,
te quiero tanto, bien lo sabes mi pequeña,
eres la causa de sentirme tan feliz.
Juntos iremos por la senda de la vida,
nuestros destinos paralelos ante él,
si tú estás triste lo verás en mi alegría,
si estás contenta me verás a mi reír.”
Y claro, Juan Arvizu, Margarita Cueto, Blanca Ascencio y Carlos Mejía con sus canciones Taboga, Solo y Triste y Más Vale tarde que Nunca, nos hacían la segunda para cantarle al Amor, en grupo, o en solitario mediante cartas de amor llamadas “esquelas” y elaboradas con escritura preciosista de quien mejor letra tuviera.
https://www.youtube.com/watch?v=xWRh6P0WwD8 TABOGA.
https://www.youtube.com/watch?v=6GJTuyDmv8Y Solo y Triste.
https://www.youtube.com/watch?v=I50Tc1OwPnk Más Vale Tarde que Nunca.
No fuimos los únicos que enamoramos al Amor con estas canciones, pero si somos afortunados por poder evocar momentos inolvidables oyendo melodías que transportan a esos momentos donde libamos, el vino del amor, en una valiosa copa, y como dice el saber popular “Uno nunca rompe la copa donde bebió un buen vino”
