Hacia una “webcam” espiritual / Por: Julio César Londoño

Julio Cesar Londoño
Julio César Londoño

Hace años leí, en Cuentos sin plumas, de Woody Allen, la historia de un burdel para intelectuales. En el menú de la casa se leía, por ejemplo, Rosa, arrecha en flor, doctísima en Proust; Clodia, matrona impúdica, erudita en Schwob; Friné, filósofa, tesis cum laude por su ensayo “La diferencia entre ser, estar y yacer”; Bisectriz, matemática, te dejará como una cinta de Moebius, sin verso ni reverso; Andrómeda, astrofísica, famosa por su proposición trilemática: “El universo es curvo, diverso ¿o qué?”; Amaranta, gabólatra y puerca.

El burdel quebró porque los intelectuales viven limpios y las tarifas eran tan altas como sus sabias muchachas.

La idea es exótica pero nobilísima. Mujeres como estas resolverían la desazón que vienen mascullando los pensadores desde la Antigüedad: Homo animale triste post coitum est, para aludir a ese vacío que Cioran, putañero eminente, cifró con claridad: “La sexualidad es una inmensa impostura, una gigantesca mentira que siempre se renueva. Sin duda, el momento presexual triunfa sobre el postsexual: el deseo es un finito inagotable, un absoluto efímero imposible de saciar”. (¿Por qué las cursivas? Porque Cioran había descubierto que en la vida, como en la música, la forma es el contenido).

Me vienen a la cabeza estas honduras a propósito del teletrabajo, modalidad que inventaron las jóvenes disruptivas de principios de siglo, 3.000 años después de la “prostitución sagrada”, sí, pero mucho antes que Zoom, Meet y la irrupción del feo vocablo “disruptivas”, sin que nadie les reconozca el mérito de la innovación, ni sus aportes a la economía naranja y al sexo aséptico.

El-burdel
El burdel – Vincent van Gogh – de la web

Y es que la humanidad ha sido siempre lasciva pero pacata. Aunque el mundo consume varios gúgoles de terabitexxx por segundo (dato de Pornhub, porque en esto solo me fío de las profesionales), la gente denigra de las prostitutas sin reconocer su esforzada función social, la mano que le tienden al tímido y al flácido, al feo y al solitario.

La humanidad yacente olvida que si hoy somos más felices bajo techo y sobre el lecho lo debemos por igual a la píldora y a la revolución sexual de los 60 que a la educación del porno por internet. Allí fue donde aprendimos que, como dice Woody, el sexo solo es sucio cuando lo hacemos bien.

El Estado debería capacitar a las chicas webcam para que sacien no solo las ansias de los cuerpos sino también la sed espiritual de sus clientes. Así habría una conjunción del putas: el erotismo del encuentro de dos desconocidos y la comunión de sus mentes: el juego, la risa, el pensamiento.

Propongo retomar la fantasía de Woody Allen y crear un pénsum-cam con estas asignaturas: Poesía erótica, a cargo de Juan Gustavo Cobo Borda (si se acuerda); El viagra, mi bastón, por Jotamario; El kamasutra boyaco, por Esperanza Gómez; Postales de Babilonia, donde empecé todo, por Amparo Grisales, y Esto se me sale de las manos, del Tino Asprilla. En aras del equilibrio moral, podemos incluir Del sexo sacramental al abismo negro excremental, por Roberto Gerlein, y De cómo aplacé el gustico para tirarme al país, por Él.

S.O.S. Anoche revisé las 454 páginas de Cuentos sin plumas (Tusquets) y no pude encontrar el bendito cuento del burdel para intelectuales. ¿Será que padezco de memoria inventiva, como De Quincey? Si algún lector me ayuda a recordarlo, le quedaré por siempre agradecido.

Nota final. La palabra puta viene del vocablo sabiduría, que degeneró en budza, “sabionda”, en jónico arcaico, y se endureció en “puta” en Roma. El lector interesado puede buscar mi artículo “Historia de una mala palabra”. Por ahí debe estar porque el polvo, el Espíritu y la web están en todas partes.

 

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