COLUMNA PALABRA EMPEÑADA
Durante la existencia de la federación nacional de cafeteros de Colombia, los productores del grano hemos visto como, y gracias a nuestro producto insignia, el café, se ha generado gran parte del desarrollo del país, porque nos han obligado a pagar unos impuestos, que además de onerosos, son únicos en el renglón agropecuario.
Hoy, y en plena crisis generada por el efecto pandemia por coronavirus, todos los productores de café vemos que además de los impuestos nacionales, departamentales y municipales, el fondo nacional del café se queda con 6 centavos de dólar por libra de café en excelso que se exporta, es decir, más del seis por ciento (6%) del valor del producto.
Sentimos, con mucho dolor, que la mayoría de los impuestos totales generados por los caficultores, engordan y sostienen una burocracia, que poco o nada hacen en favor del gremio.
Sabemos que el noventa por ciento (90%) de los caficultores corresponden a pequeñas familias que derivan el sustento del grano (450.000 familias) y que son estas, a las que el ministerio de agricultura y desarrollo rural y la federación nacional de cafeteros (que es quien maneja los recursos del fondo nacional del café) deberían orientar exitosamente en su tejido social, dándole sostenibilidad gremial y económica al campo y a el país.
La “institucionalidad cafetera” durante su existencia, restringió el oficio de los caficultores para que solo pudiéramos vender el café en verde o pergamino seco y nos limitó la posibilidad de trillarlo y exportarlo, o mejor aún, de venderlo tostado y directamente al consumidor final.
Necesitamos reinventar la caficultura colombiana, dándole a las 450.000 familias la posibilidad de convertirlas en pequeñas empresas, donde la actividad acompañada del emprenderismo familiar, los coloque en un comercio directo y justo con el consumidor final. Que aquel que se toma una buena taza de café colombiano, sepa de donde procede la materia prima, que entienda que lo que está pagando por el producto adquirido va a ir directamente a esa familia caficultora que en algún momento soñó en ver bien retribuido su esfuerzo, labor que ha realizado de generación en generación.
Presentar este tipo de perspectiva económica hará que los jóvenes sientan que en el campo hay oportunidad para desarrollar sus capacidades, que las mujeres cabeza de familia también podrán aportar a estas empresas familiares y artesanales, demostrándole al país y al mundo que los campesinos caficultores además de sembrar, producir y recolectar el grano, también podemos procesarlo con maestría y dedicación.
La aromática y exclusiva taza de café colombiano, además de dar energía y alegría, debe de convertirse en motivo de orgullo para aquel que la degusta. Un café de primerísima calidad, con una estructura de comercio justo y sostenible, donde inclusive se presente ante el país y el mundo con la huella ambiental y agroecológica tan exigida por el planeta tierra, hará posible que se recupere la dignidad por ser cafetero.
Veo hoy, y en parte debido a las necesarias compras a domicilio por culpa de la pandemia y gracias a los adelantos tecnologicos, que el café procesado podría tener esa dinámica, y que los amigos de otras localidades, podrían con orgullo acceder a un buen café tostado y/o molido de su patria chica, haciéndolo evocar momentos inolvidables.
Y si somos sensatos y queremos aportar a la reactivación económica de nuestros caficultores, ese modelo comercial debe de ser el que empiece a imponerse en Colombia. Debemos apoyar y proteger la industria nacional y mucho más, la industria artesanal y local.
Así que, y de ahora en adelante, ¡a tomarse un buen tinto de la tierrita!
