Fiesta brutal II / Por: Mario Ramírez Monard

Para: Revista Digital Arrierías

Cuando se escribe sobre la llamada tauromaquia, se afectan intereses muy poderosos, pues la actividad tiene que ver con ganaderos, toreros, poder, espectáculo, trabajos esporádicos, economía, política, en fin, se toca una parte vital  vivencial de círculos muy pequeños y en muy pocos países; toca también las fibras de personas que protestan contra la violencia, la brutalidad con los animales, en fin, una pequeña élite contra millones de personas que ven en la actividad, brutalidad, sangre. Nuestro escrito anterior ha generado respuestas de ambos lados. Cabe decir que no es ilegal, que está dentro de una normatividad y cada quien puede defender sus intereses, sus inquietudes; hacer críticas respetuosas y comentarios no lesivos a la dignidad de las personas, independientemente de aceptar o rechazar, es parte de una discusión democrática. En el remate de este escrito nos detendremos un poco a mirar la importancia social o pública es esta actividad.

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De la web

La antesala de tensión, estrés y miedo del ejemplar encerrado empieza a agudizarse cuando le clavan un puñal con la llamada divisa en su morrillo. Sale despavorido de su encierro a la llamada puerta de los sustos donde lo espera, regularmente, parte de la cuadrilla de protectores del jefe mayor o matador. El animal busca una salida y remata en los “burladeros” puntos donde se agitan capotes para aquietarlo un poco. El “mataor” sale de su escondite mientras a pocos metros se ubican sus ayudantes. Extiende el capote, da unos pases y lo alista para llevarlo hacia unos equinos, generalmente dos, de gran alzada y lógicamente cubiertos de gruesos petos que impiden la penetración de astas en sus voluminosos cuerpos donde hay montados unos señores gordos con unas lanzas llamadas picas. El animal es llevado hacia ellos. El toro arremete contra el caballo y el picador inicia su tarea de arponearlo para quitarle fuerza y hacer que “baje su cabeza”, esto es, adecuarlo para que el torero pueda hacer más fácil su tarea. No es una lucha entre torero y toro. Es una desventajosa lucha de toro contra cuadrilla, torero y picadores. El animal aminora su ímpetu, su fuerza, su búsqueda de salida. La pica ha hecho su efecto.

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Luego viene otra parte brutal, el llamado tercio de banderillas, unos palos cortos con pequeños arpones en la punta, con festones y envueltos en papelillos llamativos. Muchas veces, el banderillero especializado o el torero, haciendo florituras con el cuerpo frente al animal, se lanza a clavarlas en el morrillo. El animal siente, aún más, los arponazos. Sangra mientras los “entendidos” vitorean y estentóreamente gritan “oles” de satisfacción por el heroico acto. El ejemplar ya tiene poca fuerza. Sin embargo, sigue lanzando cornadas mientras el gran artífice o gran jefe del ritual prepara su “muleta”, un trapo rojo sostenido por una afilada espada. El torero se acerca más y a esto le llaman “valor”. El animal sigue dando cornadas al trapo que sistemáticamente mueve el personaje centro de atención de la faena. Van 20 minutos de tortura. El “mataor” “cuadra el ejemplar, procura que baje más la cabeza. El toro arranca o lo hace el torero. Al final, hunde la enorme espada en su cuerpo lacerante. La faena ha terminado. Otro de los servidores, creo le dicen alguacilillo, hunde un puñal en el animal que no ha muerto, le dicen “descabello”. Faena terminada, torero en hombros, la gente grita y el animal es arrastrado fuera del ruedo.

Quiero confesar que no soy experto en la tal llamada Tauromaquia. Me parece una actividad grotesca por la violencia contra el animal. Sus defensores presentan argumentos científicos o sociológicos inventados como el de “el toro de lidia nació para morir peleando en la arena”. Otros más dicen que este ritual ha sido defendido por grandes escritores e intelectuales. Es verdad, Hemingway, Vargas Llosa, García Lorca; en Colombia un gran investigador social, Alfredo Molano (qepd) y otros más han escritos en defensa de esta actividad, pero una gran mayoría de intelectuales y científicos del mundo se han opuesto. Es preciso resaltar que la “fiesta de toros”  sólo se da en pocos países: España, Portugal, una parte de Francia y en algunos países de América latina.

El toreo, ¿es un arte?, ¿una tradición?, ¿una cultura?, ¿un deporte? Sus defensores dirán que es todo. Humildemente creo que puede ser todo, menos arte. El arte implica belleza, respeto por una idea que se materializa en una obra, un lienzo, una escultura, una danza o en la letra de una canción bellamente adornada por una bella composición.

POST SCRIPTUM: El día en que todos los seres humanos, sin exclusión, aprendamos a convivir con los demás habitantes del planeta; cuando impere el respeto y la defensa no violenta a favor de la naturaleza, del entorno en que vivimos, el mundo tendrá futuro.

De hecho, presento mis disculpas a las personas, amantes de esta actividad, si mis criterios afectan su sensibilidad muy personal, pero creo en el mundo del humanismo, del respeto y la no violencia.

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