El bromista y el maestro Luis Moreno / Por Luis Carlos Vélez.

Luis Carlos Velez
Luis Carlos Vélez

En 1991 laboraba en el Banco Cafetero. Después de un buen rato de charla con Pedro María Londoño en la cafetería de la entidad, supe que era la primera voz del Trío Galante, conformado por Faunier Vargas y Luis A. Moreno, a quienes no conocía.

Una tarde encontré a Pedro María en la tarea de memorizar la letra del pasillo “Aquellas casas viejas”, cuyo autor y compositor Luis A. Moreno haría escuchar a la vocalista del grupo Voces y Cuerdas, Aurora Hoyos.

Mientras escuchaba el ensayo Pedro comentó que el maestro Luis A. Moreno era el autor y compositor del bolero “Huellas”. Me llamó la atención la oportunidad de conocer al creador de una de mis canciones preferidas, y manifesté a Pedro María que la que consideraba “un himno nacional”. Preguntó por qué, y sonrió al recibir por respuesta: cuando la escuchó suspendo lo que haga en ese momento, y continúo cuando termina.

El maestro Luis A. Moreno visitaba el banco para acordar con Pedro María el traje que llevaría el Trío Galante en sus compromisos los fines de semana, y el antojo de gastar una chanza a Pedro María brindó la oportunidad de hacer amistad con Luis A. Moreno. Dije a Pedro María  que tenía escritas dos letras, y me gustaría saber la opinión del maestro, y la posibilidad de musicalizarlas. A Pedro María le gustó la idea; prometió hablar con él, y avisar el día en que el maestro Moreno fuera a visitarlo. Sus palabras convirtieron la chanza “mamagallista” en un problema, porque pidió: “tenga las letras por ahí, en el escritorio, porque en cualquier momento puede aparecer”.

La verdad: no tenía ninguna letra escrita, y conociendo la seriedad de mi compañero de trabajo, y la persona que conocería, entendí que el espíritu bromista me costaría caro si no presentaba las letras ofrecidas.

luis a moreno

Albergué la esperanza de que Pedro María olvidara la conversación y no comentara nada al maestro Moreno. En adelante, para evitar un encuentro en cual sabía que vendría a cuento lo prometido, cada vez que deseaba un tinto, encontré que su sitio de trabajo quedaba a cinco pasos de la cafetería, y decidí dar un rodeo por otras oficinas para llegar a ella.

Pasaron unos días, y el momento temido llego cuando Pedro se acercó a mi puesto de inspector de caja, para informar que a la mañana siguiente vendría el maestro Moreno. Admito que esa mañana mi cuota de consumo de cafeína aumento a seis o siete pocillos, y reconocida la inutilidad de mis rodeos, pasé “tranquilo” frente al puesto de Pedro María, que notando mi ir y venir de la inspección de caja a la cafetería, dijo: Lucas, parece que le gusta harto el tinto, ¡qué verraco!, y mi me desvela… Hizo un alto en sus palabras, y remató: el resto que queda en la olleta. No olvide lo que le dije, traiga la letra, Luisito quiere verla. Y si dijo que mañana viene, por aquí aparece.

Aceptado el precio de la chanza, sin escapatoria, buscando cómo cumplir a quien no conocía, no pasé más por la cafetería, y entre digitar documentos en el computador, atender las preguntas de mis compañeros cajeros, sumar, colocar cheques en las casillas asignadas a cada banco, y otras labores, sin noción ni idea de cómo escribir dos textos, en cualquier momento se me ocurrió buscar imágenes en mi archivo de recuerdos de la niñez y adolescencia. Más tarde, descubrí que evocar el pasado con la mirada del niño a quien la soledad le enseñó a concentrar su atención en observar con cuidado cada instante de las situaciones y frases dichas al azar, para retenerlas, resultaría el mejor recurso como fuente de ideas.

Comprendí que si las imágenes aparecían y se iban, debía tomar notas para escoger las adecuadas, aquellas que presentaban alguna relación, y suprimir las otras.

El resto del día trabajé como autómata hasta cuando hubo un momento en que pasé de la incertidumbre a la sensación de auto tranquilidad, porque me vendí la idea de que la tarea de escribir “algo” para salir del paso, no representaba un compromiso serio ni la perdida de una futura amistad que sin saber por qué, daba por segura.

Esa noche, transcriptas al papel las ideas escogidas, escribí sin orden ni concierto varios inicios para dos textos distintos: “Corazón no te miento”, y “Cartagena de Blas de Lezo”. El primero basado en las noches de adolescente cuando en compañía de dos o tres amigos rufinistas salíamos por los barrios de Armenia, con el único objeto de admirar a sus mujeres caminando por las calles. Por ser una época que pocos olvidan, recordé que uno de mis amigos invitaba a pasar por el sitio en que abrigaba la esperanza de encontrar “aquel viejo amor que nunca olvidé”.

Lápiz en mano bastó me dejar que la imaginación del niño jugara en libertad con las imágenes, para una vez entregadas al adulto, éste, apoyado en las lecturas, debía saber cómo encontrar las palabras adecuadas para transcribir el “dictado” del niño. Descubrir la ambivalencia de niño-adulto, aceptarlos en ese momento y saber cómo dejarlos “actuar” sin interrumpirlos, dio origen a un “sistema de trabajo”, a una especie de ecuación Niño-Adolescente (imaginación)+adulto (transcriptor pasivo)+lecturas (lenguaje adecuado) que todavía no encuentro cómo explicar mejor. Y para Don Blas de Lezo, la ecuación funcionó porque eché mano al compendio de historias que entrelazados con los recuerdos de un viaje a Cartagena, dieron por resultado un texto mezcla de amor e historia.

El viernes en la mañana, cuando el maestro Luis Ángel Moreno visitó el banco para acordar la hora del compromiso musical con el Trío Galante, Pedro María me llamó, y fuimos presentados, pero no entregué mis escritos en ese momento, porque minutos antes Pedro se ofreció a entregarlos y ponerme al tanto de los comentarios del maestro.

Más extrañado que expectante, esperé. El lunes siguiente el bromista se llevó su sorpresa cuando Pedro repitió las palabras del maestro Moreno: Dígale a su compañero que siga escribiendo porque tiene algo de madera, hay algo…no sé, dígale que me muestre más trabajo…”.

Ilusionado de que mis escritos fueran musicalizados por el maestro Moreno, decidí dejar de lado mis problemas causados por el acoso laboral de los directivos del banco, empecé escribir otros textos a la topa tolondra, y mi mente se concentró en tomar otro rumbo.

CORAZÓN NO TE MIENTO

 

Bolero   910616

Letra: Luis Carlos Vélez Barrios

Compositor: Luis Ángel Moreno Cardona

 

Corazón que conoces mi historia

No preguntes qué fue de mi vida

Ya mi alma reclama su alma

Y sin ella mi vida no es vida

 

Mi destino se llenó de sombras

Y una gran soledad en mi alma

Y sus besos en mil noches de amor

Se marcharon sin decirme adiós

 

Corazón a ti no te miento

Ni te puedo ocultar que la amo

No preguntes si ella se ha ido

Y su ausencia me tiene en olvido

 

Tú ya sabes que ella ha partido

Y yo voy por las calles perdido

Y su sombra me nubla el camino

…Sin poder encontrarla yo vivo…bis.

 

El otro texto corrió la suerte de la moneda acuñada por los ingleses para celebrar por la victoria del almirante Vernon, pero don Blas de Lezo, a quien le faltaban un ojo, un brazo, una pierna, lo venció en el Sitio de Cartagena. Igual cayó Cartagena de Blas de Lezo, porque una vez revisado, el maestro Luis Ángel Moreno marcó su destino: el barril sin fondo del olvido.

 

Septiembre 12 de 1998

 

Tomado de Anécdotas del pentagrama (Textos inéditos)

 

 

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