
Qué delicia es escuchar a algunos contertulios musicales cuando con sus rostros rozagantes cuentan que en las casas de muchas familias colombianas, hace algunas décadas, era tradicional que un piano ocupara el más importante sitio de la sala principal. Y más exquisito es cuando con inmenso orgullo estos encantadores conversadores describen las veladas musicales de las que fueron testigos, en las que compartieron con personalidades de la vida pública e interactuaron con importantes artistas del país y de otras latitudes.
Estos tertulianos -muchos de ellos amigos míos, por fortuna- se lamentan de que esta fausta y noble tradición haya desaparecido prácticamente de la cultura nacional. Pero al mismo tiempo sostienen con donaire que fueron precisamente esas jornadas de largas noches románticas, amenizadas por las prodigiosas manos de algún espontáneo pianista, las que dejaron, en gran parte, el vasto legado musical del que hoy todavía podemos disfrutar.
Fueron muchos los niños coterráneos que permitieron que las bellísimas notas del piano les cautivaran. Y fueron también muchos los jóvenes nuestros que comenzaron sus faenas románticas contagiados por una sonata, un lid, una canción, un tango… tocados con delicada y sentida interpretación en las teclas de un piano.
Algunas familias distinguidas de la cultura antioqueña, por ejemplo, no fueron ajenas a este proceso. Mientras que trabajaban arduamente para que sus negocios en ciernes fueran exitosos, muchas de ellas, simultáneamente, se dedicaban con igual mística a la música.
Uno de los elegidos fue Jaime Rudesindo Echavarría Villegas, de familia tradicionalmente ligada a la industria, pero con una sobresaliente herencia artística por parte de los Villegas, de Manizales, que eran poetas, músicos y bohemios reconocidos en el Viejo Caldas.
Desde muy temprana edad Jaime Rudesindo tuvo que sortear las más difíciles situaciones: superó una poliomielitis (enfermedad que contrajo simultáneamente con su hermano Luis, y que fue curada “por los rezos la abuela Alicia”). Luego, cuando apenas tenía escasos cinco años de edad, vio morir trágicamente a su señora madre en un accidente férreo, en 1928. Y como si fuese poco, su hermano Francisco murió en un accidente automovilístico cuando apenas estaba celebrando su grado de médico.
Jaime Rudesindo creció en una familia de estricta disciplina, con un norte muy bien definido en relación con la actividad industrial, lo que le motivó a estudiar ingeniería química en la Universidad Pontificia Bolivariana, de Medellín. Mientras se dedicaba de manera enconada a escudriñar los libros científicos, también guardaba sagradamente sus ratos libres para sentarse al piano de su casa y explorar el inmenso universo de la música. Esta actividad la incorporó tanto a su vida, que tocar el piano hacía parte de su cotidianidad antes de almorzar y cenar. Así lo recuerda Alfredo, el segundo de sus hijos, quien reconoce en su padre a un hombre polifacético, responsable, trabajador y exitoso en los negocios. “Era un hombre muy exigente con sus hijos, de trato machista, poco querendón y muy distante, aunque con el tiempo se volvió cariñoso y muy cercano. ¡Tanto!, que mi papá no tenía inconveniente en acompañarnos a llevarles serenatas a nuestras novias, en las que él participaba activa y alegremente.”
Con gran nostalgia Alfredo asegura también que haber alcanzado la mayoría de edad les permitió a él y a sus hermanos volverse amigos de su padre, y disfrutar de las largas y maravillosas fiestas y tertulias que él hacía en la casa con los amigos. “Eran noches encantadoras como para no olvidar”, enfatiza Alfredo, pero al mismo tiempo señala con tristeza que esa vida bohemia de Jaime Rudesindo y su excesiva galantería con otras mujeres ocasionaron finalmente su separación de doña Rosa Elena López, con quien apenas vivió 19 años.
La separación de Jaime R. comenzó su proceso en 1966, cuando él era embajador de Colombia en Etiopía, y cuando apenas habían transcurrido cuatro años de haber salido del anonimato como compositor con su primera producción discográfica del sello Sonolux, Yo nací para ti.
La musa: una amiga inseparable
Jaime R. regreso a Colombia y continuó al frente de su empresa Productos Alcalinos, conocida ahora como Químicos Panamericanos. Pese a su agitada agenda empresarial, nunca dejó de hacer música. A lo largo de muchos años ocupó varios cargos públicos muy importantes, pero la musa, que lo seguía a todas partes, continuó inspirándolo.
Cuentan sus amigos más allegados que tuvo amores incontables como la arena del mar, pero que ninguno lo motivó a establecer una relación seria. Llegó al extremo de hacerse el enfermo e internarse en una clínica de Medellín para no casarse con una novia, con la que tenía un compromiso de casi tres años.
Pero en esos ires y venires apareció Marielita, la más especial, y según algunos, el verdadero amor de su vida. En 1993, Marielita trabajaba en Óscar Lince y Asociados. Enamorada de las canciones románticas, principalmente de las obras de Jaime R., no se perdía tertulias y conciertos en Medellín. Una vez asistió a un homenaje que el periódico La Hoja le hizo a Jaime R. Ella se le acercó para felicitarlo, y en ese mismo instante el Maestro quedó flechado con la dama en mención. Comenzó a cortejarla, y alguna vez, ante tanta insistencia, Marielita le aceptó una invitación a cenar.
Cuenta Marielita que cuando Jaime R. por fin le habló de sus verdaderas intenciones, ella le advirtió que quería un hombre y no un artista. Él esbozó una placentera sonrisa, y desde entonces comenzaron su tórrido amor.
Marielita no tenía la menor idea de las cosas tan lindas que iba a vivir al lado de tan famoso caballero: recorrió el país entero a su lado, deleitándose con sus conciertos y escuchando sus conversaciones amenas, llenas de humor fino. “Me tocó estar en un crucero por El Caribe con Jaime. Lo contrataron por 15 días para que hiciera conciertos nocturnos en el barco. Fue la experiencia más hermosa de mi vida”, relata sonriente Marielita, al mismo tiempo que describe a Jaime R. como un hombre generoso, sencillo y lleno de amor por el prójimo. Ese altruismo lo llevó a ser uno de los ejecutivos más sobresalientes de Acinpro, pues como gerente de esta organización hizo una gran labor gremial y social en beneficio de los intérpretes de Colombia.
De otros amores…
A pesar de que Jaime R. pensaba que su música era muy sencilla, muchas de sus obras han sido grabadas por destacados artistas nacionales e internacionales. Su fructífero acervo musical es tan apetecido, que grupos como Nueva Gente, el cual conoció en 1990, se enamoró de sus obras y muchas de ellas fueron grabadas en varias producciones discográficas de la citada agrupación.
La unión de Nueva Gente y Jaime R. se convirtió en una prolija, hermosa y enriquecedora relación de sana compinchería, envidiada por muchos artistas colombianos. Para la celebración de las bodas de oro de vida artística de Jaime R., grabaron el disco Nueva Gente y Jaime R., 50 años, álbum del cual se han vendido más de 30 mil copias.
Cuenta Miguel Ángel Urrea, primera voz de Nueva Gente, que cuando él y sus compañeros le propusieron a Jaime R. grabar el disco en mención, el Maestro, haciendo gala de su humildad, les dijo: “Yo soy uno más en el trabajo. Somos un cuarteto. Comencemos a trabajar.”
“Ése era Jaime R. Un hombre lleno de generosidad y amor. También tuve el privilegio de que mis hijos se sentaran al piano varias veces con el Maestro para tocar algunas piezas colombianas”, describe orgullosamente Miguel Ángel, quien señala que la relación de Nueva Gente fue tan estrecha con Jaime R., que éste le permitió a Luis Mario Morales, director y segunda voz del Grupo, que culminara musicalmente la canción Lo difícil de tu ausencia. “Ese privilegio sólo lo tuvimos nosotros”, añade Miguel Ángel
El cielo le cumplió su gran sueño
Después de una intervención quirúrgica de corazón abierto que le practicaron en la década de los noventas, Jaime R. no fue el mismo. Paulatinamente comenzó a perder algunas habilidades mentales y físicas. Así lo asegura su hijo Alfredo, y lo corroboran Marielita y Miguel Ángel. Ya con su voz un poco apagada y con algunas dificultades para moverse, producto la enfermedad de párkinson que le aquejaba, él mismo decidió internarse durante ocho meses en el asilo Plenitud Otoñal, de Medellín. Luego estuvo tres años en El Ciruelo, otra casa del anciano en donde tuvo el privilegio de recibir en varias oportunidades a sus hijos, sus amigos, sus colegas músicos y a su Marielita del alma, a quien llamaba cariñosamente “Yeya”. Esta dama, su compañera de últimas batallas, lo visitaba todos los días sin falta. “Caminábamos y caminábamos por los jardines de El Ciruelo. Yo le cantaba. Él a veces cantaba conmigo. Otras veces me escuchaba, y me miraba con placer, pero con extrañeza, pues la mayoría de las veces no me reconocía”, dice sollozante Marielita, quien asegura que el cielo, a petición del Maestro, le dio el mejor regalo: “Le estoy pidiendo a Dios un declinar sin amargura.” Esta frase hace parte de María Inés, una canción que él le compuso a una hermosa mujer que conoció en su juventud, pero que tuvo el infortunio de verla nuevamente después de muchos años. Fue tanto el impacto del Maestro al verla en su desdichada vejez, que sólo atinó a pronunciar la contundente frase que dio origen a la obra en mención.
Jaime R. Echavarría no dejó de sentir y disfrutar la música hasta el último hálito de vida que le quedaba. Cuenta Miguel Ángel Urrea que cuando él grabó su disco como solista, corrió a mostrárselo al Maestro. Lo encontró profundamente dormido, en estado casi de coma. A Miguel Ángel lo único que se le ocurrió fue ponerle los audífonos para que él escuchara el tango Arráncame la vida, y, para sorpresa de todos los asistentes, con gran dificultad, pero con el rostro pletórico de felicidad, el Maestro comenzó a tararear las magistrales notas de la obra del inmortal Agustín Lara.
Un declinar sin amargura era lo que veían en Jaime R. Echavarría quienes lo visitaban con frecuencia en El Ciruelo. Aquellos amigos y familiares que se reunían con él durante tardes enteras en su refugio para cantarle y dedicarle poesías. A pesar del deceso del Maestro, esta linda costumbre no la perdió Marielita, pues ella continúa muy asidua en sus visitas a El Ciruelo, como cuando visitaba a su Jimy, como lo llamaba cariñosamente. Todos los sábados, sin falta, Marielita asiste a misa en la casa del anciano, pide por el alma de su amado, y luego hace el mismo recorrido por el bosque que hacía con él.
A Marielita la mantienen viva y muy feliz esos hermosos recuerdos al lado de Jaime R. Y, sobre todo, una frase que en medio de su poca lucidez le profirió el Maestro 15 días antes de morir: “Yeya, no te vas”
Mauricio Ortiz
Comunicador social-periodista, Universidad Pontificia Bolivariana, de Medellín.
Estudios de música y canto en los conservatorios de las universidades de Antioquia y Caldas.