Genocida / Por Mario Ramírez Monard

mario ramirezPara: Revista Digital Arrierías edición 29.

“En política hay que buscar el apoyo de las mujeres; ¡los hombres te siguen solos!” 1

En su haber hay miles y miles de personas asesinadas.  Se habla de más de once millones der seres humanos, catástrofe humana llamada holocausto –eso es lo que registran los severos estudios históricos y de legislación internacional-, bajo el criterio de ser una especie de Mesías, un ungido, un designado por la más alta divinidad religiosa que en el mundo existe. Los historiadores, analistas, filósofos, politólogos y sociólogos, entre otros, ya han hablado de su “filosofía”, del idearium que quiso imponer, especialmente en Europa, bajo la consigna de una raza superior, la que debería dirigir al mundo. Sí, me refiero a Adolf Hitler, austríaco, el hombre que en las primeras décadas del siglo 20 se convertiría en el máximo líder de una horda de fanáticos, homofóbicos, racistas, clasistas, dirigidos por un jefe megalómano, narcisista, auto engrandecido y, extrañamente, idealizado por millones de seguidores,  especialmente mujeres.

No nos vamos a detener en el análisis de su propuesta política, pues hay cientos de libros y estudios que se han acercado a ese tipo de idearium con apariencia de partido de obreros alemanes; no en vano osó llamarse Partido Nacional Socialista Obrero Alemán. Pretendo, con este escrito, desvelar el ser humano, su vida personal, íntima; su relación con las mujeres y su concepto sobre la importancia de las mismas para sus protervos fines políticos de dominio mundial.

Hitler fue hijo de un funcionario de aduanas austriaco llamado Alois (1837-1903), profundamente católico casado con Klara, matrimonio donde hubo tres hijos más, todos varones. El padre fue un  hombre violento, de reglas estrictas y exageradas en la educación de sus hijos, sin muestras afectivas que sus hijos pudieran recordar posteriormente. Klara, era una mujer sumisa quien fallece unos años después de la muerte del patriarca. Un cáncer de mama la consumió y la afectación para los hermanos, especial Adolf, fue casi que fulminante.

hitler
Adolf Hitler – Foto de la web

No era un hombre físicamente atractivo, tampoco un formado académico pues empezó a estudiar pintura y terminó haciendo cursos de artes y oficios, razón por la cual surge duda razonable en cuanto a la autoría de Mi lucha –Mein Kampf- escrito donde concentra el idearium de la nueva ideología, la Nazi, fiel copia en sus comienzos del fascismo italiano en cabeza de Benito Mussolini. Tampoco fue un estratega militar brillante. Participó en la primera guerra mundial en calidad de sargento del ejército. Entonces, ¿cómo llega Hitler a convertirse en el líder Alemán, en el hombre que lideraría la gran tragedia mundial de la segunda guerra con millones de muertes, asesinatos colectivos, experimentos con seres humanos vivos, campos de exterminio en organizados campos de concentración, vergüenza mundial por el holocausto que dirigió apoyado por el pueblo alemán y unos militares sumisos, con vendas en los ojos y conscientes de lo que estaban realizando bajo su férreo mando?

Primero fue el terror con grupos paramilitares bajo su dirección y mandato, segundo su facilidad de expresión discursiva a grandes masas -que no en forma individual-, sobre todo con mujeres y, por último, la divulgación de teorías racistas, de supremacía blanca y un loco mesianismo en el que creyeron millones de personas en el centro de Europa. Hitler tiene un as en la manga: la mujer.  No en vano el encabezamiento de este escrito. Las buscaba  tratando de encontrar en ellas un refugio idealizado de Klara, su madre fallecida. Siendo un hombre tímido, fue su verborrea y sus ojos azules profundos el imán que lo catapultaría a ser líder del III Reich Alemán, esto es, el gran Imperio Alemán, especialmente la utilizando la mujer como avanzada hacia su meta.

“Mi fiel Führer (líder) y General genial. Saludo a la victoria. La mayor  operación de exterminio está llegando a su fin con la victoria más brillante, saludo a la victoria. La mayor operación de EXTERMINIO (resaltado nuestro), está llegando a su fin con la victoria más brillante, mi querido y fiel amor…” escribía en una extensa misiva U. Grombach, fanática nazi. 2

Otra, Dagmar Dassel,  escribía, “Mi Führer, hoy puedo afirmar mi voto de lealtad y amor absoluto, mis ideas y mis sentimientos sólo le pertenecen a usted, mi Führer, mi hombre amado, el más noble, el más grandioso, el más maravilloso, único y genial, enviado de Dios, sólo a usted, mi Führer, sólo a su misión y a su redención pacíficas, sólo a usted, hijo elegido, ungido y coronado y amado de Dios, celeste mensajero de paz….”. 3

Son muchas las misivas, las cartas de amor, de lealtad y de peticiones de intimidad que Hitler recibía casi a diario. Una especie de dios hecho hombre, un mesías que impondría, según sus fanáticos, un orden mundial bajo la férula severa del gran imperio Alemán.

El fundamentalismo alemán a través del nazismo, sería el origen de uno de los desastres más devastadores en la extensa historia de las guerras y del ser humano.

¿Era Hitler, un semidiós, un ser íntegro, un ideal de ética política pública y/o privada? Esta parte la develaremos en nuestro próximo escrito.

POST SCRIPTUM. La mujer es uno de los seres más importantes en el desarrollo de la historia de la humanidad. Muchas lucharon, luchan y lucharán por un mundo mejor, de dignidad donde puedan desarrollar todas sus capacidades. Lamentablemente son utilizadas o se dejan engañar para ser utilizadas como armas de poder.

Es tanta la misoginia en el mundo del poder, que un conocido político colombiano, dueño de tierras, ostentosas ganaderías y caballos se enamoró de una bella mujer de su tierra. Cuando la joven se negó a sus requiebros, compró una joven potranca, le puso su nombre para poderla “montar todas las semanas”. Ese es el talante de los amos absolutos del poder, de quienes se creen tocados por la vara celestial para domeñar el mundo. De esos, hay miles de miles  en el mundo. Lamentable. 4

  • Ducret, Diane. LAS MUJERES DE LOS DICTADORES, EDITORIAL Aguilar, Madrid, 2011. Página 267.
  • Óp. Cit. Página 18
  • Óp. Cit. Página 16.
  • Abad Faciolince, Héctor. El Olvido que Seremos. Editorial Planeta, Bogotá 2006.Página 149.
  • Fuente especial: Vera Tornell, Ricardo. Historia de la Civilización. Editorial Ramón Sopena, Barcelona, 1964.

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