Para: Revista Digital Arrierías
Hoy, obligado por la rutina de mi encierro obligatorio como consecuencia de la pandemia que asuela al mundo contemporáneo, reinicio el día. Repito mis pasos. Voy al baño, salgo a mi computador y reviso correspondencia. Miro en mi biblioteca libros que me gustaría repetir para, nuevamente, solazarme con su lectura. Salgo al entorno del lugar donde vivo para dar una pequeña caminata con una de mis mascotas y, retorno al encierro para escribir algunas de las ideas que considero importantes en mi nueva novela.

En un pequeño descanso, a media mañana, entro nuevamente al baño para darme una ducha y, antes de entrar al pequeño reducto de aseo íntimo con esa agua bendita que en mi pueblo no escasea, me miro al espejo. Nunca me había detenido, al menos en los últimos diez años, a determinar mis facciones, a mirarme fijamente, como si iniciara el reencuentro con una persona que bien sé, soy yo, pero cuya figura empezaba a serme desconocida. Es extraño. He cambiado. Abundan las canas que fueron blanqueando mi cabello negro de niño y de joven y en mi rostro unas líneas desconocidas y profundas mapeando mi cara. Son arrugas. A mí no me acongojan, tampoco mis canas. Sé que son producto de haber superado ya los 70 años de recorrido por este mundo más de infamia que de felicidad. No me preocupa aparentar juventud y, mucho menos, tener la vitalidad de aquellos años de mis estudios en primaria, de bachillerato en el colegio Bolivariano y luego mi inolvidable paso por la universidad del Quindío, primero como estudiante y luego como profesor de la Facultad de Ciencias Sociales. Fue una época de felicidad, de conocimiento, de liderazgo y de compartir con cientos de estudiantes en mis 35 años de vida universitaria.
Son parte de esa felicidad mis amigos, tanto los de infancia como los de mi facultad y ahora con apenas unos pocos que, lo digo con el pensamiento fría, han llenado espacios que, ni siquiera, han copado todos mis hermanos.
Confieso que fui feliz. Mis años de juventud al lado de mis padres con sus enseñanzas inolvidables de ética y moral social hoy casi que desaparecidas, son como una impronta que llevo conmigo. Mis recuerdos cuando aprendía a bailar en la zona de tolerancia de mi pueblo; mis primeros tragos en un sitio icónico y fiestero de mi pueblo, La Terraza; las primeras miradas furtivas y el primer amor que aparece como luz que nos ilumina las ilusiones de un futuro feliz.
Recuerdo mis salidas a bailar con mis compañeros de facultad de la universidad del Quindío; mis ilusiones como cantante de tangos y seguidor de Carlitos Gardel eran parte de esos descansos en medio de libros, consultas, de afugias en tiempo de exámenes. En fin, ese proceso de aprendizaje profesional para la vida, para nuestro desempeño como maestros de historia o geografía o de cualquier rama de las ciencias sociales para los cuales pudimos formarnos y, a su vez, ejercer nuestra profesión.
Si bien hubo muchos momentos felices, también los hubo, los hay y los habrá de tristeza y de dolor, de sentir la infamia de un mundo o una sociedad de violencia, de exclusión, de corrupción, de constantes asesinatos.
En mi mente quedan los recuerdos trágicos de mi niñez cuando vi pasar ante mis ojos decenas de cadáveres de campesinos, de líderes o gentes del común de mi pueblo vilmente asesinados bajo el escape o la excusa de un color de una bandera política pero cuyo fondo real era el poder y la apropiación violenta de tierras, tierras aptas para el café y de riqueza constante de productos agrícolas de primera necesidad.
Esas acciones violentas poco a poco fueron llevándome por el camino de la historia, del análisis de los grandes conflictos y problemas sociales del mundo. Me sumergí en el estudio y la comprensión de los asesinatos masivos de la llamada edad moderna con sus campos de concentración, el surgimiento de los grupos guerrilleros en Colombia y su lenta transformación en grupos de terrorismo contra el ciudadano común, la población civil. Estudié la reacción violenta del estado contra aquellas personas que diferían de la forma de gobernar: las violentas dictaduras de Argentina, Chile, Paraguay y de todos aquellos militares que hicieron parte del tétrico Plan Cóndor bajo la dirección del gobierno norteamericano, formación militar para la tortura, la desaparición, la violación de mujeres, niñas y jóvenes, brutalidad de la cual hicieron parte casi todos los países a lo largo de América latina.
Descubrí la violencia de los campos de concentración de los japoneses en la segunda guerra mundial, la violenta imposición de los regímenes de extrema izquierda como Pol Pot en la antigua Camboya; los Gulag, campos del horror en los tiempos de Stalin; los campos de detención de norteamericanos en Vietnam; los bombardeos inmisericordes de Norteamérica sobre población civil en la guerra vietnamita; los campos de concentración de la guerrilla colombiana secuestrando a militares y civiles en zonas selváticas donde llevaban una vida miserable y completamente aislada. En fin, viví y estudié el mundo de la tragedia humana a través de la tortura, la desaparición, las minas antipersonales, el terrorismo económico y religioso, de la violencia islámica y este último que nos ataca: una verdadera guerra biológica que está creando al pánico generalizado en el mundo desarrollado actual.
Esta es la guerra de poderes en la que intervienen las potencias económicas y el inefable grupo de Bilderberg, desvelado ya hace tres décadas por el periodista investigador Daniel Estulin, guerra en la cual llevan del bulto millones de seres humanos mientras tras bambalinas los grandes emporios farmacéuticos, en manos de los mismos poderosos de Bilderberg sonríen y se frotan su manos en medio de la perversidad de sus actos.
La tristeza se extrapola de la guerra a la forma inmisericorde como los seres humanos destrozan el mundo: arrasamiento de bosques primarios, explotación inmisericorde de recursos energéticos y mineros, calentamiento global. Un mundo inundado por basuras que ahogan la sociedad humana y que contaminan ríos, siembras, océanos. Un verdadero apocalipsis.
No sé cuánto tiempo he estado este día frente al espejo. Pienso en mi hija y en ella reflejo a millones de jóvenes sin esperanza, estudiando para formarse como profesionales cuyo futuro es incierto por la automatización que genera el mismo desarrollo, muchos de ellos endeudados por un Estado indolente e incapaz de solucionar los problemas más elementales de la sociedad. Pienso en miles de médicos, enfermeras, personal sanitario luchando contra un mal para el cual no nos habíamos preparado, y estos héroes de la humanidad le están poniendo el pecho al problema en condiciones infrahumanas. Este sector es el que más ha sufrido la indolencia de los gobernantes: sueldos miserables, hospitales sin dotación, presupuestos exiguos mientras los politiqueros de oficio ganan sueldos de potentados de multinacionales pero poco aportan al desarrollo del país. La educación pasa las mismas angustias del sector salud: escuelas sin dotación, niños que tienen que retirarse de sus estudios para aportar algo a los empobrecidos hogares, universidades en crisis. Esa es la realidad de Colombia. Poco hemos aprendido de la historia del mundo y, menos, de nuestra propia historia.
Cuando regreso en mí, frente al espejo, mi cara está pálida. Algo baja de mis ojos hacia los labios…. ¡He empezado a llorar!