COLUMNA PALABRA EMPEÑADA

Mayo y junio son los meses, en lo corrido de este año, que muestran un mayor flujo de café tanto en el norte del Valle del Cauca como en la mayoría de zonas cafeteras del país; y son precisamente estos meses, donde con mayor intensidad se siente el impacto de la pandemia.
Y en medio de la complejidad que ha generado el COVID19 en el mundo y su impacto: en la salud mundial, en la oferta y demanda de productos, en la crisis del turismo, aerolíneas y hoteles, en la crisis del servicio en restaurantes, bares y cafeterías, en la guerra comercial que se ve venir entre los países más poderosos del mundo, en el aumento acelerado del endeudamiento público y privado, en el rompimiento de las cadenas de labores en producción de productos procesados y su concebida crisis alimentaria global, en el desempleo y la inseguridad, en la crisis social que se siente y que producirá un caos en la institucionalidad mundial, nosotros los campesinos y caficultores colombianos no perdemos la ilusión de un país y un mundo mejor.
Y nuestro campo, nuestras fincas cafeteras, ¡qué bendición!
Sin saber cuánto va a durar toda esta locura, lo que sí puedo contarles es lo que se está viviendo en las fincas cafeteras en plena cosecha y en medio de la pandemia:
Para iniciar les cuento que el personal utilizado para la recolección del grano ha sido el mismo, ya que, por la situación de la bioseguridad, es preferible mantener el mismo personal y así poder hacerles el exigido seguimiento de las condiciones sanitarias a cada uno de ellos, evitando el tener una población errante y potencial portadora y propagadora del coronavirus. Esto ha hecho, que la fraternidad, el compañerismo y la amistad florezcan en las fincas, y que el aislamiento social y toques de queda, generen el obligatorio confinamiento de nuestros recolectores. Renace nuevamente la tertulia nocturna, la jugada de parques y domino en horas de descanso, la comentada y observada telenovela y hasta el obligatorio ahorro de muchos. Y es que como se cerraron los bares, los prostíbulos y el libre desplazamiento, hasta el juicio ha sido la nueva e inevitable actitud de nuestros trashumantes cosecheros.
Levantarse a eso de las cinco de la mañana gracias al cantar de los gallos y ruidos de los perros, saber que los espera una deliciosa taza de café, sentir que el aire puro orea el rostro y que el inmejorable paisaje es lo primero que los ojos verán, motiva a tener un día con mucha alegría y energía. Y cerrar el día acompañado también de una buena taza de café colombiano en compañía de los compañeros de labor y con el regocijo nocturno de la tertulia y descanso, hace que hoy la vida en el campo tenga mucho más sentido que el tener que estar encerrado en un apartamento de ciudad.
Ironías y enseñanzas que nos deja este nuevo orden mundial.
Hoy hay muchas personas que en otrora estaban dedicados a la labor de construcción, de almacenistas, de conductores o sencillamente en oficios varios, y que vieron en la recolección de café la alternativa para sostener sus familias, y que gracias al contacto continuo con la naturaleza, el oír trinar continuamente los pájaros, y la inmejorable recompensa de una sabrosa alimentación básica de las fincas cafeteras, no han sentido lo drástico del confinamiento y de la difícil situación económica que se está viviendo.
Lo que si queda claro es que todo es digno y más fácil en el campo, pero que es más agradable con una buena taza de café.