La peinilla de Evergisto / Por Pedro Luis Barco Díaz.

cuchillosLos campesinos de mi pueblo tienen fama de contarse entre los más generosos del mundo, se trata de labriegos que, con esfuerzo, logran extraerle al suelo toda la riqueza. Por lo tanto, son rudos y emprendedores. Desde el alba, una vez se han santiguado y apurado el desayuno, se les puede ver todo el día, al pie del cafetal, desyerbando, cogiendo el grano o secándolo en las elbas que construyen en la parte supe­rior de sus casas de habitación. Poco o nada saben de los veri­cue­tos económicos que se fraguan en el país del norte, en el que se les negocia su sudor. Pero, eso sí: con sólo apreciar el clima de los primeros días del año, perciben como se portará la cosecha.

Des­cien­den de la orgullosa raza paisa, la misma que a principios de siglo, se aden­tró en el norte del departamento, huyendo de las gue­rras que sembraron de luto al país y que dejaron no pocas secuelas de odio. Son personas usualmente pacíficas, aunque aris­cas, que una vez superan sus temores ancestrales, dejan aflorar su ver­dadera natu­rale­za, que los lleva a com­partir todo cuanto poseen. Si alguna vez viene a estos parajes, no se sor­prenda si la familia más hu­mil­de lo recibe con los pe­rros bien amarrados y un humeante tazón de café con arepa; pero tenga por cierto que jamás le darán el mísero tinto con que la gente de la ciudad, y eso que a veces, ofrece a sus visitas.

El pueblo fue fundado en el piedemonte de la cordillera central, lo que permite que el aire fresco le golpee la cara todo el día. Por la noche, la temperatura baja hasta el punto que requiera de una buena manta para que dormite como un crío. La zona cafetera, es la más es­carpada y la más bonita. Da gusto mirar­la desde lejos: difí­cil­mente en­contrará usted un solo milímetro de tierra que no esté pródigamente cultivada; se halla, además, bendecida por incon­tables riachuelos que zigzaguean raudos para apaciguarse en la parte plana.

Pero lastimo­samente, en medio de esta riqueza natu­ral, se han presen­tado disputas que en más de una ocasión se han dirimi­do con sangre…

La violencia partidista asentó sus negras garras a raíz del asesinato del indio “Forfeliecer” en Bogotá en 1948.  Antes de esto, el pueblo era liberal en el casco urbano y conservador en la zona rural. Pero ese hecho no representaba ningún problema. Al contrario, en los días de las elecciones la gente cumplía con sus deberes electorales, sacaban sus trapos rojos y azules, lanzaban sus vivas y por la noche se tomaban sus tragos sin ningún problema. Pero después del nueve de abril, las cosas jamás volvieron a ser como antes. La chusma liberal, a machete, destajó a los principales líderes conservadores, después de que un policía asesinara a un manifestante liberal. Ahí arrancó todo.

Años después prácticamente no quedaban más de una decena de liberales confesos y el pueblo naufragaba en odios y venganzas. Ya nadie evoca cual fue el alcalde que mandó a que levantaran los cientos de cruces que señalaban los lugares donde cayeron tantos y tantos paisanos que alimentaron con su sangre a la bestia de las garras negras.

En la vereda La Castilla, malvivían los Castañeda, familia que estaba conformada por la vieja Esterjulia, una aldeana a quien el áspero trabajo y una viudez prematura, la habían torna­do un tanto agria; era delgada como un perrero y tenía el semblante páli­do ­debi­do al paludismo y a los malos años. Los tres hijos mayo­res siempre fueron buenos jornaleros. Casi nunca con­versaban entre sí, aunque poseían una solidaridad a toda prueba. En todas las faenas, fueran estas de trabajo o de tropel, eran capita­neados por Argenis, el primogénito, al que seguían sin chistar en todo cuanto propusie­ra.

Todos los fines de semana baja­ban a la zona de toleran­cia del pue­blo, donde formaban, invaria­ble­mente, unas gres­cas desco­mu­nales en las cuales arrasaban con todo y con todos; por lo que habían ganado fama de guapetones. Du­chos en el manejo de la rula, solamente un buen grupo de unifor­ma­dos, podían colocar­los a raya y no era raro que sus borra­cheras concluyeran en el calabozo de la coman­dancia. Aunque lo que más los unía eran unos celos indó­ciles que sentían por todo aquel que pretendiera corte­jar a la hermosa hermana menor, a la reina de La Castilla, que era como se le conocía a Lina María.

Su más efusivo enamorado era Evergisto Jaramillo, que la había observado por primera vez dos años antes, en la misa que quin­cenalmente oficiaba el cura Arroyave, quien venía gra­duado del exterior y al que apoda­ban «Pico de Oro».

Desde esa mañana, jamás dejó de ir a la ceremonia, aunque nunca tuvo oídos para el cura; sólo ojos para las cejas espesas de Lina María, para sus dos largas trenzas par­tidas a la manera campesina, y para la prome­tedo­ra redondez, que se le adivinaba bajo la blusa de muselina. Al princi­pio, Lina María no advir­tió su mirada, o quizá la confundió con las de otros lugareños, hasta que cierto día, cuando salía de la iglesia acompañada por su madre, se chocó con unos ojos que la miraron con tanta terquedad, que el esca­lofrío que le sacu­dió el cuer­po, jamás dejó de sentirlo, ni siquiera ahora, cuando los recuerda, vieja, sola y muchos años después de estos sucesos.

Hubo de pasar mucho tiempo para que ocurrieran las primeras citas furtivas, debido, en buena parte, al recato de la moza y otro tanto a la acuciosidad con que los her­manos la custodiaban. Pero como en asuntos de amores todos nacemos aprendidos, ambos se dieron mañas para encontrarse los sába­dos en la tar­de, precisamente des­pués de que los gañanes baja­ban al pueblo a reali­zar el mercado y a hartar­se de aguardiente o de cerveza.

El amor entonces, fluyó como suele acontecer entre personas ele­men­ta­les; el de él, ardoroso y sincero; el de ella, paciente y profundo. Debo aclararle que la gente de esa tierra  era y es muy creyen­te y para esa época, lo que no bendijera un clérigo, difícilmente podía pasar de uno que otro beso furtivo y de alguna que otra cami­nata por la vere­da.

Una noche, mientras Oscar La Roca, en el viejo picot del Balajú, ento­naba «Sangre Male­va«, y las jóvenes prostitutas enseñaban sus calzones de etamina, se acercó a la mesa en que bebían los Casta­ñe­da, un recolector al que por mal nombre llamaban «patecambio«, lugareño de la Castilla, hombre harto caratejo, deslenguado y quien derivaba su apodo, merced a una polio tempranera.

-Quihubo compadres, -les dijo- ¿Será que me puedo sentar?

-Claro paisano, respondió el mayor -Siéntese no más.

– ¿Hoy cómo que están más sabrosas las hembras, cierto?

-Cierto Pate, Sobre todo la Gaviota, que cuando se pone ese vestido rojo, me hace saltar lo macho por todas partes.

– ¿Oiga compadre, como le parece ese disco?  Esa si es mucha filo­so­fía. ¿No es cierto?

-La purita verdad mano. ¡Un verdadero hombre no se l`iarrruga a la policía… ¡Ni a naides!

– ¡Ni a naides! mano Argenis, remataron en coro.

-Pero pidamos el otro frasco, que`ste ya se acabó.

– ¡Gaviootaaa!, bramó el mayor, traiga más guaro, pero grado ocho; que el otro era pa` señoritas!

Al poco rato, la muchacha de vestido rojo con boleros, se aga­chó leve­mente para descar­gar el pedido. Al hacerlo, su escote permitió que se le observaran parte de los senos. Arge­nis groseramente le mandó la mano y los apretó con fuerza, dicién­do­le:

– ¡Mija.! ¡Siéntese y pida lo que quiera!

– ¡No moleste!, le contestó ella aparentando enojo, al tiempo que emanaba de su ser, un fuerte olor a sudor y a perfume barato.

La noche se fue entre risas, palabrotas y humo de cigarrillo­. La Gaviota los acompañaba por ratos. El “Balajú” era una cantina grande, maloliente, con muchas luces de colores, que le daban un tono característico. De vez en cuando el lugar fungía como antesala del anfiteatro. Cuando ya se encontraron borra­chos, Patecambio les dijo como quien no quiere la cosa

– ¿Quihay del novio de Lina María?

-¡¡Marica!! ¡Ella no tiene novio!  -respondió Argenis y lo miró con furia.

-Perdone, mano Argenis, pero hoy la pillé agarrada de la mano de Evergisto, el peón de la Morelia. Creí…

– ¡Usted no sea pendejo y no crea nada! La niña no tiene novio ni lo va a tener en la vereda. Ella está para un patrón de finca…  y eso cuando se lo ordenemos.

Una hora después del incidente, los hermanos abandonaron el lugar, más violentos que de costumbre, con unos deseos sordos de buscarle camorra a cualquier pendejo que se les atravesara. Como era tarde y no en­con­traron a nadie, arremetieron a planazos a un perro que les movió la cola por esa vaga oscura que todavía comuni­ca la zona de toleran­cia con el pue­blo.

A partir de esa noche, instruidos por Argenis, los Castañeda vigi­laron con tanta acuciosidad a la muchachita, que los pretendientes sólo se pudieron encontrar un minuto cuando ella le llevaba a sus hermanos la garita al cafetal.

-Lina, voy a hablar con sus hermanos para que les contemos lo de nosotros, dijo Evergisto al encuentro.

– ¡No, por Dios! Ni se le vaya a ocurrir. Usted sabe cómo son ellos.   Creo que sos­pechan algo.

-Pues, eso no me importa. Este domingo hay festival y en la fonda apro­ve­charé para que todo quede claro.

– Escúcheme bien, Le ruego que no vaya. Yo después encontraré la forma de convencerlos. Deme tiempo, insistió.

-Está bien. Sólo porque usted lo quiere así, le respondió sin ningún entusiasmo.

Los festivales veredales de mi pueblo son cosa de ver. Los hombres van llegando en las primeras horas de la tarde bien bañados, con el mejor traje y el mejor sombrero. La peinilla bien dispuesta en la pre­tina y las bestias también recién lavadas. Las mujeres arriban con sus vestidos de colores y la cabellera olorosa a agua de rosas.  los zapatos de tacón alto, suelen traerlos amarrados de las alfor­jas de las bestias, por causa de los barrizales.

Ese domingo, cuando octubre ya se dejaba llegar, la diminuta floración de los cafetos, había dado paso al fruto verde oscuro que confirmaba una buena cosecha. El aire estaba fresco, los altos árbo­les de guamo eran abanicados suavemente por la brisa. Lina María llegó serena, confiada. Sus herma­nos, orgu­llosos, le seguían los pasos. Estaba es­tre­nando blusa blanca y falda ceñida al talle y se había peinado con esmero.

Hubo de todo. Misa, pólvora, cantos montañeros, trago y hasta discur­sos de los políticos del municipio. Ya en la noche, la fies­ta se prendió en la fonda. Argenis confiado, puesto que no encon­tró por ninguna parte a Evergisto, se bajó en un jeep hasta el pueblo para buscar a la Gaviota. De vez en cuando se escapaba de la conti­nua compañía de sus hermanos para hacerle el amor a la joven pros­ti­tu­ta. Antes de salir les advirtió:

– ¡Me la cuidan! ¡Al rato vuelvo!

La fiesta transcurrió sin sobresaltos. Se escuchó música campecha­na. Las parejas eran más bien torpes al danzar, debido a las fuer­tes faenas que usualmente ejecutaban; pero eso sí: los hombres eran bue­nos bebe­dores. Los tinteros suelen ser aún, por lo menos el triple de los que se apuran en la ciudad. Lina María se hallaba senta­da, res­guar­dada por sus hermanos que bebían sin parar. A las diez de la no­che, cuando el feste­jo concluía, apa­reció en la es­tancia Evergisto. Se había acicalado tanto, que parecía estar más blan­co que de cos­tum­bre. Bajo la ruana traía la peinilla. De entra­da se acercó a la mesa y saludó con tranquilidad:

– Buenas noches los señores. Buenas noches Lina. ¿Me puedo sentar?

Los hombres no respondieron. Lina María solo atinó a decir.

– No! Ya nos íbamos… y con los ojos le imploró que se marcha­ra.

Los dos hermanos se quedaron sin saber que hacer. Al faltar Arge­nis, el valor transitoriamente les había abandonado. Evergisto acercó un taburete y se sentó.

-Señores -les dijo- deseo hablar con ustedes.

– ¡Nosotros no hablamos con ningún jijueputa-respondió uno de ellos- ¡Lárguese!

-Pero si sólo quiero anoticiarlos que Lina y yo queremos ser pareja.

Pronto, los hermanos superaron el estupor inicial. De im­pro­viso, uno de ellos, desenvainó el machete y le mandó un pei­nillazo al cuello de Evergisto. Ágilmente éste lo eludió. Lina María trató de in­ter­poner­se, pero fue enviada al suelo de un fuer­te empe­llón. Los pa­rroquia­nos se a­brieron formando un círcu­lo. Los dos hermanos arre­metieron al mismo tiempo. Evergisto, sacó su ma­che­te, el mismo con que desbrozaba monte o se limpia­ba las uñas. Como eran dos contra uno, inicial­mente lo aco­rralaron contra la pared. Los asientos rodaron contra el sue­lo. la música enmudeció. los tres parecían bestias. Evergisto, como pudo, se qui­tó la ruana y la enro­lló en el brazo derecho. Era zurdo. Cada vez que le en­viaban un peinillazo, lo detenía con la ruana y con el brazo armado ripos­ta­ba. Era un tigre para manio­brar la rula, por lo que pronto pasó a la ofensiva. No se requirió de mucho tiem­po para que los dos hermanos cayeran mal heridos. Estos rápidamente fueron auxilia­dos por los luga­re­ños y envia­dos en un Wil­lys hasta el hospital del pue­blo al que llegaron muertos.

Lina María poco después de empezar la trifulca, había salido corriendo como loca hacia su casa. El Inspector de Policía, quien había presenciado la trifulca dijo con voz fuerte:

– ¡Entréguese Evergisto! ¡Vamos!

-Pero usted vio que me tocó defenderme.

-Si. Eso lo puedo atestiguar. Pero las cosas se aclararán dónde debe ser.

Dócilmente, el joven acompañó a la autoridad. Al salir volteó la cabeza buscando inútilmente a su prometida.

Ya en el pueblo, hubo de pasar su primera noche en la celda de la de la cárcel. Allí fue instruido que debían adelantarse las dili­gencias de rigor en el juzgado, oficina que quedaba en el se­gundo piso de la Alcaldía.

Esa noche no pudo dormir. Tirado sobre el suelo, con los ojos muy abiertos, de su cabeza no salía ninguna idea que no fuera errá­tica y torva. Intuía que, así como de la nube surge la lluvia, de la sangre sólo podía brotar desamor y odio. Incluso soñó des­pierto que Lina María le mira­ba a los ojos y le maldecía. No obstan­te repetía su nombre como un loco. En la madru­gada rayó la celda con frases despia­dadas.

El lunes en la mañana, todos los habitantes del pueblo comentaban los sucesos de La Castilla. En forma unánime, coincidían en que Evergisto era un hombre valeroso, que había defendido su vida con éxito, y en la vereda muchos campesinos se aprestaban a rendir testimonio en favor del mozo. La gente todavía no podía entender cómo había salido tan bien librado de ese percance, habida cuenta de la peli­grosi­dad de los Castañeda.

A mediados de la mañana, fue advertido que sería llevado a compa­recer ante el juzgado penal del municipio. Solicitó que lo conduje­ran hasta allá en un taxi, pero extrañamente le fue nega­do su re­queri­miento. También pidió que las esposas se las colocaran con los bra­zos en­tre­cruzados adelante, pero inflexiblemente se las acomoda­ron en la espalda. Así, maniatado, fue trasladado desde la cárcel del municipio hasta el juz­gado, sitios que se en­contraban sepa­rados por escasas seis cuadras.

Por el centro de la calle, acompañado por dos guardianes, Evergisto camina cabizbajo, aturdido y apenado. Los habi­tantes observan con mezcla de admiración y conmiseración al hombre esposado mien­tras murmura­n.

El sol irra­dia con fortaleza su brillo y las cosas están como recién hechas. Únicamente la mente de Evergisto se halla sombría. Sus pen­samientos surgen como ramala­zos descompuestos que lo alejan de su entorno. Falta una cua­dra para llegar a la al­caldía, un paisano trata de acercarse a palmear­le el hombro, como no puede lograr su cometido, le dice:

– ¡Ánimo muchacho! Estaremos rezando para que vuelvas pronto.

Según parece, nadie ha advertido que Argenis se encuentra sen­tado en la fuente de soda “La Samaritana” diagonal a la Alcaldía. Ha pedido un tinto que no intenta tomar, mientras acaricia lenta­mente, bajo la mesa, un cuchillo “mata­ganao.»

Ahora el cortejo pasa  frente del establecimiento, Argenis se in­corpora blandiendo el cuchillo y se abalanza sobre el mucha­cho. Este alcanza a correr buscando la puerta principal de la alcaldía. Argenis lo acosa por la espaciosa antesala. Rápidamente trepa los catorce escalones hasta llegar al segundo piso. Con fu­ria, el otro lo persigue. Penetra en la oficina del juz­gado donde debe ser interrogado, distanciándose de su persecu­tor por dos metros. El escribiente del juzgado, puede notar el de­ses­pero del conde­nado y la impotencia de quien no sólo no puede defen­derse, sino que no tiene el equilibrio necesario para agi­lizar su huida. De todas maneras, elude los lances que le descar­ga el primogé­nito de los Castañe­da, ayudándose con los espacios de los escrito­rios. Puede ganar otra vez la puerta por la que había entrado y se dirige nuevamente al primer piso. Baja los ca­torce esca­lones. Argenis empe­zó a perder terre­no. Ya los separan cuatro o cinco metros cuando alcanza la calle. Con decisión se dirige hacia el parque prin­cipal. En medio del estupor de quie­nes presencian la ac­ción, logra atravesar la vía. Ya lo distancian ocho o nueve metros. Si las cosas siguen como van, va a salir ile­so.

Pero, cuando todo se estaba resolviendo propiciamente, su pantalón se enreda contra un alambre de púas que salvaguardaba las matas de coca que embellecen el rededor del parque. Al caer, su cara da contra el suelo, entonces Argenis aprovecha para caer­le encima y sin mise­ricor­dia le asesta incontables cuchillazos en la espalda. Por lo rápi­do de los acontecimientos nadie reacciona con la presteza necesa­ria.

El alcalde del municipio, un militar fornido que había sido edecán de Lleras Restrepo,  sepa­ra al homicida de su vícti­ma. Y ahí queda como un pájaro caí­do. Sepa­rado por la eternidad de su Lina María. De cara contra el suelo que lo había acunado. Todavía se cuenta que uno de los guar­dianes se acordo­naba un zapato y el otro le sacaba las últimas chupadas a un Pielroja.

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