
Cuando el maestro Moreno pidió que no apartara la vista del movimiento de sus dedos en la guitarra, y tratara de memorizar las posiciones en los trastes, el aprendiz de letrista entendió que puesta a prueba su capacidad de observación, tendría que conservar las imágenes en la mente.
Días después, observó al maestro a una cuadra de distancia del sitio acordado para una cita en la fuente de soda La orquídea, en donde conversarían sobre los sucesos del día. Mientras esperaba en la puerta, acostumbrado desde niño a retener y jugar con las imágenes visuales y recuerdos, recreó una historia: a lo lejos un hombre divisó por el camino empedrado al amigo que musicalizó uno de sus escritos. Va hacía él y lo observa mientras se acercan, y después de un corto saludo el músico lo invita a su casa. Una vez allí, el hombre observa con cuidado el sitio donde se encuentra. Supone que su amigo músico le habla de su vida como cantante y compositor de las canciones que guarda en algún lugar de la casa; de los desengaños y aplausos que recibió por toda una vida dedicada a su oficio, y se pregunta en qué lugar de la casa guarda los trofeos y canciones.
El marco de la historia imaginaria estaba dado. El problema era cómo decirlo y con qué palabras. Además, si no tenía conocimientos de música, y menos de cómo escribir letras para bambucos o pasillos, sin idea alguna ¿cómo lograr un escrito que llamara la atención del maestro?
Pasaron dos días, acababa de llegar del trabajo, nadie contestó al saludo; en segundos el fluido eléctrico fue cortado y la casa quedó a oscuras. Pasó a la alcoba, se recostó y esperó a que el bombillo encendiera. Se adormeció mientras repetía sin saber por qué: “Ayer por el camino encontré a mí maestro”. Un rato después, un poco aletargado en medio de la oscuridad, despertó movido por la profusión de imágenes que llegaban a su mente. Tuvo la idea de levantarse a buscar el lápiz en el bolsillo de su camisa, y el papel que no hallaba. Tropezando con los muebles en medio de la oscuridad, salió hacía el comedor donde encontró el bloque pequeño de hojas continuas de desecho regaladas por el jefe de archivo. A oscuras, calculando los espacios para no sobrescribir, inició con la frase del adormecimiento, y a vuela pluma describió lo mejor que pudo las imágenes mentales.
A partir de esa noche se atrevió a escribir otras letras, sobre todo aquellas que empezó a “encargar” el maestro Moreno: las escribía después tener claras durante el día las dos primeras líneas, en estado consciente, y dejarlas antes de dormir, “a la almohada, o subconsciente. Días después haría de este sencillo recurso mental, una constante disciplina, un proceso elemental que no abandonaría.
Esta vez sí estaba seguro de que el maestro aceptaría la nueva letra; en la oficina pasó en limpio el escrito y a mediodía fue a su oficina, que una vez releyó silencioso en su escritorio, propuso al aprendiz de letrista que avisara a Pedro la reunión que tendrían allí mismo el sábado por la mañana.
Antes de salir el maestro dijo: me llaman la atención estos dos versos que escribió. Los repitió y volvió a preguntar: ¿De dónde los sacó? Tenemos que hablar sobre esto. En estos días le aviso para que vaya a mi casa. Quiero mostrarle algo y comentarle sobre esos versos… No dijo más y el aprendiz buscó la salida. Desde la puerta, en medio del silencio de la oficina escuchó el chasquido de los dedos, y notó el movimiento de la mano del maestro marcando compases, mientras leía el texto.
Sin embargo, al día siguiente el maestro Moreno visitó el banco, le dio a leer la letra con su firma estampada al final. Por ser la segunda vez, el letrista dedujo que la firma significaba su aprobación, y comunicó a Pedro María el día de la reunión. El sábado no todo fue “montar la canción”. El aprendiz tuvo oportunidad de ratificar su idea de que el maestro era jovial pero exigente, y se sorprendió cuando le preguntó si tenía otros escritos.
Igual que la primera vez, el aprendiz no tenía ninguno texto digno de mostrar, y mintió al responder que la semana siguiente los mostraría.
LA GUITARRA DE MI MAESTRO
(Pasillo)
Compositor: Luis A. Moreno
Ayer por el camino
Encontré a mi maestro
El que con su guitarra
Le dio vida a mis versos
Sus manos arrugadas
Estrecharon las mías
…y vi sus ojos llenos…bis
De gran melancolía
Llegamos a la aldea
De mi viejo maestro
Su choza estaba llena
De imborrables recuerdos
Los años ya vividos
Plateaban su cabeza
…y en un rincón oscuro…bis
Dormía su guitarra
Sus manos prodigiosas
No forman ya armonías
Que alegraron las fiestas
De fondas y moliendas
De sus composiciones
…al maestro le quedan…bis
Recuerdos y tristezas
En un baúl sin chapa
Guardaba sus canciones
Su mente no quería
Vivir más emociones
Ésas que un tiempo fueron
La alegría de su vida
…y le cantó a su amada…bis
Su guitarra querida.
Reunidos con Pedro María Londoño en el tercer piso de la oficina donde trabajaba el maestro, en el edificio Cervantes, después de tres horas de ensayo, el aprendiz grabó dos versiones del maestro Moreno para La guitarra de mi maestro. De salida, abajo en la puerta, el maestro dijo al aprendiz: Esta tarde lo espero en mi casa.
En la sala de su casa el maestro dijo: le voy a mostrar el baúl sin chapa que usted nombró. Invitó al aprendiz a pasar a su alcoba, en donde sacó del armario una caja grande de cartón. El aprendiz vio varios discos de larga duración apilados con cuidado en posición vertical, y en otra caja pequeña muchos casetes.
“Ahí en el baúl sin chapa que usted nombra, ahí está la música de los cantantes que me gustan, y en los casetes las canciones que me pidieron los cantantes amigos, y que no les entregué porque pensé que algún día podría cantarlas…y vea le muestro la otra cosa que usted dice al final: de sus composiciones al maestro le quedan…”.
Levantó el tendido, y el aprendiz distinguió debajo de la cama varias medallas colgadas a los trofeos, y menciones enmarcadas.
“Es lo que me queda. Mire bien porque le voy a hacer otra pregunta”.
En este punto el aprendiz calló, observó, y escuchó:
“Después de lo que vio, y como ya pudo comprobar que es cierto lo que usted nombró… ¿todavía quiere hacer canciones? porque ya se dio cuenta de que a muchos músicos y compositores, de la música sólo les queda el recuerdo de los momentos de aplausos, abrazos, elogios, menciones, medallas, copas de brindis, trofeos, golpecitos en el hombro, y que después de tanto ruido, llega el olvido. Hay que hacer canciones por gusto, porque es inevitable. No espere otra cosa… Si quiere parar o seguir me dice para saber qué hacemos…”.
Al aprendiz lo conmovió la sinceridad al mostrar la realidad que lo esperaba, y sin dudar aceptó continuar.
“Entonces, vamos a trabajar duro, sin lápiz ni papel para apuntar nada; como me di cuenta de que es buen observador, es suficiente, simplemente ponga cuidado, observe, esté atento a lo que escuche y le llame la atención en los sitios más inesperados, porque en las frases simples y pequeños detalles callejeros encontrará los temas para otros escritos; de la capacidad de observación y recrear lo visto depende lo que haremos, y recuerde lo que hago con la guitarra para que más tarde lo aplique en la suya. Porque debe comprar la suya”.
A pesar de no entender bien el plan de trabajo, el “letrista” aceptó iniciar su aprendizaje.
Años después, en la fuente de soda Furatena, el aprendiz y Ancízar Castrillón Santa esperaban a Jesús Alberto “Chucho” Alzate (después sería alcalde de Quimbaya), para entregarle en casete el borrador del pasillo La guitarra de mi maestro, lo aprendiera e incluyera en el repertorio que llevaría al Concurso del Pasillo, en Aguadas, Caldas.