¿Hacia dónde va la tecnología? / por Chucho Pantoja.

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Chucho Pantoja

El 2019 será recordado como el año de los incendios: el Centro de Gestión del Riesgo de Incendios Forestales de la Universidad Western Sydney en Australia, informa que el área quemada el año pasado no tiene precedentes a nivel mundial: 11 millones de hectáreas de tierra arrasadas, más de 3 mil casas en cenizas y 1,25 mil millones de animales consumidos por las llamas.

Durante los meses de octubre y noviembre, California, en los Estados Unidos, vivió un estado de emergencia por varios incendios que alcanzaron zonas lujosas. Según la BBC, más de 200.000 personas abandonaron sus casas.

A mediados del año, la selva del Amazonas ardió en llamas por incendios provocados. Ante el desinterés del Presidente de la República, miles de hectáreas de bosque tropical fueron quemadas para extender la ganadería y sembrar soya. El fuego ardió hasta septiembre y alcanzó predios de Bolivia y Paraguay.

El 15 de abril del 2019 se quemó la mítica Catedral de Notre Dame, en París, durante nueve horas. No hubo víctimas mortales, pero el mundo presenció por TV cómo las llamas consumieron toda la parte superior del tejado, la aguja de Viollet-le Duc, el campanario, artefactos antiguos y piezas históricas.

La tecnología actual -que ha producido armas como el Mile Maker de la empresa texana Tracking Point, un rifle inteligente con mira automática y sistema Linux que mide todas las variables y es capaz de alcanzar un objetivo a 2 km. de distancia moviéndose a 48 km/h- no contó con herramientas de última generación para combatir los incendios que arrasaron con bosques milenarios, flora y fauna irrecuperables, casas, mansiones y tesoros históricos.

La misma tecnología que exhibe con orgullo los aviones de guerra de quinta generación, el Sukhoi SU-57 ruso y el F-35 norteamericano, capaces de cargar 16 toneladas de bombas y misiles, de volar a más de 2.000 km/h y alcanzar cualquier objetivo con precisión de centímetros sin ser detectados, no tuvo cómo detener la ceniza y el humo que viajó desde Australia hasta Argentina y Chile, al otro lado del mundo. Los incendios duraron cerca de seis meses y solo fueron sofocados gracias a las fuertes lluvias.

Luego de años de esfuerzos mancomunados, el Telescopio del Horizonte de Sucesos (EHT, en inglés) capturó la primera imagen de un agujero negro, en el centro de la galaxia Messier 87, a 55 millones de años luz de la Tierra, comprobando la teoría de Einstein. La red de instrumentos, creada para “ver lo que antes era invisible”, tiene sus avanzados aparatos en Méjico, Chile, España, EE. UU., en Hawái y en el mismísimo Polo Sur.

Si ese sistema ultramoderno de detección se reorientara hacia la Tierra, los científicos descubrirían que, en pleno siglo XXI, persisten grandes guerras internas como la de Siria, acaso la más larga y cruenta de oriente medio. Nueve años después de iniciar los combates, hay 6,1 millones de desplazados y 5,6 millones de refugiados en países vecinos.

O tal vez los telescopios pudieran ver el conflicto de Sudán del Sur, país que desde  su independencia en 2011, ha vivido más años en guerra que en paz y continúa sumido en la miseria. El conflicto surgió en 2013 y ha dejado 4,2 millones de desplazados forzosos, 65% de ellos menores de 18 años.

O quizá la guerra de Yemen, con casi 300.000 desplazados y la peor crisis humanitaria del planeta. Tanto así que la ONU le pronostica la peor hambruna del decenio, ya que el 53% de la población no tiene nada que comer y más de un millón y medio de niños sufren desnutrición aguda.

O la guerra en Iraq con más de 1,8 millones de desplazados internos, 53% de ellos, niños. O la de Afganistán, en guerra desde los años 70, con más de 5,1 millones de desplazados forzosos. O la de Somalia, en guerra interna desde los años 90 con 2,6 millones de desplazados soportando, además, una inclemente sequía.

La ciencia, que ha dado a la luz programas de inteligencia artificial (IA) como el que el año pasado venció a los mejores jugadores de póker del mundo, y cada vez sorprende al derrotar a sus creadores en juegos a un ritmo espectacular, no ha conseguido encontrar la forma de abaratar los productos de la comida ni el costo de proveer con agua potable a todo el mundo, ni conjurar –siquiera por vía de decisión política- el daño ambiental producto de sus engendros automotores a prueba de combustibles fósiles.

La Organización Meteorológica Mundial reporta que Julio de 2019 fue el mes más caluroso en 140 años de mediciones: Francia impuso nuevo récord: 46°C y 1.462 muertes; Alemania alcanzó 42,6 grados; Holanda 40,7 y 2.964 muertos; Bélgica 41,8; Luxemburgo 40,8 y Reino Unido 38,7.

Al otro lado del globo se registraron inundaciones de pánico: Argentina tuvo más de 5.000 afectados en octubre. Los más de 250 milímetros de lluvias hicieron que el rio Matanza subiera su nivel a más de un metro y, con su contaminación de marca mundial, hizo correr a miles de habitantes.

Entre enero y abril, los deslizamientos de tierra y las inundaciones provocaron la muerte de 34 personas en Bolivia, hubo 26 desaparecidos y 70.000 tuvieron que salir huyendo de sus casas. Entre marzo y abril hubo 70 muertos y 500.000 desplazados en Irán, en la peor inundación de las últimas décadas.

Afortunadamente, toda regla sigue teniendo su excepción. En octubre, un equipo científico logró la aprobación de un tratamiento eficaz para la fibrosis quística (FQ), una enfermedad mortal que acumula moco espeso y pegajoso en los pulmones y en el tubo digestivo. El medicamento aumentó la capacidad pulmonar entre un 10% y un 15% y redujo las complicaciones. Sin embargo, hay un pequeño problema: el medicamento vale más de U$300.000 al año y debe tomarse de por vida.

La ciencia también nos asombra: el análisis de ADN de una falange del dedo meñique, tres dientes y una mandíbula inferior, de unos 50.000 años, permitió a un equipo internacional de científicos la reconstrucción del aspecto físico que tenían los denisovanos, un grupo humano que vivió hace 100.000 años en Asia. Y a partir de un hueso de 1,5 cm. hallado en Siberia, la ciencia descubrió los restos de una niña nacida, hace 500 siglos, del cruce de dos especies humanas distintas, la neandertal y la denisovana.

Las supercomputadoras hacen cálculos astronómicos en cuestión de segundos y desafían tiempos y distancias. La nave New Horizons de la NASA, luego de sobrevolar el planeta Plutón, envió en solo seis horas las dimensiones precisas y las primeras imágenes del objeto más distante jamás explorado, el asteriore Ultima Thule, a unos 6.400 millones de kilómetros de la Tierra, en el enigmático Cinturón de Kuiper, una región de cuerpos que son reliquias del origen del sistema solar.

Sin embargo, el poder de la naturaleza es superior. Aquí cerca, en el Caribe, el Huracán Dorian alcanzó los 295 k/h. entre agosto y septiembre, arrasando las islas de Barlovento, las de Sotavento, las Vírgenes, Barbados, República Dominicana, Puerto Rico, Bahamas, parte de los Estados Unidos, del Canadá e incluso de Islandia, en Europa, dejando a su paso 71 muertos y pérdidas por U$8,28 mil millones.

A su vez, los sismos continúan devastando las poblaciones. Como el ocurrido el domingo 26 de mayo en Perú, de 8 grados en la escala de Ritchter. Duró dos minutos y dejó más de 50 familias damnificadas. Se sintió incluso en Bogotá, Colombia, a más de 1.100 km. de distancia.

Aun así, el mundo continúa armándose. De acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, en inglés) el Balance Militar muestra que en 2019, el gasto en defensa global aumentó alrededor de un 4% respecto del año 2018, el mayor aumento interanual en una década.

En Europa el gasto en defensa también está en alza, alcanzando niveles no vistos desde antes de la crisis financiera, con un incremento de alrededor del 4,2% en 2019, en comparación con el año anterior.

Estados Unidos con el 36% y China con el 14% alcanzaron la mitad de todo el gasto militar mundial en 2018. Aunque el gasto en armas para los dos aumentó un 6,6% en 2019, la tasa de crecimiento se está acelerando en EE.UU., mientras que en China tiende a decrecer.

Ahora mismo, a principios de 2020, una crisis desatada por un inesperado virus, el Covid-19, ha desnudado la verdadera esencia de nuestra vergonzosa realidad. Las mentes que han brillado en la innovación tecnológica fueron sorprendidas, como todas las demás, con una pandemia que deja a su paso muertes por miles.

La prensa vomita a diario las cifras del desastre y la TV muestra montones de ataúdes en Europa, cadáveres en las calles de Guayaquil, Ecuador, y fosas comunes en New York. Ante tal evidencia, nadie duda de que el mundo científico estuvo muy ocupado en la carrera por encontrar la forma de matar con más eficacia, que de evitar las muertes evitables.

Hoy, como en la barbarie, la discusión se plantea en términos de dinero o vida. Los empresarios claman decisiones políticas de los Estados que aminoren sus pérdidas y reactiven el sistema económico, cuando apenas ayer repudiaban su injerencia en todos los sectores. La globalización ha repartido la pandemia para todos, es cierto. Pero, los sistemas de salud confirman que el sistema globalizador hizo del derecho a la salud, un negocio.

Los gremios económicos, maestros de la unidad, organización y lucha, exigen garantías para acceder a créditos, exenciones y subsidios que protejan sus arcas de una mayor debacle. Cuando hablan de garantías, hay que entender ayuda efectiva del Estado. Ahora sí es necesario el Estado para que los bancos, los que nunca pierden, les den una buena mano.

Nada debe ser temido, sino entendido, dijo –al despuntar el siglo XX- Marie Curie, la primera persona en ganar el premio Nobel dos veces.

En la calle, los ninguneados reciben un mercado o dos y sospechan que la hora final no demora. La hora en que tomarán la decisión de “arriesgarse al probable contagio o resignarse a la certeza del hambre”.

Quizá lo calculen los gobernantes, las cuarentenas tienen un efecto práctico: tu deber es permanecer en casa. Si aumenta el contagio es por desobedecer la orden de confinamiento. Si sales, te detiene la policía. Se convierte en policivo un problema de salubridad. Si la curva no se aplana, la culpa es tuya.

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