Surrealismo y amor / Por Sara Lucía Ospina Fayad.

Sentidos surrealistas en la contingencia

Es La unión fuente de la que todos nos nutrimos

Muchos mensajes, con diferentes coordenadas, tejen la obra indeleble de construir el día a día.

Es la fe, frágil pétalo de flor que los siglos han pulido, otorgándole el aroma.

Es el micelio o micorriza, (“hongo que se expande por debajo del suelo, crea una red de conexión entre todas las especies vegetales, además de cuidarse, protegerse, alimentarse y abastecerse de agua,  defendiendo hasta el último momento, el tronco moribundo de la familia del bosque”).

 Es la crisálida, en la aventura maratónica del despliegue del alma, en busca de liberar las alas que el tiempo salivó, en la rutina de la eterna evolución. Es el paquidermo, una promesa de amor en el camino de la extinción. Son las alimañas, desventuradas en su oficio de equilibrio, tejedoras, depredadoras, alimentando la henchida pasión de supervivencia, espejo de los egos envueltos de su misma condición.  Son las aves  contando con trinos, inaudibles mensajes del  tiempo compartido  en un paraíso. Son los intrépidos delfines, rompiendo el océano de los sentidos en el frenesí de la constelación de los peces. Son las rocas, llorando su condición de habitar los reinos, sin un latido febril de venas, en su silente queja, repelen la indiferencia.

Criaturas  taciturnas, vestidas con trajes de diseñadores galácticos, mixtura de colores y texturas que despiertan los sentidos,  con el destello del influjo de la vida;  ternura habitada por la primera infancia, respondiendo a un eco-reino de sustento y equilibrio en el surrealismo de la imaginación.

                                                                                                   “La energía que salva el mundo:

El AMOR”

Albert Einstein

El amor llora, se desnuda, vuelve a llorar, gimen los huesos.

Desgarra el pensamiento,  la partida en el camino sin regreso.

Amor idílico, amor herido, entre las brechas de la indiferencia cumple su ciclo, despliegue filosófico de lo que significa la palabra.

Amor de madre,  leche nutriendo los años que no respetan ni la muerte.

Entre la viscosidad de los tejidos, el corazón no siente alivio, las salidas están cerradas, las tormentas e implosiones, buscan el canal de la palabra comprendida.

Cuantas puestas en escena, transitan el propio amor,  repitiendo la lección  para desvelar lo no aprendido. Cuantos viajes de astrología que distancian el centro de nuestros abismos.

Cuantos abrazos partidos, cuantas plegarias en contravía, cuantas renuncias innecesarias.

Cuantas heridas acariciadas, en el  universo de los cetáceos, con sus miradas desconocidas.

La  justicia requerida,  ha perdido el rumbo, viajeros siderales en busca del puerto eterno.

Quejas,  rompiendo las fronteras de nuestro entendimiento, amigos ocultos, en la esfera cansada de soportar la raza humana.

De la mano, las estaciones, conjuran rondas para acoger las voces heridas, las palabras amotinadas, en el tictac de las vigilias.

De cuantas maneras se habla del amor, sin lograr entenderlo, se  transita por sus empedradas calles, irrumpiendo el fuego de la cascada de pasiones, bebiendo sus engaños como el elixir necesario, desesperando en la espera de un amanecer, entallados como la hiedra, en cada relieve dictado, por la acrisolada emoción de estar vivos.

Tan predecible se hace el miedo que proyecta su propia sombra, no hay fuerza sin la paciencia que conceden las guerras frías; encontrando en la energía del amor un lenitivo, es preciso desvelar  la esencia de la “energía que salva el mundo”.

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