La Patasola en Caicedonia / Por Álvaro Pineda Tabares.

Àlvaro Pineda

-Mijo, venga le cuento mi encuentro con la Patasola  

– Qué bueno escucharla tío Reinel

– Mijo, eso fue en Caicedonia en los años cuarenta

Estaba yo de unos diez años, y como todos esos santos días de mi vida, era sagrado ayudarle a papá en la finca de la vereda Cañaveral, donde me crie; pero un día en especial, lo hice con un esmero admirable, tanto que hasta él lo notó, mientras voliábamos azadón, me miraba; talvez pensaba en recompensar mi ánimo para el trabajo como nunca lo había hecho conmigo. A mis otros hermanos ya los había llevado al pueblo, menos a mí, y eso, era lo que yo más quería y solo con ver su mirada en ese momento, me di cuenta que había logrado convencerlo de llevarme a conocer.

Paró su labor y se recostó en su herramienta para llamarme y decirme que, si seguía haciendo las cosas bien, me iba a llevar el fin de semana al pueblo a ver a La Patasola, porque que según contaban los vecinos, la habían capturado dormida entre el monte y la exhibían en Caicedonia.

En ese momento parecía que me hubieran echado gasolina envenenada, salté de la alegría e hice lo mejor que pude en el tajo; y al llegar a casa yo volaba  a traer leña, a echarle la comida a los marranos, a encerrar los terneros, a traer el maíz para las gallinas, a llevarle el algo a los trabajadores; mejor dicho, estaba pa´ todo, con el fin  de ganarme el paseo al pueblo para ir a ver la patasola, aunque eso sí, me daba algo de  susto por lo que contaban de ella, yo quería verla para saber cómo era, y es que decían que al caminar, ella, dejaba un rastro de una sola pata y que mataba la gente que se encontraba con ella en el monte;  pero yo me sentía con valentía como para ir a verla, además, le había contado a los niños de la vereda que iba a ir a ver a la patasola y ellos, se reían, no creían que yo fuera capaz de verla a los ojos, y  yo; con rabia les asegure que cuando la viera, le iba a arrancar un pelo de su cuerpo para traerlo de prueba.

Esa misma noche, no pude dormir, se me hizo eterna, pensaba que se había volado ese monstruo de donde lo tenían enjaulado y venía a buscarme a la finca para vengarse de mi por querer atreverme a arrancarle un pelo; así, que cada que escuchaba ladrar los perros, mi corazón se agitaba porque creía que ellos la estaban sintiendo. Llegó un momento de calma en que los perros no latieron más, y en ese momento recordé lo que decían en la vereda, la patasola relincha como un caballo; casi de inmediato, sentí ese relincho que entró por mis oídos como algo helado y que me dejó paralizado, y para colmo de males, hacía rato quería salir a orinar, pero por la bulla de los perros no lo había hecho, así que en ese momento de calma que siguió a los ladridos, lo iba a hacer, pero ese relincho, me hizo orinar a gotitas, cerré mis ojos y mientras temblaba, pensaba en todos los santos para que vinieran en mi ayuda. Salí de la cama sin despertar a mis hermanos, destranqué las puertas y salí hasta la chambrana a orinar, y regresé rapidito al cuarto, atravesé el cuartón en las puertas y luego de un largo desvelo, me dormí para levantarme a las cuatro, cuando ya escuché a mi mamá en la cocina juntando candela.

Aún estaba oscuro, cuando llegué hasta ella y la saludé, más tarde, ya amaneciendo, salí hasta el patio y cerca al alambrado del potrero junto a la casa, estaba la silueta blanca de Pomponio; uno de los caballos de mi papá, esa noche le dio por amanecer cerca de la casa y de paso por asustarme y que lo iba a ver cuando salí a orinar si hasta susto me daba mirar para el patio.

 Bueno, por fin llegó el sábado, día de bajar al pueblo, y yo entre feliz y asustado, salí a coger a Pomponio y a buscar a Cecilia, la yegua y a Sacristán, el macho, que lo íbamos a llevar en enjalma y de cabresto para llevar y traer los bultos; los arrié hasta la casa y saqué los aperos y la enjalma al corredor donde mi papá me esperaba. Por fin se iba a ensillar un caballo en mi honor, eso nunca había pasado, y mi mamá me iba a dejar poner los zapatos de mi hermano mayor, para bajar bien presentado al pueblo. Ese día, si tenía valor para enfrentármele al agua fría, y antes de que mi mamá lo mencionará, salí para el chorro y me bañé; esa agua no era fría, era helada, pero yo, no sentía nada, estaba vacunado contra todo porque iba pal` pueblo por primera vez; imagínese un niño de unos diez años, que toda la vida ha sido trabajar, ir  y seguir trabajando y que lo más lejos que conoce es la vereda más cercana; por eso yo estaba feliz, porque iba a bajar al pueblo a conocer, a ver cosas nuevas.

La otra vez había visto un carro en la carretera de abajo, por la orilla del rio, pero esa vez, lo vi de lejos, mis hermanos y los otros niños de la vereda, si los habían visto de cerca y dicen que son muy bonitos.

Luego de un buen desayuno, me encaramé en Pomponio, y mi papá en Cecilia, para salir hacia el pueblo.

Yo sabía que un pueblo era un poco de casas, y que en el centro queda la construcción más grande que es la iglesia, quería ver como era de alta, y que había un aparato que hablaba solo como con magia y le llamaban radio, pero nunca había visto nada de eso.

Ese día en especial, es de todos los que yo he vivido, en el cual he tenido más curiosidad; iba a responderme muchas preguntas y estaba además de curioso, ansioso …

Poco a poco fuimos descendiendo por el camino que llevaba al pueblo, y recuerdo como si fuera hoy, como las bestias se metían por entre los canelones del camino y el silencio de mi papá; que solo me miraba y no me respondía las preguntas. Antes era mucho cuento yo poder estar andando a caballo y con los pantalones cortos, siempre me tallaba un poco el apero en las piernas, pero ¡el que quiere marrones, aguanta tirones!

Eran tantas las ganas de llegar pronto, pero no fue sino; hasta luego de cuatro horas de camino, cuando por fin, empecé a ver la torre de la iglesia con más detalles. Unos minutos más tarde, por fin llegamos a la primera calle y yo no hacía más que mirar para todos lados. De un momento a otro salió de una de las esquinas de la calle el primer carro que yo vi en mi vida de cerca; era un camión repleto de sacos; talvez de café; el pobre caballo al sentir el ruido que hizo el camión al voltiar la esquina; salió disparado, obligándome a tenerme con todas las fuerzas para no caerme de la silla de montar, mi papá apresuro a Cecilia y alcanzó a Pomponio agarrándolo de las riendas y obligándolo a parar; ¡Dios mío!, ¡tiempos aquellos llenos de inocencia!. Cecilia estaba ya acostumbrada a ver carros bajo la rienda de su dueño, por eso ya no le atemorizaban como a Pomponio; mijo esos son los carros, me decía papá.

Miraba como se alejaba el camión, Por fin había visto un carro cerca y después fue otro y luego otro más en el pueblo.

Llegamos a la plaza principal en medio de bullicio, carpas por todos lados y gente vendiendo y comprando, desde cilantro hasta toros, marranos, pollos, plátano, carne, yuca; mejor dicho, de todo lo habido y por haber, hasta cigarrillos de marca, Flor Sevilla; vendía un señor, venido del pueblo vecino, quien, conversando con papá, le ofreció dos decenas por el precio de una, para que llevara para la finca.

 En una esquina de la plaza, se levantaba la carpa más grade de todas y afuera, la gente se amontonaba como queriendo entrar. Luego de un gran silencio, mi papá me dijo:

-Según dicen, esa es la carpa donde tienen la patasola.

-Verdad papá, le respondí.

Poco o nada en mi vida había sido capaz de sugerirle algo a papá, porque esas eran épocas donde los menores solo obedecían, pero era tanta la emoción que sentía en el momento, que olvidé la norma y de mis labios salió la pregunta:

  ¿por qué no vamos ya?

-No mijo, hay mucha cola para entrar, vamos a dejar los bultos que trae Sacristán en la compra de café y después llevamos las bestias a una pesebrera, mercamos, dejamos guardado el atado y después volvemos a lo que ya no haya tanta gente.

Mi papá tenía razón, la cola era larga y había que ahorrar tiempo; así lo hicimos; después de vender el café, dejamos las bestias en un sitio que rentaban con ese fin y nos dirigimos hacia una tienda donde cada dos meses mercaba mi papá, al llegar; lo saludaron de forma muy amable y se le pusieron a la orden y mientras él, se entretuvo hablando con el señor de la tienda, yo me distraje mirando tanta gente de allá para acá y conociendo cosas nuevas, hay fue la primera vez que escuche “Los ojos de mi moza”; la canción que interpretaba Carlos Gardel; en ese momento sonaba desde un café como en el que estamos hoy. Cada vez que escucho esa canción, vuelvo a la época de mi primera visita al pueblo, por eso recordé esta historia que te estoy contando sobrino.

Me salí hasta la entrada de la tienda, me recosté en la pared y mire mis pies; me sentía tan raro con zapatos, me quedaban bien de talla y a mi hermano ya no le servían, además estaban como nuevos; porque Jorge, casi no los uso y además la pela hubiera sido muy grande donde mi hermano les hubiera hecho algún pelón. A decir verdad, los sentía incómodos, aunque sabía que uno usaba zapatos por comodidad, ese primer día me sentía esclavo de ellos y con la responsabilidad de no pelarlos por el miedo a una pela de mi papá, por eso, desde que me había bajado de Pomponio, tenía ganas de caminar con la cabeza para que ni el polvo tocara esos benditos zapatos que debía dejar a mi hermano menor, tal como los recibí.

Luego de estar listo lo del mercado mi papá me preguntó si quería algo, sin darme tiempo a responder, salimos a tomar café, estando allí, conocí a una persona entre la multitud que se veía en la calle; alegre de ver una cara conocida y de serle útil a mi papá, le señalé entre la multitud a don Alirio; su compadre y vecino, sin saber que con esto estaba desbaratando mi merecido encuentro con la Patasola. Luego de un efusivo saludo entre los dos, él invitó a mi papá a un trago, luego a otro y a otro más, recuerdo que tres horas más tarde, estaba yo sentado en una de los asientos del café, aburrido y decepcionado; ya conocía la plaza del pueblo, los carros y hasta la cafetera y la vitrola del café  y enseguida miré el cajón que hablaba solo, pero, de la patasola, ni el rastro veía, a pesar de saber que estaba a cuadra y media en la carpa grande , donde aún se arremolinaba la gente para verla.

Mi papá me había ignorado por completo, ¡ah!, es que, en esos tiempos, a los niños no sé les prestaba la suficiente atención como hoy en día y uno no podía interrumpir a los adultos,

Calculo, que habíamos llegado al pueblo a eso de las diez de la mañana,  ya eran las cuatro de la tarde, cuando talvez gracias al efecto mismo del trago, mi papá por fin se acordó de mí; no sé cómo, no sé porque, pero de un momento a otro le dijo a su compadre Alirio que nos esperara unos minutos y en medio de su pasiva ebriedad, me tomó de la mano y se dirigió hacia la carpa grande donde aún,  había gente esperando para entrar, pero ya no tanta como en la mañana, y luego de un rato, estaba por fin tocando la dichosa carpa, entramos, de su bolsillo sacó papá veinte centavos para pagar la entrada de los dos y pasamos a descubrir el misterio de la terrorífica Patasola.

Mijo, en ese momento sentí lo que sienten los niños de hoy en día cuando descubren que el niño Dios es parecido al papá en calzoncillos. Jajaja. El tal monstruo de las pesadillas montañeras estaba allí.

En un pequeño corral estaba una bendita pata amarrada con una cabuya y echada junto a un puñado de maíz, yo, en el momento no entendí lo que pasaba y buscaba a la patasola en todos los rincones de la carpa, mi papá se encargó de romper por completo la magia del mito:

Mijo, ahí está, ¡esa es la pata sola, porque el pato, ya se fue!

Que desilusión me llevé; recogí una pluma que había en el suelo como prueba a mis amigos de la vereda y pensé en algo para decirles con esa pluma, no había nada más que ver ahí y buscamos la salida.

Un policía, fuera de la carpa, a medida que alguien salía del sitio, se arrimaba mirando a los ojos y se acercaba al oído poniendo su dedo índice cerca de los labios, diciendo: ¡Calladito!

Hoy setenta años después de lo que pasó, creo que el policía no se va a enterar y se lo puedo contar mijo, jaja, ja.

En homenaje al tío Reinel.

Álvaro Pineda Tabares, comunicador social, productor de cine, gestor cultural y vigía del patrimonio cultural e histórico del municipio de Sevilla.

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