Estamos en crisis. La humanidad está en crisis. El planeta está en crisis. Nuestros abuelitos están en crisis. Yo estoy en crisis.

El Coronavirus nos acorraló y nos obligó a los seres humanos a superar todos nuestros límites en cuestión de semanas. Tuvimos que ampliar el límite de nuestra paciencia, empatía hacia el prójimo, compasión y conciencia colectiva. Tuvimos que limitar nuestro contacto físico con otros seres humanos y nuestras actividades cotidianas a lo estrictamente necesario para nuestra supervivencia. En tan solo cuatro meses el virus nos dio más lecciones de las que la mayoría habíamos aprendido en toda nuestra existencia. El Coronavirus nos dio un golpe repentino, fuerte y en lo más profundo de nuestras costumbres más arraigadas; y aunque todo esto ahora implica caos, temor, resistencia, incertidumbre, y una extrema incomodidad, con seguridad era lo que el universo nos tenía preparado justo en este momento de nuestra historia como especie.
En un momento donde la tecnología parece ser todopoderosa, donde la medicina ha roto todos los esquemas de innovación, donde los seres humanos medimos nuestros éxitos en logros materiales… llega algo tan desconocido que no hay dinero, tecnología, avances de la ciencia, ni siquiera ingenio humano que nos pueda dar respuestas. En un abrir y cerrar de ojos el COVID-19 nos pone de rodillas a los seres humanos. Ahora estamos de rodillas buscando respuestas. De rodillas tratando de atrincherar a los nuestros. De rodillas adaptándonos casi que instantáneamente a una vida completamente diferente a la que hemos experimentado hasta ahora. Es por eso por lo que digo que el universo nos tenía esto preparado. Nos tenía guardado este momento, como el freno de emergencia en un vehículo, para un instante en el que íbamos de caída a estrellarnos sin poder retroceder.
En este momento cada uno de nosotros ha tenido que replantear sus creencias. Nuestros hábitos del día a día han cambiado. Nuestra apreciación por lo simple ha aumentado; caminar libremente, respirar aire puro, abrazar a nuestros seres queridos, contemplar la naturaleza ahora los vemos como lujos de los que nos tuvimos que privar. Nos hemos replanteado nuestras ideologías como individuos sobre lo realmente importante en la vida. El virus nos hizo frenar en seco nuestro deseo insaciable por alcanzar más: más dinero, más posesiones, más títulos, más reconocimientos a costa de lo que fuera. Ahora muchos seguimos anhelando más: más tiempo con los que queremos, más consciencia sobre nuestro impacto en otros, más empatía con nuestro vecino, más compasión por los que deben seguir trabajando, más oportunidades de decirle a nuestra abuela: TE AMO… en persona.
Concluyo que este momento predestinado en el tiempo inevitablemente nos va a transformar. Para bien o para mal, no hay manera de ser la misma persona al salir al otro lado de esta pandemia. La humanidad era una antes del Coronavirus y será otra después.