Estafadores: ingenio y perversidad

Para: Revista Digital Arrierías

Por: Mario Ramírez Monard

Apreciados lectores. Con el título de esta columna no me refiero directamente a entidades financieras, políticos que compran votos a través del engaño ni a tanto profesional de pacotilla que anda por ahí con títulos comprados u obtenidos a través de conciliábulos, copias en exámenes o plagiando tesis (de estos hay abundancia en el mercado colombiano). No, no es de ellos que quiero hablar, por ahora.

La semana que acaba de pasar apareció en todos los medios de información -nacionales e internacionales- la figura de un desgarbado joven de pinta universitaria quien siempre se hacía acompañar para sus fotos de altos dirigentes políticos, ex presidentes o del jet set que por el mundo deambulan. Dijo llamarse Andrés Gutiérrez. Se hacía pasar como representante de la ONU para la juventud en el mundo, una especie de consejero especial. Alucinaba verlo al lado de una gran comitiva de pedigüeños o lagartos al lado de la alta cúpula de la Presidencia de Colombia con argumentos sobre los objetivos de su presencia para reclamar derechos de los jóvenes. Gran mentira. Era un don nadie con ínfulas de grandeza y alma de timador. Se descubrió porque utilizó el nombre de un abogado reconocido. En este momento se desconoce su nombre verdadero.

Mi cerebro empezó a recordar personajes y sitios en el mundo con las mismas características. En España, un imberbe joven engañó a cientos de familias adineradas haciéndose pasar como descendiente de  cuna de oro; conocido de la monarquía y amigo personal de grandes políticos. Era objeto de atenciones, invitaciones a restaurantes costosos, en fin, una vida de impostor joven y aparente buena ascendencia. Su nombre, Nicolás Gómez Iglesias, más conocido como el pequeño Nicolás, personaje de apenas 20 años en la época de sus andanzas.

En Colombia, hace muchos años, otro charlatán se hizo pasar como gran diplomático y representante de la India. Utilizaba vestimentas de Rajá. Elegantemente vestido, doblegó a la alta sociedad campesina y política huilense quien lo hizo objeto de agasajos, comidas, pago de hoteles, viajes y demás prebendas de su efímera aparición en nuestro país. En su nombre y sus andanzas se filmó una película.

Cuando apenas iniciaba mi periplo por las aulas universitarias en mi inolvidable Alma Mater, la Universidad del Quindío, cayó en mis manos un pequeño libro que relataba, pormenorizadamente, la obra y vida de un hombre ingenioso, con una inventiva desbocada que, según mi criterio, lo convierte en uno de los más grandes y habilidosos tramposos y estafadores de la historia de Colombia. Su mote: El ex clérigo Arenas.

Haciendo uso de mi memoria, ya un poco afectada por el paso acucioso de los años, ese pequeño relato de quien no recuerdo su autor y mucho menos el editorial, me dio a conocer a un hombre con principios místicos que estudió en un seminario para formarse como sacerdote con nombre de pila Juan Clímaco Arenas. Como no alcanzó la bendición jerárquica para oficiar como “ministro de Dios”, estuvo ejerciendo dicha profesión en un pequeño pueblo de Cundinamarca (Colombia), llamado Caparrapí. Al ser descubierto, viaja a Roma para pedir autorización papal para ejercer su oficio sagrado. Al serle negada la petición, regresa al país e inicia su vida fantasiosa de empresario, vendedor de bienes inmuebles y otras cositas más.

Aprovechando su facilidad de palabra, su seriedad al comunicarse con las personas como producto de sus sermones bíblicos, empezó vendiendo un parque a ingenuos habitantes de un municipio en los llanos; compró una máquina para hacer billetes cuya elaboración él mismo hacía, dinero que muy poco difería de los originales. Se cuenta que en el extranjero, cuando inició su vida de estafador ingenioso, vendió un hotel falsificando papeles; negoció acciones a extranjeros de una empresa petrolera cuando nuestro país iniciaba su auge en producción de hidrocarburos.

Negociar con norteamericanos no es cosa fácil, máxime cuando han tenido experiencia mundial en compra venta masiva de artículos de importación y exportación. Pues el reconocido Juan Clímaco, el ex clérigo Arenas negocio con una multinacional gringa la exportación desde Colombia de varios miles de sacos de café puestos en puerto en Nueva York. Generalmente los sacos deben tener un peso de 60 kilos. El habilidoso timador firmó papeles de exportación y no puso la cifra en peso del producto dentro del contrato. Cumplió. Exportó, previa firma de ambas partes, pero los sacos eran pequeños envoltorios imitando los costales típicos en que siempre se lleva el café sin tostar, con peso de un kilo. Los gringos, ante su equivocación, callaron pero el hecho fue una noticia internacional.

Una de las estafas más grandes de la cual se tenga en cuenta en Colombia ocurrió en la década del 80, finalizando el siglo 20. Un timador de alta alcurnia que se movía entre los más aprestigiados grupos económicos y financieros, Roberto Soto Prieto, vía electrónica se robó 13 millones y medio de dólares afectando la banca nacional. Escapó para Europa radicándose en Austria y no pudo ser juzgado por no tener nuestro país convenio de extradición con el país cuna de Adolf Hitler.

David Murcia, inteligente “hombre de negocios” colombiano montó una de las estructuras de estafa más grandes del cual se tenga noticia en Colombia, estructura que luego fue copiada por otros avivatos para esquilmar los ahorros de ingenuos aportantes y, por qué no decirlo, de personas de gran solvencia económica esperanzados en grandes ganancias en pago de intereses por los dineros aportados en una ingeniosa empresa criminal: las famosas PIRÁMIDES. Fue extraditado a Estados Unidos por lavado de activos y luego de pagar pena de varios años fue deportado a Colombia donde purga una pena por su estafa. Recuerdo las inmensas filas en mi pueblo de personas amanecidas esperando turno para depositar sus ahorros en la criminal empresa para luego, sus determinadores, escapar.

Mi pueblo, Caicedonia es un municipio habitado por personas abiertas a la aceptación de foráneos, de visitantes, de personajes o familias que llegan para vivir en este paraíso de la naturaleza colombiana donde su riqueza agrícola es reconocida a nivel nacional. Pues a esta bella tierra, también famosa por su sin igual plato típico, el Pollo a la Carreta, llegó un personaje de esos de fábula, con fuerte acento costeño. Supuestamente compró una propiedad y comenzó la labor de penetración en círculos sociales de cierto potencial económico. Invitaba a pomposas fiestas, todo pago, con comilonas pantagruélicas. Llevaba a sus víctimas a un bello chalet en el Quindío del que decía era su propietaria y atendía a sus invitados, como a verdaderos reyes.

Doña Rosalba, como llamaba la bandida, la timadora, daba regalos a sus “amigos” en fiestas especiales de cumpleaños; joyas y ropajes tenían como destinatarias a esposas  o hijas e hijos de sus futuras víctimas. Habilidosamente recibía supuestas llamadas de “inversionistas” en el exterior y respondía en voz alta con su portentosa voz para que sus cercanos en la reunión oyeran de sus supuestos negocios y las grandes ganancias que recibía por sus “inversiones”. Esta situación se repetía usualmente y en la conciencia de sus “amigos” se abrió la sensación de una poderosa y rica mujer que quería ayudar. Entregaron, entonces, hipotecas, dineros a préstamo que recibían intereses altos por uno o dos meses hasta que, como por arte de birlibirloque, un día después de vender propiedades con hipotecas ya registradas a su nombre y con la maleta llena de dinero y joyas, desapareció de nuestro pueblo sin que se conozcan noticias de su paradero dejando a muchas personas humildes o con alguna capacidad económica en medio de su frustración, pobreza y rabia por la ingenuidad con que entregaron su dinero, sus bienes y sus pertenencias.

POST SCRIPTUM. El mundo está lleno de estos personajes. En el tango Cambalache, el genial Santos Discépolo los resalta: “. Que siempre ha habido choros, Maquiavelos y estafados,”. Cuando a usted, amigo lector, le hablen de un estafador, también puede identificarlos como timadores,  avivatos, trapaceros, escamoteadores, atracadores, fulleros, araneros, chanchulleros, engañabobos, falsarios, impostores, ladinos, raposas o, coloquialmente como siempre los hemos llamado en Colombia: RATAS y estas pululan en los negocios, especialmente, en los cargos públicos. Identificamos así a los llamados Corruptos que no son más que la condensación de todos los arriba definidos.

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