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“…el registro histórico hace que el homo sapiens aparezca como un asesino ecológico en serie”. 1
Es una constante histórica, como lo afirma Harari, la forma como el ser humano -especialmente en el último siglo-, ha venido destruyendo su entorno, la naturaleza. A comienzos de la humanidad, los cazadores recolectores iban detrás de la proteína animal y sólo cazaban lo necesario para su manutención, además, recogían los frutos comestibles que aparecían en sus desplazamientos. Viene luego la sociedad agrícola, los asentamientos fijos no trashumantes, y el hombre domestica los animales para lograr la supervivencia. Convive con la naturaleza, con su entorno.
No existen registros históricos que determinen la violencia del hombre contra los animales solamente para su entretenimiento en épocas primitivas. Nos remitimos a las épocas aciagas y bastante conocidas de la etapa imperial romana. En los Doce Césares, el escritor Suetonio –siglo I de la era cristiana-, relata los excesos en los espectáculos del circo romano donde se concitan el emperador, la clase dominante (patricios), los militares y sacerdotes, la clase baja (plebeyos) para divertirse con el sufrimiento de los animales y los seres humanos como centro de un espectáculo grotesco en la arena para ser destrozados por animales salvajes, entre ellos toros cerreros, época en la cual empiezan los enfrentamientos entre gladiadores o entre estos y esclavos o libertos y más tarde como forma de persecución y amedrentamiento contra la secta cristiana naciente. Sangre, sangre como festín pagano para deleitar a unos pocos. En la parte más emotiva por lo violenta, la entrega de comida y regalos para los asistentes de parte del César o mandatario y los adinerados patricios. De allí nació la frase que aún persiste: pan y circo. 2
En nuestro escrito anterior hacíamos referencia a la concepción de arte, tradición o deporte que se da a una actividad grotesca como son las corridas de toros. En nuestra apreciación, aseguramos que no es arte aunque sí una tradición o un deporte sangriento. Revisando archivos no pudimos encontrar una actividad más violenta en el mundo en un aforo con personas y para diversión pública como las famosas corralejas que se dan en muchos pueblos de la costa norte de Colombia. En los llanos existe el coleo, deporte en que se enfrenta un hombre encima de un caballo con un toro y a la expresión “cacho en la manga” el animal corre y el hombre a caballo lo persigue para derrumbarlo asiéndolo de la cola. Triunfa el “coleador” (no sé si su denominación es la adecuada) si al tomarlo de su cola y halarlo, el animal es derribado y la calificación se da si en su violenta caída el toro da una o dos vueltas. Si falla, el hombre a caballo pierde. El animal, por supuesto, no muere aunque sale golpeado por la violenta caída. Es tradición y deporte.
En las corralejas, el enfrentamiento no es de un hombre o una pequeña cuadrilla con un toro. Es la multitud, hombres a caballo con lanzas enfrentando a un animal asustado y violento que tira a cornear a todo lo que se encuentra a su paso. En los palcos, debidamente seleccionados por estratos económicos o por los gamonales ganaderos o políticos, el goce pleno se da cuando uno de estos animales pitonea a un borracho, desharrapado o hambriento ser humano que busca nombre o aplausos.
Los “dirigentes” llevan dulces o billetes de bajas denominaciones que tiran al paso del animal furioso para que los “manteros” banderilleros, garrocheros o personas que incitan al animal con un trapo o un paragua,s los recojan. Hay videos horrorosos que registran la muerte de estas personas de estratos uno o dos, que buscan ganar unos pocos pesos exponiendo sus vidas para goce de una multitud frenética y alicorada que baila al son de papayeras mientras los dueños de las ganaderías o dirigentes políticos ríen de la atrocidad del espectáculo. Muchos caballos, sin protección alguna, han muerto despanzurrados al ser empitonados por el animal, toros que han sido curados cuando pasa cada feria para luego volver a prepararlos para una próxima. Son animales que desarrollan sentido, que tiran al bulto y se llevan por delante a quien se encuentren en su furioso paso. Esto no es arte, mucho menos cultura. Es, simplemente, una tradición violenta o una sub cultura para la violencia.
Los asistentes a este espectáculo neroniano aseguran que el éxito de una corraleja es cuando corre la sangre humana, cuando hay muertos o heridos. En una corraleja, murieron más de cuatrocientos personas y más de dos mil resultaron heridas cuando en Sincelejo, capital del departamento de Sucre, se vino abajo la construcción de madera de hasta 3 pisos donde miles de personas observaban la “fiesta”. Fue un 20 de enero de 1980.
Además de muertos y heridos, peleas constantes y agresiones en plenas festividades, se han presentado casos en que al toro vivo, después de apuñalarlo, los participantes dentro del ruedo le arrancan partes de su cuerpo para llevar como comida a sus casas.
Las tradiciones hay que respetarlas como tal, pero la violencia contra los animales, en cualquier circunstancia, hay que combatirla. Riñas de gallos, peleas de perros, cacería infame de ballenas por parte de japoneses, acuchillamiento de orcas y delfines en un “civilizado” país nórdico, deben desaparecer. La humanidad aumenta y, poco a poco, van desapareciendo o extinguiéndose algunas especies mientras el envenenamiento, la deforestación, los mares convertidos en cloacas de basura y desperdicios van acercando a este mundo de seres humanos “modernos” a su extinción total si no tomamos conciencia de la importancia de proteger la naturaleza. Por eso, “el registro histórico hace que el homo sapiens aparezca como un asesino ecológico en serie”. Frase categórica y veraz.
- Harari, Yuval Nohah. De animales a Dioses. Editorial Debate. Página 84
- Suetonio Tranquilo, Cayo. Los Doce Césares. Editorial Obras Maestras, Barcelona España, 1972.