
Algunas personas conservan recuerdos imborrables que les permiten describir con exactitud sus detalles mínimos. Una calle inolvidable, la ventana de la “enamorada”, una reunión familiar o de amigos, una frase al azar, una conversación baladí, o cualquier situación por fortuita que parezca, pueden impresionar los sentidos y se convierten en las fotografías mentales que guarda para siempre. Parece que la historia de la vida de cada quien se reduce al compendio de momentos impactantes, y sin importar si fueron traumáticos, alegres, tristes, o divertidos, algunos quisieran visitar en algún momento la patria del pasado.
Una tarde el aprendiz, recordando los sitios inolvidables y queridos, la ruta recorrida para llegar al colegio, y con especial cariño la calle estrecha donde transcurrió su niñez y adolescencia, escogió un sábado para una caminata por el viejo barrio La Cabaña.
Se detuvo en la esquina de la calle diez con carrera veinte. En el ejercicio de recordar cada tramo del trayecto, emprendió su caminata mental a contra corriente del presente. Aparecieron con detalle los antiguos colores de las casas y la hermosura o pobreza de las cortinas en las ventanas, y el rostro de los padres de sus amigos. No existía La tienda “La villa” donde se reunió en las tardes y noches la barra de amigos a comentar la jornada de estudios, a recolectar la “vaca” para comprar el aguardiente o la cerveza, y averiguar en qué fuente de soda de Armenia bailarían esos fines de semana. A fanfarronear, todos, de que tenían cita en la casa de sus novias, o las amigas estudiantes, las más bonitas del colegio Oficial, Adoratrices, o Normal.
Se adentró en la callecita. La encontró pavimentada e inclinada por efecto de la explanación, y curva en la parte que empalma con la carrera diez y nueve. También recordó la casa paterna, ubicada en la mitad de aquella calle estrecha y polvorienta, al borde del barranco, mismo que sirvió para mirar hacia la quebrada Armenia por donde corrían las aguas residuales de la fábrica de cerveza Bavaria que, canalizada años después, permitió la construcción de la avenida.
Otras personas habitaban las casas reformadas que ayer fueron de bahareque; la revueltería de Emiliano: cerrada para siempre. No encontró a los amigos de su época de estudiante. Y aunque sabía que “mi enamorada”, como decía, todavía vivía allí, no creyó oportuno visitarla; prefirió imaginar que un día se marchó.
En aquella época la casa paterna estaba frente a otras construidas en hilera sobre otro barranco más alto, y comunicadas por un hilo de caminito de tierra. En medio de los barrancos: la callecita curva bordeada por piedras y pasto raquítico que sirvió como cancha de fútbol, y campo de batalla para jugar “guerra libertadora”.
El día especial para la barra de estudiantes era el domingo, día en que bajo los efectos de la resaca visitaban a don Antonio Arias, quien ponía por condición para prestar a todos las tiras cómicas de El Espectador, que leyeran en la puerta de su casa, la continuación de las aventuras de Tarzán, El Fantasma, Benitín y Eneas, Educando a papá, y Mandrake.
Ocurre que en las esquinas de la juventud algunos se enamoran en silencio de las muchachas de su barrio; a veces ellas nunca lo saben. Le pareció que para romper la realidad y rendir homenaje a la callecita, podía “montar” otro escenario para la historia de dos enamorados. Sólo necesitó “encontrar” las dos primeras líneas para iniciar el escrito. Días después transformó aquella “realidad” del pasado y el presente en la ficción que describía de manera condensada las imágenes que llegaron a la mente; un intento por reflejar en el texto la mezcla de ficción y vivencias durante la caminata.
Por costumbre visitó a don Luis para mostrar los escritos de esa semana. En la sala, el maestro leyó varios, pero escogió para musicalizar: Sitios queridos. Sin mostrar la letra de Callecita de mi aldea, el aprendiz la dobló y la arrojó a la basura, pero don Luis se dio cuenta, y preguntó:
“¿Qué escrito tiene ahí? ¡Muestre, muestre! ¡Sáquela de la basura! ¡No bote nada sin mostrarme primero!”.
Leyó el texto, dijo:
“No, no, no, no, déjemelo que está muy bueno el tema. Me recuerda mi callecita en Pereira. Ya mismo le pongo música, y Sitios queridos lo dejamos para después, o mejor, cuando aprenda más cosas le pone música usted”.
El maestro afinó su guitarra y el ritual se repitió: marcó compases e inició con el pregón:
CALLECITA DE MI ALDEA
Bambuco 920302
Compositor: Luis Ángel Moreno Cardona
Intérprete: Esteban del Castillo
¡Callecita de mi aldea!
¡Qué sola te encuentro hoy!
Ya no suenan callecita
Tonadas llenas de amor
Que alegraban por las noches
Los balcones y el farol
Y la luna que contigo
Miramos con emoción
Se ha ocultado tras la nube
Para no ver mi dolor
Te pregunto callecita
Que pasó con los amores
De esa linda muchachita
Que robó mil ilusiones
Te pregunto callecita
Si muy lejos se ha marchado
O ha partido para siempre
Y de mí se habrá olvidado
Ya no tienes como antaño
Trovadores ni serenos
Por tu senda ya no cruzan
Los arrieros los viajeros
Hoy te veo callecita
Tan desierta de ilusiones
Pues del paso de los años
Se robó tus emociones
En Aguadas, el cantante Esteban del Castillo solicitó autorización para grabarla en el disco de larga duración que la alcaldía dedicó al municipio de Guarne.