¡Oh, Discépolo….! / Por: Mario Ramírez Monard

Para: Revista Digital Arrierías 29

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Enrique Santos Discépolo 

Cuánta razón tenías, Discepolín.  Qué falta nos haces en medio del mundo infame que nos tocó a las generaciones posteriores a la tuya. Tu filosofía, tu pensamiento, tus escritos de bella prosa convertidos en música para luego volverse inmortales trascendiendo el tiempo y las distancias, hoy continúan su camino en medio de la desesperanza. 1.

“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé/ en el quinientos seis y el dos mil, también/, que siempre ha habido choros, Maquiavelos y estafaos/, contentos y amargaos, valores y dubles/”. Maestro Discepolín, presagiabas tu desazón para el siglo 20, aunque, estoy seguro, bien sabías que la ignominia de la sociedad rebosaría ese siglo para pasar al veintiuno con más agravantes en una sociedad sucia, banal, hipócrita, suicida, corrupta. Siempre han estado ahí los maleantes, los manipuladores del poder; también  los que se dejan robar en medio de su tristeza y asombro. Tenemos una sociedad con algunos valores pero,  con oro de fantasía, sin valor, de apariencia.

No voy, a ubicarme, apreciado maestro, en la sociedad de inmundicia del globo terráqueo, sino en esta parroquia colombiana donde la maldad, la estulticia, la perversidad, la corrupción nos está llevando al borde del precipicio. “Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue/. Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo, todos manoseados”/. Estamos en un lodazal manipulados y manejados por una sociedad de dirigentes corruptos que posan de políticos, con sus contratistas y el gran séquito de “choros” y lava capitales que avivan a la masa ignorante para que mantenga el statu quo de  gobernantes, políticos y muchos jueces y magistrados corruptos: “en un mismo lodo, todos manoseados”.

“/Hoy resulta que es lo mismo, ser derecho que traidor/, ignorante sabio chorro, generoso estafador/, todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor/, no hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualao/”….”qué falta de respeto, qué atropello a la razón/, cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón/…….No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao…/.

Nunca nadie había descrito tan bien a la humanidad – a través de la música -, con sus guerras, sus persecuciones, sus miserias. Releo tus escritos y es como si describieras a mi Colombia, nuestra Colombia, dirigida por la infamia, la perversidad, la molicie,  la corrupción.

Tu talante humanista y esa protesta a través de la prosa bella y bien escrita, se afianza, aún más, cuando escribes Tormenta, otra canción de protesta donde dejas notar tu agnosticismo; canción que, posteriormente, unos gobernantes burócratas prohibieron, junto a la iglesia católica por su protesta ante la religión. Esta es una de tus obras, Discepolín, más bellas por su contexto: “Aullando entre relámpagos, perdido en la tormenta de mi noche interminable, Dios, busco tu nombre/, no quiero que tu rayo me enceguezca entre el horror, porque preciso luz para seguir…” y haces el reclamo directo, sin intermediarios religiosos, curas o pastores: “lo que aprendí de tu mano, no sirve para vivir… Yo siento que mi fe se tambalea, que la gente mala vive, Dios, mejor que yo”. Más adelante, con un grito de angustia, planteas: “Si la vida es el infierno y el honrao vive entre lágrimas, ¿cuál es el bien del que lucha en nombre tuyo? / limpio puro, para qué? / Si hoy la infamia da el sendero y el amor mata en tu nombre, Dios, lo que has besao/, el seguirte es dar ventaja y el amarte es sucumbir al mal/. En medio de esa angustia, das una oportunidad para que ese Dios a quien criticas pueda entrar en tu vida. Créeme, maestro, que nunca he entendido por qué borraron de la grabación discográfica la última parte de tu denuncia: “No quiero abandonarte yo. Demuestra una vez sola que el traidor no vive impune, Dios, para besarte/, enséñame una flor que haya nacido del esfuerzo, Dios, para no odiar el mundo que me desprecia porque no aprendo a robar/ y, entonces, de rodillas, hecho sangre en los guijarros, moriré con vos feliz, Señor/”.

Cuánta falta nos haces, Discépolo. La música y la poesía para la música se han ido diluyendo de bellas canciones de amor por la naturaleza, por la vida a pésimas letras e inmensa cantidad de farsantes musicales que han convertido el amor en una burla y a la mujer como un simple objeto del deseo, del estupro, de la violación: “perrea mi amor, perrea”, “yo con mis nenas en el catre”, “ no sirves ni para violarte”, en fin, sandeces de una civilización moderna convertida o llevada hacia el arrasamiento de los mismos seres humanos por lograr el poder; en ataques misóginos, en incitación al dominio machista y al desconocimiento de la mujer como el ser más maravilloso de la naturaleza.

De verdad, maestro Discepolín, qué falta que nos haces. Si ese dios injusto a quien clamabas, con todo ese poder omnímodo que dicen tener hubiera permitido seguir escribiendo contra la infamia y no te hubiera arrebatado de la vida de la civilización – la misma por la que luchaste a través de tus poesías vertidas a canciones-, otras oportunidades y un mundo más digno se hubiera logrado, pero no, el destino o ese dios te llevó de entre nosotros teniendo apenas 50 años. Vida injusta o dios injusto, pero ahí quedan tus letras como Tormenta y Cambalache, canciones que perdurarán hasta el fin de la vida en la tierra. ¡Qué falta que nos haces, maestro Discepolín!

POST SCRIPTUM: Una paradoja. Es tanta la información, los anuncios, las teorías recibidas a través de todos los medios respecto del Corona Virus, el Covid 19 o la Pandemia mortal que asuela al mundo, que estamos bastante…….DESINFORMADOS!

  • Enrique Santos Discépolo (1901 – 1951) nació en Buenos Aires, Argentina.

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