
A la memoria de mi perro Mahón, fallecido el martes 20 de diciembre de 2016
–¡Señor, despierte! ¡Se le va a caer el perrito!
Lo mejor para él, sería llevarlo a despedirse del parque. No para que corra ni juegue con las palomas. Solo para recibir el sol. Hoy nos calentará un poco, si tenemos suerte. Puede venir por cualquier lugar, en algún momento. Y si no, desprenderemos algún destello de nuestros recuerdos o nuestro corazón. Más de nueve meses sin ninguno de los dos ir por esos lados. Él no lo sabe. Hasta de pronto, sí…Es posible que conozca algún modo de llevar la cuenta de horas, días, meses y años que nos acompañamos. Muchas veces lo encuentro meneando la cola con pesadez. Mirando el reloj de la pared. Explicándome de su tiempo y del mío, algo que no le entiendo. En realidad, ha sido más de un año. Tres, para ser sincero. Tres años, dos meses y una semana. Como no sentí deseos de regresar al parque, supuse que tampoco a él le interesaba ese espacio. No encontrábamos ningún conocido. Todos los amigos se murieron. Fueron evaporándose. Desvaneciéndose. Borrándose uno tras otro, aunque en vida muchos de ellos parecían cadáveres. También los enemigos eran cadáveres. Y otro detalle: mi sensación de siempre lluvia cuando resolvía llevarlo al parque. O lloviznaba. O caían recios goterones, pero siempre estaban tan húmedas las bancas. Tan resbaladizo el adoquinado. Tan impregnados de humedades sus ojos y los míos.
Aunque ambos se sobrecogían con los truenos, él, cosquilleándole la cabeza, no le dejaba ver su miedo y lo mimaba. Jugando con sus orejas para obstruirle un poco el estallido de los truenos, tarareaba, para los dos, con algunos cambios, aquella canción de cuna con que su abuela lo adormecía durante noches de invierno:
¡Lluvia, lluvia, vete ya,
otro día volverás,
que mi perro-quiere-jugar,
lluvia, lluvia, vete ya,
que los dos-queremos-jugar!
Sentía remordimiento porque las últimas veces se fue solo, dejándolo en casa toda la mañana. A veces hasta el atardecer, recién entrada la noche cuando con un pan y algo de salchichón que compraba, se redimía frente al alborozo, saltos y ladridos quejumbrosos con que lo recibía. Esta madrugada, le sobresaltó que no trepara sobre la cama a despertarlo, lamiéndolo como era su costumbre matutina. Allí estaba. En su rincón de siempre. Estirado sobre la alfombra. No fue necesario mirarlo ni tocarlo. Mucho menos necesitó pronunciar su nombre ni decirle nada para reconocer que estaba muerto. Mejor que se hubiera adelantado. Ahora cargaría solo con la incertidumbre de su propia muerte y nada más. Fue una interminable noche de excesivo frío. Habría podido, como en otras igual de heladas, dejarlo subir para que durmiera a sus pies o a un lado suyo, contra la pared, entibiándose los dos. En algún momento que creyó escucharlo gemir, se levantó para abrigarlo con una de sus cobijas. Tal vez estaba despidiéndose y él pensó que gimoteaba. Ambos estaban demasiado viejos. Juntos parecían esperar con recelo la muerte del uno o del otro.
Lo mejor es llevarlo ahora mismo a despedirse del parque para que donde se encuentre en este momento, recupere su juventud. Y pueda correr y jugar con las palomas, sin caerse ni tropezar contra objetos del parque o apresuradas personas que por allí transitan. Para que reciba el sol, si se encuentra en un lugar donde todo es oscuro. Llevarlo al parque, antes de sepultarlo en el patio de la casa. Temprano, cargó con él hasta la banca donde siempre se sentaban. A esa hora de la mañana el lugar estaba solitario. Triste. Llegó hasta una de las bancas, bajo el guayacán amarillo en plena floración. Años atrás, su perro saltaba para atrapar en el aire las flores que descendían y las iba acumulando a sus pies. Se sentó, acomodándolo entre sus piernas. Como si durmiera profundo. Debí traerlo con más frecuencia, pensó acongojado. Tal vez él también quiso traerme, pero no entendí sus miradas.
Tan diferente este parque de hoy al de tres años atrás, cuando ambos lo recorrían varias veces: el uno, oliendo flores; el otro, husmeando, fisgoneando palomas que le tenían confianza y no levantaban vuelo al aproximárseles. Habló con él toda la mañana. El hombre le habló al perro. Le relató partes de su vida en voz baja. Susurró, para no despertarlo. Mientras le acariciaba la cabeza, sonreía para que presintiera su expresión, aunque no pudiera vérsela, evocándole escenas de niñez y juventud. No tenía prisa para regresar a su casa. Si compraba el pan y el salchichón de siempre, sería para comérselos él mismo. Con el parsimonioso paso de las horas, comenzó a recordarle detalles de lugares por donde a lo largo de doce años caminaron juntos. Senderos entre eucaliptos, por los cuales él se internaba precipitado y tenía entonces que llamarlo a gritos para que regresara. Cuando florecían los cafetos y sus flexibles ramas parecían cubiertas de nieve, aunque por allí nunca nevaba, ampliaban sus caminatas por las veredas y regresaban a altas horas de la noche, acompañados por recurrentes destellos de las luciérnagas.
Quienes pasan por el parque, los miran de soslayo y siguen de largo, indiferentes. Tiene miedo de volver a su habitación y no sentirlo a sus pies, echado, mirándolo con frecuencia y siguiéndolo con dificultad cuando se desplaza por las habitaciones.
Oscureció. Por lo menos esta noche, podrá quedarse durmiendo en el parque. No tiene frío, aunque tiembla y sus manos saltan solas. No tiene hambre ni sed. Solo inquietud de llegar a su alcoba y encender la luz. Encender la luz… Una noche, cuando él y su perro llegaron de larga caminata por Peñas Blancas, entre la alcoba, solo en la alcoba y nada más, se respiraba un intenso, inexplicable olor a jazmín. ¿Y si regresara esta noche, cargando con su perro y el perfume fuera de gardenias marchitas? Tampoco está fatigado. Puede quedarse el resto de su vida sentado o acostado en esta banca, con su perro cada vez más frío. Lo reacomoda sobre sus piernas para que no se le caiga, si de pronto hace algún movimiento imprevisto mientras duerme.
Aunque el parque se cubrió de neblina hasta el amanecer, esa noche no llovió.
–¡Señor, despierte! ¡Se le va a caer el perrito! –dijo alguien que pasó apresurado y vio allí, abismalmente dormidos, al anciano y su perro.