
¡Y llegó el día! Era el momento, tan esperado y preciso, escogido por la “divina providencia” -para expresarlo de alguna manera- de viajar a ese lugar que en otra época era el estigma del horror y el miedo en la Colombia de principios del siglo XX, apabullada en gran medida por la superchería, la ignorancia y los prejuicios sociales. Sí. Era un sábado cualquiera de agosto del 2019, en el que un grupo de músicos, liderados por el pianista Lezlye Berrío y el profesor Carlos Alberto Rendón, director del coro de mujeres La Cantoría, de Envigado, emprendimos el camino.
Meses atrás nos habíamos aventurado en una empresa fascinante, llena de emociones y hermosos descubrimientos: explorar, escudriñar y exponer públicamente la obra de Luis Antonio Calvo, en mi humilde concepto, uno de los más grandes compositores de Colombia.
Habían transcurrido jornadas extenuantes de estudio, ensayos, tertulias, debates, lecturas, reflexiones, largas jornadas de grabación… de muchos conciertos, algunos de ellos sin público, lo cual nunca nos desanimó para seguir adelante en la titánica tarea. Había llegado ese momento que veíamos tan lejano: pisar el suelo de Agua de Dios, el terruño inspirador del inmenso creador maestro Calvo.
Múltiples sentimientos nos invadían aquella tarde. Era uno de esos instantes paradójicos en los que uno siente que la vida transcurre lentamente, pero que también pasa tan rápido, que deja una amarga sensación del tiempo perdido.
Las jovencitas de La Cantoría, los maestros y yo, emocionados y llenos de ansiedad abordamos el autobús que nos llevaría al destino soñado. Sabíamos del largo trayecto, pero no nos importaba. Nuestros corazones estaban exultantes esperando ese momento.
Durante nuestro viaje hacia Agua de Dios, el tema obligado de conversación no podía ser otro: la maravillosa obra musical de Calvo y los abigarrados episodios que inspiraron su creación. Carlos Rendón, compañero de mil batallas de este hermoso y exigente proyecto, y asesor vocal del mismo, fugiendo de capitán -como él lo sabe hacer muy bien- estaba convencido de que nos llevaría a puerto seguro.
Las palabras que brotaban de los labios sapientes del maestro Rendón nos cautivaban de tal manera, que escuchábamos absortos y embelesados sus bellas y descriptivas narraciones sobre el ambiente adverso en el que Luis Antonio Calvo creo el más hermoso e intrincado abanico musical, el cual nos tenía avocados a semejante aventura.
También hubo instantes de soledad durante las diez horas de viaje, que nos obligaron a sumirnos en nuestras divagaciones personales, y estoy seguro de que muchos, como yo, viendo los paisajes variopintos de nuestra amada y sufrida Colombia, nos adentramos mentalmente en algunas canciones del maestro Calvo, recordando sus hermosas líneas melódicas y sus poesías cargadas de amor, desamor y desesperanza.
Exhaustos y felices, arribamos a nuestro destino. Agua de Dios nos recibió con una noche silenciosa, dándonos la bienvenida y expresándonos elocuentemente que todo estaba listo para el gran acontecimiento: exponer parte de la obra de Calvo en el Parque Principal. Lo intentaríamos hacer con toda la mística, como lo hizo el Maestro en tantos momentos desventurados y de regocijo. Sí. Esa paradoja que lo inspiró hasta la saciedad y que lo convertiría en lo que es hoy: uno de los más grandes íconos musicales de Colombia.
En los albores del día siguiente comenzó nuestro recorrido por las calles de la otrora llamada “Ciudad del Dolor”. Acuciosos, poseídos de una noble curiosidad que nos carcomía el alma, y con un calor abrasador, muy propio de esa región de Cundinamarca, iniciamos nuestra caminada con un destino muy concreto: visitar el mausoleo del maestro Calvo.
Observando y sintiendo las sendas lánguidas de Agua de Dios, nos remontábamos a principios del siglo XX, y en nuestras mentes recreábamos las vivencias de los habitantes de aquella época, amilanados por la tristeza, la nostalgia, la desesperanza, la agonía, el desespero… hombres y mujeres, entre los que había músicos, escultores, pintores, políticos, escritores, periodistas, poetas, filósofos… y que, sumidos en la pena por padecer lepra, una enfermedad que los marginó de una sociedad ciega e ignorante, enfrentaron la afección con estoicismo, y descollaron en sus oficios maravillosamente para insuflar en la sociedad aguadioscense de aquel entonces un espíritu dinámico de cultura e intelectualidad. Sí. ¡Fue esto lo que mantuvo vivo el pueblo durante muchos años!

Encontramos el Cementerio Laico de Agua de Dios: un camposanto grande, en una localidad pequeña por su territorio, pero inmensa por su historia. Un santuario que enaltece bellamente la muerte, lleno de flores, de zonas verdes y de mausoleos al mejor estilo de las grandes necrópolis del mundo. Maravillado, como quien descubre un tesoro, nuestro profesor Rendón gritó en forma efusiva: ¡Aquí está el mausoleo de Calvo! Todos, al mismo tiempo, corrimos al deseado encuentro. Nos fuimos acercando en desbandada, y con la emoción a flor de piel, comenzamos a palpar el alma del muerto que “velábamos” con orgullo hacía meses, y que estaba más vivo que nunca en nuestros corazones.
Acto seguido, una especie de paroxismo invadió todo mi cuerpo, y lo único que se me ocurrió hacer en medio de semejante sensación incontrolable, fue cantar:
Los que, en ensueños de amor, hacen de risa, derroche
no saben lo que es la noche en la “Ciudad del dolor”
sí lo supieran, lloraran con tan hondo desconsuelo
que las estrellas del cielo por no llorar, pestañaran
(Primera y segunda estrofas de la danza Noches de Agua de Dios, con letra de Adolfo León Gómez, y música de Carlos Vieco Ortiz).
¿Qué iba a imaginar yo que muchos años después esta poesía y su melodía me vendrían a la mente en forma súbita para cantarle al maestro Calvo en su tumba?
A mi canto se sumó el maestro Rendón, y ambos, con voz entrecortada, pero sin dejar de cantar, no atinábamos sino a mirar con nostalgia el arpa esculpida en la lápida, con nuestras cabezas inclinadas en acción de reverencia.
Luego vinieron momentos inefables que sólo quienes los vivimos podríamos contarlo. Aquella mañana de sol canicular se convirtió en un oasis de frescura espiritual. Las integrantes del coro La Cantoría comenzaron a entonar algunas obras religiosas de Calvo. Ésas que 100 años atrás el Maestro había compuesto para las monjas salesianas. Las melodías que salían de las bocas de las niñas coristas no sólo eran hermosas y sublimes, sino que incitaban al recogimiento y a la exaltación de lo divino.
Hicimos una ofrenda floral y después, sin planearlo, rodeamos el mausoleo, extendimos nuestros brazos para entrelazarnos, y comenzaron unos sublimes minutos de silencio. Fue un corto tiempo, pero suficiente para ser nuestro cómplice en ese improvisado y bello colofón.
En el ocaso de ese magnífico día, el Parque Principal de Agua de Dios estaba pletórico de público, entre propios y extraños. A las siete de la noche la iglesia y el escenario estaban “vestidos” de gala con muchas luces incandescentes que daban la sensación de que todavía nos abrasaba el sol.
Todo estaba bellamente dispuesto. Algunos medios de comunicación nacionales estaban prestos a transmitir el concierto que un puñado de artistas del país preparamos con mucho esmero para enaltecer al ser humano, al gran músico y al más ilustre habitante que ha tenido esa tierra: Luis Antonio Calvo.
Cuando llegó mi turno de actuar, muy emocionado y nervioso subí a la tarima. Antes de comenzar con mi primera canción, observé en un paneo lento cómo habían resultado de bien nuestros planes para ese bello y trascendental acontecimiento. Mirando en lontananza, sólo atiné a decir: “Buenas noches Agua de Dios, y muchas gracias por tanto amor”.
Sí… A partir de ese instante, ¡TODO EN MÍ FUE AMOR!
Mauricio Ortiz
Comunicador social-periodista, Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín. Estudios de música y canto en los conservatorios de las universidades de Antioquia y Caldas.