El Trio Galante / Por Luis Carlos Vélez.

En junio de 1991 todavía no conocía al maestro Luis Ángel Moreno Cardona. A mediados de julio empezó una larga amistad.

En ese intermedio, Pedro María Londoño, compañero de trabajo, le mostró dos textos escritos en las hojas continuas sobrantes de sus labores como inspector de caja en el banco Cafetero. La opinión del maestro resultó favorable, y envió con Pedro la sugerencia de que debía enviarle otros.

Tomado por sorpresa, sin herramientas ni ideas musicales que sirvieran de guía, robando minutos a las tareas, durante semanas escribió varios textos en el cuaderno obsequiado por el banco a sus empleados. Decidido a enfrentar la opinión del maestro pidió a Pedro María que concertara el primer encuentro. Llegado el día, con moderado entusiasmo pero expectante, y el cuaderno bajo el brazo, esperó en las escalas de entrada al banco a don Luis Moreno.

galante

Por Pedro María supo que formaba parte del El Trío Galante integrado por el maestro Moreno, y Faunier Vargas, empleado del banco Bogotá, y solía ensayar en una sala del tercer piso, solitario, y a medias iluminado del Hotel Maitamá, en Armenia. Que una vez terminado se despedían y cada uno tomaba su rumbo.

Entregó el cuaderno y caminó inquieto hacia la calle 22, al paso del maestro que se detenía cada dos o tres pasos para leer en silencio, con aparente desinterés y sin volver atrás las hojas al cuaderno. Sabía por Pedro María que el maestro no gastaría con él su tiempo de ensayo. Por tanto, solo tenía a favor el espacio entre la puerta del banco y el hotel para conocer su opinión. Cuando daba por perdida la ilusión llegaron a la esquina de la calle veintiuna y notó que el maestro releía. Pedro María había dicho que si el maestro encontraba algo interesante, lo diría al momento.

De repente se detuvo. No entendía por qué la mano derecha del maestro hizo movimientos de arriba y abajo y a los lados de la página, indicó el texto titulado Balconcito Florecido, y dijo: “Necesito que pase para mañana esta letra en limpio, a máquina…”. No recordó el momento de despedirse menos qué rumbo tomaron, pero dudó que la musicalizara.

La mañana siguiente comentó lo sucedido a Pedro, que aseguró: “Hace años lo conozco. Si Lucho le pidió la letra es porque le interesó, y póngale la firma que le pone música. Póngale mi firma, yo sé por qué se lo digo”. No podía creer que la chanza insignificante que hiciera a Pedro María un mes antes lo tenía a punto de compartir el primer crédito musical con el compositor a quien, en palabras de Pedro María, interpretaron sus canciones Lucho Ramírez, Leo Marini y Conrado Cortés; Oscar Agudelo y Claudia de Colombia; Raúl del Mar, Carlos Arturo, y el Grupo Affecto entre otros. En el escritorio copió en otro papel el texto y por la tarde lo entregó. Dos días después el maestro regresó con el escrito firmado en el papel seda usado en su oficina. Antes de marcharse, el maestro propuso:

“A modo de práctica y para que aprenda a expresar sus vivencias y no se le olviden las ideas, mantenga un pedazo de papel, hasta una servilleta en el bolsillo le sirve, para tomar apuntes y cuando tenga tiempo los revisa, y busca cómo darle forma artística a las penas y alegrías. Con base en ellas amplíe y corrija, así aprenderá qué hacer con las frases callejeras o las que escuche en el trabajo, en los billares, y cómo puede convertir los peores momentos de su vida en arte. Vaya aprendiendo a observar los detalles y momentos mínimos, porque las canciones están por ahí, en todas partes, lo que pasa es que no todos tienen la misma mirada para ver esas cosas, y si las ven no saben cómo describirlas. Vamos a trabajar”. Escuchó sin comprender.

No sabía el maestro que el aprendiz aprovechó como escenario de la historia, los balconcitos que servían de adorno al interior del teatro Yanuba, en los cuales imaginó, cual Romeo y Julieta, al hombre que impulsado por los recuerdos regresa al balcón aún florecido y solitario.

Ese sábado, reunidos con Pedro María en la oficina del cuarto piso del edificio Cervantes, en donde trabajaba, el maestro y su guitarra le dio al texto ritmo de bambuco. Para ellos fue un ensayo rutinario, para el amigo de Pedro María fue algo inesperado, gratificante porque la sabiduría del maestro se manifestó ese día en su rapidez para elaborar la melodía: puesta la letra sobre el escritorio pasó a leer la primera línea de las tres estrofas. Con acordes marcó a Pedro María la línea a seguir, y rasgó la guitarra para encontrar la tonalidad. Atento a que se cumplieran a rajatabla sus observaciones, no aceptó sugerencias, y exigió silencio. Varias veces hizo repetir a Pedro María la primera parte de la melodía línea por línea hasta quedar satisfecho. Antes de seguir adelante cantaron a dúo, y como repaso, las ocho líneas de esa primera estrofa. Acto seguido pidió silencio y concentró su atención en pulsar y escuchar la guitarra en busca de otra melodía para la estrofa escogida de antemano como coro, y completar la composición definitiva. Pedro María, para no olvidarlas, repitió una y otra vez la canción completa. Ese momento de creatividad desconocido, le hizo saber que su asombro semejaba al rostro caricaturesco del personaje de El extraño mundo de Subuso.

Antes de las once la mañana quedó grabada y lista la versión definitiva el Trío Galante. El maestro Luis Moreno no dejó escrito en papel una sola nota musical, raya o indicio alguno que hiciera pensar que le serviría después como ayuda. Rápido entendió el ahora aprendiz de letrista que el maestro creaba al instante y guardado todo en su memoria. Al bajar las escalas del edificio, no dudó que ambos llevaban en mente y para no olvidar, la melodía completa. Por la tarde en casa escuchó a dúo en la grabadora, una y otra vez hasta el cansancio: Balconcito florecido.

Invitado a presenciar otros ensayos del trío, escuchando a Pedro María descubrió que las habilidades desarrolladas por un cantante en los ensayos, le permiten adivinar lo que viene a continuación, y ayudan al director en su labor.

Meses más tarde se llevó acabó una presentación musical en la Casa de la Cultura de Calarcá. Participaron entre otros: Voces y Cuerdas, Trío Galante, y Ancízar Castrillón. Asistió por curiosidad. No conocía ni tenía amistad con personas diferentes a Luis Moreno, Faunier Vargas y Pedro María Londoño. Sin sospechar lo que sucedería acudió con ánimo dispuesto. Era la primera vez que asistía a una presentación de este género, y quiso disfrutar el espectáculo. En el intermedio permaneció en la silla. Al cabo de un rato distinguió en la penumbra a don Luis Moreno, quien subía las escalas que comunican al auditorio con la salida, y se detuvo en medio de las sillas. Al aprendiz le pareció que buscaba a alguien y bajó a saludarlo. El maestro estaba contento y manifestó que salió del camerino a buscarlo, que lo acompañara porque “quiero que escuche algo”. Entraron. Los artistas ensayaban unos y departían otros. El maestro hizo una señal al trío, y dijo:

“Vea cómo va a quedar el balconcito”.

De inmediato tomó la guitarra, Faunier,  el requinto, Pedro aclaró la voz, y cantaron el bambuco por primera vez. La sensación, salvo que no tuvo escapatoria, fue del globo que se eleva y recorre el cielo raso hasta encontrar el agujero por dónde salir. Tal fueron los momentos de irrealidad que después de aquella noche, el aprendiz jamás volvió a sentir, musicalmente, nada igual.

Pasados cuatro o cinco días, en la cafetería de la carrera 15 entre calles 21 y 22,  adornada de estribos, sillas de montar, carrieles y ruanas, el maestro preguntó: “¿Cuénteme cómo escribió la letra, cuál fue la idea?”. El aprendiz la explicó en pocas palabras el papel del niño imaginativo, y el maestro continuó: “Veo que tiene un buen recurso. Deje salir al niño que tenemos todos por dentro, y déjelo jugar que él a veces tiene soluciones… le va a ayudar pero confíe en él…”, y cambió de tema: “En el trío no tenemos la canción para una reunión nocturna sin hombres, solo de amigas que toman traguito y hablan de viejos amores. ¿Se le mide?”.

Por la petición el aprendiz sospechó que adelante esperaban  años de aprendizaje-sin cuaderno ni teorías-, consejos y charlas sabias o tontas en las cafeterías, en caminatas de fin de semana por los alrededores de su casa, en los barrancos o en las casetas que rodean la cancha de fútbol del barrio Ciudad Dorada, y su solicitud de nuevos textos…Pequeños o grandes momentos, como recuerdos de sincera amistad.

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