NOTAS DE REDACCIÓN
Especial para Arrierías 31

Duele Colombia. La ignominia, el asombro, las lágrimas y un devastador sentimiento de desesperanza penetra profundamente en el sentimiento de los habitantes de esta maravillosa tierra, la nuestra, la Colombia del alma.
A pesar de la pandemia que azota al mundo y que inicia su arremetida en regiones donde muchos coloquiales e irresponsables vecinos han tomado el hecho como nada pasa, nada nos sucede, soy inmune y demás bestialidades que la naturaleza y el mal no perdonan, se presentan hechos que lesionan, laceran y desgarran el sentimiento moral y ético de la gran mayoría de seres que habitamos este país de miseria, corrupción y desgobierno.
Son muchas cosas y en este escrito resaltaré algunos hechos que nos llevan a creer que estamos al borde del colapso de nuestro superfluo Estado Social de Derecho. He aquí un resumen.
- El artículo 44 de nuestro Ordenamiento Jurídico, en esencia, protege a los niños con un contundente: “Los derechos de los niños prevalecen sobre el derecho de los demás”. Mentira, una falsedad. Datos estadísticos refieren que en Colombia, todos los días, más de 50 niños son abusados, torturados, violados. Una barbaridad.
- Estas violaciones no sólo pertenecen al ámbito de los entornos familiares donde este crimen es constante y los violadores más cercanos, esto es familia y amigos, siempre están al acecho de la soledad, poca vigilancia y el miedo de los pequeños y pequeñas para asaltarlos sexualmente. Los datos estadísticos horrorizan. No detallamos aquí la cantidad de violaciones tras el poder de sotanas y los llamados pastores de arraigadas creencias religiosas protegidos a través de sus “iglesias”.
- El problema de violación en tiempos aciagos de la llamada violencia política en Colombia, fue alarmante. Los bandidos, chulavitas, asesinos y criminales que en bandas organizadas de ambos partidos políticos tradicionales asaltaban fincas y veredas, hacían de la mujer y las niñas principal objeto de su perversa mentalidad criminal.
- En los grupos guerrilleros aparecidos luego de la violencia política, los secuestros de niños y la violación de pequeñas eran parte de la cotidianidad en campamentos y lugares donde se aposentaban estas organizaciones. Cientos de niñas, apenas empezando su edad reproductiva, obligadas a la sexualidad con sus compañeros guerrilleros; otras eran las servidoras sexuales de los jefes que, como harenes de jeques árabes, tenían sus favoritas, la importante y las demás. Todas estas jóvenes sometidas al abuso sexual, obligadas por temor o pérdida de conciencia y quienes al quedar embarazadas, tenían que someterse a una carnicería de parte de “paramédicos”, que hacían abortos en pésimas condiciones. Ni se diga de los avezados criminales llamados paramilitares. En la costa, un bandido de apellido Giraldo obligaba a todos los campesinos que tenían hijas núbiles a que las llevaran a sus aposentos para desflorarlas. Dejó un reguero de hijos en toda la Sierra Nevada de Santa Marta. Los relatos de abusos de estos bandidos paramilitares fueron un verdadero infierno. Violaban a madres e hijas frente a sus familiares y luego las asesinaban. Un horror, un verdadero crimen de lesa humanidad como son los que cometen personas con poder en contra de la población civil en medio de una guerra.
- Las fuerzas armadas del Estado, llenas de gloria y honor por muchas décadas, han caído lastimosamente en la corrupción y en hechos delictivos que han ensombrecido la grandeza del ejército, la Armada, la fuerza aérea y una fuerza civil armada como es la policía.
- No podemos olvidar los hechos dolosos y abusivos cometidos por un teniente del ejército de apellidos Muñoz Linares quien violó a una pequeña y la asesinó con sus hermanitos para tapar el execrable crimen.
- Ahora se presenta la violación de una pequeña indígena por parte de soldados del ejército nacional. Ante el abominable hecho, ¿dónde estaban los comandantes de dichos criminales mientras violaban a la pequeña? ¿No hay control directo sobre los subordinados? En la Escuela Militar de Colombia, por ejemplo, enseñan valores, respeto y cumplimiento del ordenamiento jurídico. Décadas atrás el valor del honor militar era inmenso. Los oficiales y sub oficiales cumplían órdenes y había respeto. La guerra era contra el enemigo común y no contra el ciudadano inerme. ¿Qué ha pasado?
Podríamos relatar más hechos, pero el dolor de lo que ha pasado obnubila por ahora nuestros recuerdos. Las Fuerzas Armadas de Colombia necesitan recuperar el espacio de grandeza y respeto ganados a través de años de lucha. No todos los militares son criminales pero unos pocos dañan, destruyen y arrasan el honor y la dignidad de la gran mayoría. El debate hay que iniciarlo. Colombia necesita una reingeniería administrativa y nuestros soldados necesitan recuperar su espacio de grandeza. Hay que limpiar la institución y corregir, severamente, los actos de corrupción y criminalidad que han ido socavando el gran aparato de defensa del Estado.
¿Nombrar ministros de defensa a personajes que no saben nada de la institución, que jamás prestaron el servicio militar y que son simples fichas politiqueras entronizadas en organismos tan importantes como la Fuerzas armadas simplemente para llenar cuotas políticas, ha servido para algo?