Soy Poeta / Por Carlos Alberto Villegas Uribe.

Carlos Alberto Villegas Uribe

Soy poeta, lo declaro sin ambages ni pretensiones porque nada, ni nadie, es un hombre desnudo y solo frente a la inmensidad de las estrellas.

Como el abuelo Pedronel que cazaba significados en un vetusto Larousse, soy un cazador de signos polimorfos y multicolores. Él afinó los hilos que me condujeron al laberinto griego y me regaló una historia cultural que me sujeta a Occidente. A ese laberinto de dioses regreso cada noche al lado de una mujer que teje y desteje historias y destinos de navegante.

Vengo de un pueblo que valora la palabra, la cultiva como trigo fresco y la comparte con la alegría del aroma a pan recién horneado. En las noches, ese pueblo de poetas se extiende con su hermana gemela a los pies de las empinadas alturas de los Andes como un sembrado de estrellas.

Cada vez que contemplo ese prodigio desde el alto de La Línea me gusta afirmar con las palabras esenciales del poeta Baudilio Montoya: “Yo fui argonauta, fui un marinero de noble pauta que el horizonte miró pasar, mi barco supo tumbos violentos entre los vientos que despeinaban fieros el mar. Ciegos países de cielos grises vieron mi planta de viajador y tras el paso por cien desiertos, llegué a cien puertos y en cada puerto tuve un amor”.

En las tierras de Cervantes, el signo hablado trocó en código audiovisual y fructificó la video poesía como señal incontestable y contundente de una verdadera literatura de la postmodernidad.

En las orillas de Lisboa, en donde el cantado río Tajo no atraviesa la ciudad, solo la besa, la besa, la besa de Marbella a Bethlem, perseguí la singular multiplicidad de Pessoa, me encontré con un pueblo y aprendí a disfrutar del amarillo que Sintra nos regala.

En el sur profundo de las tierras del gran Whitman, en donde el río Bravo extiende la frontera como una cicatriz ominosa para perpetuar la desigualdad y la envidia de dos hermanos y en donde aún aúllan los coyotes, aprendí la sensualidad en la danza hablada de una poeta filipina. En esas tierras lejanas realicé los primeros videofiguratum en donde explotaron mariposas polícromas y colibríes libando elíxires femeninos en la flor del dios escondido; todo para que una mujer amaneciera en mis auroras.

Alguna vez escribí en algún hormiguero en donde las termitas extendían galerías y sueños para el deleite de unos muy pocos lectores y hoy lo vuelvo a escribir con la conciencia de tiempos conquistados: Yo soy poeta, soy poeta cuando soy sentimiento y soy poeta cuando soy acción. Yo soy poeta y basta.

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