
Mi abuelo materno Alfonso Calle Londoño, era un hombre admirable por sus diferentes facetas que lo hicieron irrepetible. Carpintero, como el mejor, constructor de casas de bahareque y madera que aun hoy, ochenta años después de fabricadas permanecen en pie y son un ornato en nuestro pueblo. Como empresario, tuvo, fábrica de gaseosas de color negro que bien pudo haber competido con la Coca Cola, era un refresco muy codiciado en la región, el cual distribuía a lomo de mula en cajones, la formula quedó en el olvido, pues sus hijos no tenían el mismo empuje e iniciativa para continuar con la Empresa.
Cuando en nuestro pueblo, aun no existían las duchas de baño en las casas, él inventó unos baños públicos, eran unos pequeños cuartos de baño los que construyó escavando en un barranco en un lote de su propiedad a los que les llegaban unos chorros de agua helada por medio de canales de guadua y tenían un espacio para que la gente se vistiera allí. Todas las personas del pueblo acudían a bañarse y mi abuelo cobraba por el servicio. Fue toda una novedad, hasta el cura y el alcalde eran usuarios de estos baños públicos; a un lado del baño de los hombres quedaba el baño de las damas y por aquella cercanía fueron muchos los noviazgos y matrimonios que allí se gestaron, igualmente fueron muchos los matrimonios que se dañaron. Por supuesto el servicio tenía temporizador para cada bañista. Tuvo carpintería donde además de muebles, construía casitas de madera en miniatura completamente armables las cuales eran una novedad para las niñas de la época, pues estaban completamente dotadas de toda clase de muebles; fabricó velas, hizo helados y un sinnúmero de cosas las cuales tenían éxito asegurado.
Era un visionario, con el mismo problema de mi madre, no sabía cobrar por su trabajo y como fiaba, en muchas ocasiones la gente no le pagaba los productos. Un día le vendió su hermosa casa familiar a un gran amigo suyo de nombre Juan, al que todo el pueblo conocía como Juanchito. El amigo, de mucho más edad que mi abuelo se murió sin pagarle la casa y cuando mi abuelo fue a cobrarle a la viuda, esta, con voz doliente le contesto con esta frase lapidaria: “Aquí me dejó Juanchito” y con eso le pago la casa.
Porque, a pesar de ser tan cascarrabias, era un hombre humano a tal grado que prefirió quedarse sin casa a dejar viviendo en la calle a una viuda anciana e indefensa. ¡Así era mi abuelo!
Bueno pero el cuento viene para otro lado; mi abuelo era un gran poeta, tenía la facilidad de componer los más hermosos poemas con tanta habilidad como el que bebe un vaso de agua. Fueron muchos los poemas que escribió y que por haber sido escrito es cuadernos y en hojas separadas, la mayoría se perdieron. Hoy solo voy a referirme a uno en particular. El poema que le compuso a su pequeño y amado perrito al que puso por nombre “Cariño”.
Este animalito era un perrito de mediano tamaño, de color rojizo, de raza “Pur-chan”, pues era el resultado de un cruce de puros chandosos; de esos caninos que se conocen se enamoran en las calles de los pueblos y se unen sin la bendición del cura.
Nuestro pueblo era aún un villorrio, muy pequeño donde todo el mundo se conocía y se sabía cómo era la vida pública y privada de la gente, motivo por el cual a “Cariño” lo conocía todo el mundo como el compañero inseparable del poeta.
Mi abuelito no era un hombre muy bohemio pero de vez en cuando también se metía uno que otro trago entre pecho y espalda y eso sí, Cariño permanecía junto a él. No está por demás decirles que una de sus características positivas, era ser un hombre muy fiel a su amada esposa con la cual tuvo varios hijos entre los cuales lograron sobrevivir seis, a pesar de la inmensa mortandad infantil de la época. y mi abuelo se tomaba sus traguitos pero llegaba porque llegaba a su hogar, así fuese un poquito pasado de tragos, siempre amanecía en su casa con sus hijos y su esposa quien lo esperaba con los brazos abiertos y un amor y un respeto sin igual.
Como es natural, en algunas ocasiones discutían, casi siempre era por las ocurrencias de mi abuelo quien era además muy mamagallista y le hacía chistes a la abuela con los cuales lograba fastidiarla haciéndola rabiar por un ratico y ya; las demás peleítas se debían al mal genio de mi abuelo Alfonso Calle, defecto tan marcado, que una de sus nueras llego a decir que “Calle” no era un apellido, sino una enfermedad, enfermedad que sus los hijos heredaron; bueno, heredaron su mal genio y la nobleza de m i abuelo.
¿En qué íbamos? ¡Ah, ya! Íbamos a contar algo del perrito Cariño; aquel animalito era su fiel compañero y no podía ver que alguien se acercara al viejo, para hacerle una chanza pesada porque se escapaba de que se lo comiera vivo de lo bravo que era el condenado animalito, bueno hasta en eso se entendían.
Cierto día el perrito anocheció y no amaneció en la casa lo llamaron, lo buscaron por todo el poblado, lo esperaron y le preguntaban a todo el mundo por él, dieron aviso por los parlantes de la iglesia, pero nada, los días pasaron y el perrito no repuntó por parte alguna, ni vivo ni muerto.
La tristeza rondaba por los corredores y las alcobas de la casa donde se vivía un gran duelo, pues sin querer, aquel cachorro, se había adentrado no solo en el corazón del viejo, sino en el de los seis niños de la casa y en el corazón de los vecinos quienes no dejaban de preguntarlo.
El viejo empezó a caer en una profunda tristeza de la cual no podía ser rescatado ni siquiera por los cuidados de mi abuela que viéndolo así, redobló los mimos para con su viejo del alma, temiendo lo peor.
El viejo rezaba, lloraba en silencio, regañaba a Dios por no cuidarle su perrito y ante todo vivía una tragedia sentimental indescifrable. Solo los que hemos perdido una mascota estamos en capacidad de entenderlo.
Una noche como dándole un poco de escape a su pena, envuelto en la penumbra de su cuarto y a la luz de una vela de parafina de esas que él mismo fabricaba, tomó papel y lápiz y empezó a escribir algo que hacía presagiar lo peor. La abuela creía que se trataba de una carta de despedida, pues era tanto su dolor que se llegó a pensar que podría terminar en suicidio.
Bueno, algunos poetas se han suicidado en medio de una pena de amor o una profunda depresión. Los hijos pensaban que era un testamento, el cura tuvo noticias de que el abuelo estaba escribiendo en soledad y oró por él y en la última misa de la noche pidió a los feligreses de la parroquia que hicieran lo propio. Es decir, todos los habitantes del caserío estaban en vilo por el viejo a quien respetaban, admiraban y por quien también sentían un poco de temor debido a su marcado mal genio cuando se salía de casillas.
La noche pasó y con la luz del nuevo día, pudieron descubrir al viejo reclinado en su mesita donde solía escribir; tenía la cabeza recostada sobra la mesa y estaba completamente inmóvil., su hijo mayor, se acercó a él tomando entre sus manos el escrito tratando de no mirar a su padre por temor a que estuviese muerto; al leerlo, pudo comprobar que no era un testamento ni una carta de despedida, era un poema dedicado a su fiel compañero. Acercándose temeroso viejo inmóvil, le pasó su mano suavemente por la cabeza solo para comprobar que el abuelo se había quedado dormido sobre la mesa que le servía de escritorio.
Todos los vecinos y amigos del caserío, querían conocer el poema y como ya los tengo a todos ustedes metidos en la historia, me imagino que también querrán conocerlo motivo por el cual lo transcribo a pie de la letra como un sentido homenaje a mi abuelo, el poeta, el empresario, el inventor y constructor de aquellas casonas queridas que se niegan a desaparecer a pesar del tiempo siendo un ornato para nuestro pueblo, al cascarrabias Alfonso Calle Londoño.
POEMA A CARIÑO.
Yo tenía un perrito llamado Cariño,
Cuando yo era niño jugaba con él
Y una tardecita se fue mi cariño,
Se fue mi cariño para no volver.
Lo busqué en la aldea y en todo el poblado
Triste, acobardado sin poderlo hallar,
Y ya por la noche, rendido y cansado
Con el alma herida me fui a descansar.
No puede en la noche dormir bien tranquilo,
Parecía un asilo de locos mi hogar
La daga punzante de cortante filo
Mi cerebro todo quiso taladrar.
Yo quisiera hallarlo, contarle mis cuitas,
A toda visita, llevarlo también.
No dejarlo solo, tenerlo cerquita
Y cuando yo duerma, dormiré con él.
Aquel día después de haber pasado la noche sobre su mesita de escribir, mi abuelo se fue a la cama rendido y cansado como lo expresara en su bello poema, quedándose profundamente dormido por causa del desvelo de la noche anterior.
Al caer la noche, cuando el viejo estaba en lo más profundo de su sueño, una dulce y húmeda caricia en su rostro lo despertó un tanto sobre saltado; era su perrito Cariño que sin aviso previo había surgido en medio de la oscuridad, como si viniese de otra dimensión, un grito de alegría despertó a todos los habitantes de la casa y al vecindario quienes de inmediato llegaron a la casa del poeta, pletóricos de gozo por la reaparición de “Cariño”.
Los años pasaron siempre unidos el viejo y el perro, hasta aquel día en que ambos se reunieron en la ciudad de Dios para no volver a separarse Jamás. Yo deseo que un pintor de aquellos que tienen la capacidad de poner el alma en el pincel, me pinte un cuadro de mi abuelo, junto a su perrito y de fondo este bello poema que espero amable lector, usted lo memorice y lo enseñen a sus hijos y a sus nietos.
En alguno colegio del puerto de Buenaventura en la republica de Colombia lo llegaron a enseñar e incluso le pusieron música y los niños lo tendrán en su memoria como un grato recuerdo de su niñez.
Querido abuelo, este es un sencillo y merecido homenaje a tu grandeza que te envió con los ángeles desde la tierra, con destino al paraíso donde estas disfrutando de la vida eterna al lado de mi abuelita y de mis amados tíos Carlos Enrique, Luis Alfonso y de mi madre Raquel.