El niño que sabía escribir / Por Julio Cesar Londoño

 

 

truman capote
Truman Capote -* foto de la web

Junto con Rimbaud y quizá Keats, Truman Capote es uno de los raros casos de escritores que nacen. Los demás son hechos a mano.

Su verdadero nombre fue Truman Streckfus Persons. Su infancia trascurrió en cuartos de hoteles baratos y en casas de parientes. Su padre era un señor pusilánime. Su madre, una mujer nerviosa que no soportaba el amaneramiento de su hijo. Cuando el padre los abandonó ella se fue a vivir con un hombre llamado Joe Capote del que sólo sabemos que era cubano, que le dio a ella amor y comodidades y a Truman su apellido y buena educación en colegios privados.

Comenzó a escribir a los ocho años, si nos atenemos a lo que nos cuenta él mismo en el prefacio de Música para camaleones. Y le creemos porque a los 24 años publica Otras voces, otros ámbitos, y los críticos, al menos los que escriben en lengua inglesa, lo consagran de inmediato. A partir de ese momento se convierte en un niño terrible, un Andy Wahrol de las letras, el invitado central de las fiestas de aristócratas bohemios y pederastas millonarios que caen rendidos ante ese pequeño rubio de mirada azul, voz chillona y conversación inteligente.

En 1958 publicó Desayuno en Tiffany’s, novela que, sin ser un suceso literario, confirma el buen pulso de su autor.

En 1967 publicó a Sangre fría, novela que lo convierte en millonario y le da fama universal. Capote alcanza el apogeo de su gloria literaria y social. Para celebrarlo dio una fiesta legendaria en los anales de la alta sociedad norteamericana, una bacanal que reunió lo más selecto de tres continentes en los salones del hotel Waldorf Astoria. En el centro, presidiendo el aquelarre como un animal bello y sagrado, Truman Capote, o el estilo.

Viaja por el mundo. Se entiende muy bien con las mujeres. Se embarca en un crucero por el Mediterráneo con Jackie Kennedy, su inteligente amiga; esnifa con una muchacha de nombre rarísimo, Oona O’Neill, quien aún no ha caído en las garras de Charles Chaplin, y llora sobre el hombro de Lee Radziwill, que aún no es princesa, y de Gloria Vanderbilt, que lo será siempre.

También tiene éxito entre los escritores. Albert Camus fue el editor de su primera novela para Gallimard; Yukio Mishima y Jean Cocteau dormían con sus libros y a veces, dicen, con el mismísimo autor. Tennessee Williams es su compañero de “cacerías” en bares de muchachos; Carson MaCullers y Karen Blixen lo leen casi con la misma devoción con que él las lee a ellas. Trabaja duro: sexo, fiestas, viajes, escritura. Quiere dominar “un repertorio de fórmulas y alcanzar un virtuosismo técnico tan fuerte y flexible como la red de un pescador”. Lógicamente, este ritmo de vida era insostenible sin estimulantes y él los usó todos: vodka, whisky, coca, valium, codeína, dilantina; y muchachos, por supuesto.

Admiraba a Proust. Quizá por esto concibió el proyecto de hacer un libro que fuera la gran crónica de la sociedad estadounidense, y empezó a escribir Plegarias atendidas, una obra que sería el equivalente americano de En busca del tiempo perdido, el gran fresco de una sociedad rica, moderna, imperial y viciosa. Por alguna razón que se desconoce, el trabajo nunca marchó a buen ritmo, y la poderosa pluma de Capote vaciló. Quizá algo le falló en el cerebro. O en su corazón. Quizá adivinaba que esos muchachos  que se le metían a la cama iban tras su dinero y sólo veían en él un gordo viejo. Quizá sufría del desánimo que sufren los que alcanzan la gloria temprana. Después de la cima ¿qué?

El libro nunca se terminó. El capítulo que publicó en Esquire, “La Cote Basque”, fue recibido con chiflidos. Es mejor que muchos clásicos, pero inferior a todo lo que había publicado hasta entonces.

Cuando todos pensaban que estaba acabado, escribió un libro sorprendente, Música para camaleones. Son retratos, cuentos, una novela corta, reportajes y hasta una auto-entrevista. Todos magistrales. ¿Cómo pudo escribir algo así un hombre perdido en las brumas del licor y las pastillas, un señor que decía incoherencias en los estrados y tropezaba y caía y pasaba mucho tiempo en los sanatorios? Nadie se lo explica. También es incomprensible –quizá injusto sea la palabra– que después de escribir tantas páginas llenas de humanidad –sus cuentos de navidad, el retrato del abuelo, Harpas de hierba, “Una hermosa criatura”– entre el público quede una imagen suya frívola y cínica. Fue frívolo, sí, y también cínico, a la manera de los moralistas irónicos, pero es injusto desconocer que el cinismo era la única manera que le quedaba a un inteligencia tan retorcida como la suya, que su obra es de una seriedad que asusta y de una belleza que ya la quisiera el mismísimo Proust.

Frases de Capote

*       Yo nunca escribo –soy físicamente incapaz de escribir– nada gratis.

*       Puedo bailar zapateado, hornear un souflé sin que la yema de los huevos se endurezca y conducir un maserati a 240 kilómetros por hora.

*       Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.

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