Primero sugerido y luego obligatorio, el encierro casero, llamado cuarentena, palabra de moda y que habíamos oído de nuestras abuelas cuando sometían a nuestras madres a la cuarentena del postparto, hoy llamado puerperio, de seis a ocho semanas devorando las 40 gallinas que habían engordado para esa época y que, además, no podían salir, ni serenarse, ni hacer oficios. Era un tiempo médico para que los órganos internos recobraran su tonicidad, tamaño y función.

Después de ese encierro obligatorio llegaron hijos con solo nueve meses de diferencia de edad. Lógico.
Las madres modernas ni un consomé se toman porque engordan y no pueden recuperar la línea después del parto.
También oímos esa palabra al hablar del sarampión, de la viruela y del tifo. Los enfermos debían ser colocados en cuarentena.
Etimológicamente, el origen de la palabra en sí, viene desde Italia y es un derivado de «quaranta giorni», que significa cuarenta días, y era el tiempo que debían pasar las personas encerradas para no contagiar o contagiarse de la Peste Negra, mortal pandemia que sufrió la humanidad.
Ahora, en cuarentena, encierro, aislamiento, o como se llame, acudimos a la mente para recordar si en nuestro disco duro cerebral hay recuerdos de esta situación, y sí. Hay autores y libros que se leyeron hace años y ahora se traen a colación porque de una, u otra manera, nos hacen reflexionar y concluir que el tema del aislamiento no es nuevo, es muy antiguo, tanto como el diluvio que encerró a Noé CUARENTA DÍAS Y CUARENTA NOCHES.
El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, o libro de los diez días, o libro de la peste negra, leído por los cuentos eróticos narrados por los jóvenes aislados, más que por la peste en sí.
La Peste, de Albert Camus, un libro escalofriante por su narrativa sobre el tema.
Narciso y Goldmundo, de Hermann Hesse, su lectura se hizo por la importancia de Hesse como escritor universal, pero no por la peste que hace aislar a los protagonistas contagiados de homofilia.
Fragmentos de amor furtivo, de Héctor Abad Faciolince, es como un Decamerón paisa, o una remembranza los cuentos contados por Scherezada al Sultán Schariar, en Las Mil y Una Noches, sin embargo, el aislamiento de la pareja de Héctor Abad, en su libro, se debe a la peste. (paramilitarismo).
The Masque Of The Red Death, de Adgar Allan Poe. Dantesca historia de un príncipe y sus amigos aislados, protegidos y en bacanales, huyendo de la peste, pero con un previsible final ineludible.
Autores, libros y pasajes que tocan el tema del aislamiento y que no se sabe si volverlos a leer o dejarlos quietos para no estresarnos.
Es inevitable no mencionar el pasaje de GGM en Cien Años de Soledad, cuando a los habitantes de Macondo los ataca la peste del olvido progresivo y deben, además, de identificar el objeto, escribir su uso: “esta es la vaca, a la que hay que ordeñar, para sacarle la leche, para echarle al café”.
Escarbando entre libros olvidados encuentro el poema más íntimo, hermoso y aciago de la literatura universal, escrito nada menos que por Miguel Ángel Osorio, o Porfirio Barba Jacob, o Ricardo Arenales, una reflexión que nos señala que, aunque nos escondamos, la suerte está escrita y el día llegará.
El último verso es la verdad absoluta de lo que nos espera al final del camino de la vida sin que haya escondederos que sirvan.

Canción de la Vida Profunda.
Porfirio Barba Jacob.
El hombre es una cosa vana, variable y ondeante...
MONTAIGNE
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.
Mas hay también ¡Oh Tierra! un día… un día… un día…
en que levamos anclas para jamás volver…
Un día en que discurren vientos ineluctables
¡un día en que ya nadie nos puede retener!