Nuestro Julio Verne / Por: Mario Ramírez Monard

Para: Revista Digital Arrierías

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Mario Ramírez Monard

Cuando comienza a hablar -generalmente en medio de contertulios muy conocidos del pueblo-, su voz serena, precisa y bien hilvanada cuando cuenta sus historias, incita al silencio, al respeto y a la atención de quienes escuchan sus relatos. Tiene magia al hablar y es, algunas veces, dramático cuando empieza a narrar sus vivencias en las zonas más inhóspitas de Colombia, en el sur, Llanos Orientales, Orinoquia y Amazonia.

La familia Quiroz en Caicedonia, es un círculo familiar grande, de típica estructura paisa numerosa que en el pueblo han hecho política, algunos, otros a diversas actividades profesionales y algunos, se han dedicado a la agricultura, café y en tiempos de dificultades al cultivo de flores, heliconias. Tres de los hermano Quiroz Restrepo: Jorge, Alejando y Bernardo, además de tener profundas raíces con su entorno, son seres amables, respetuosos que, además, han alimentado la historia anecdótica, las exageraciones, las mentiras y la imaginación desbordada típica del Caicedonita raizal, un pueblo donde sus habitantes sobresalen por el cuento, la risa, la solidaridad y el vivir felices aún en medio de dificultades. Ellos mismos gozan con sus ocurrencias y/o las que les inventan sus amigos más cercanos.

Alguna vez, hablando con Edison Díaz, el famoso Mano e Mica, maestro de apuntes fantásticos y conocedor, como pocos, de la cotidianidad en el pueblo, le pregunté intrigado

  • Hola, miquita (diminutivo de su apodo), ¿no es admirable el espíritu solidario de Jorque Quiroz?

Me miró con sorpresa. De los tres hermanos citados, Jorge es el de más edad, un hombre serio, respetable a quien se le ve caminar por las calles con su paso lento y su imagen reflexiva.

-¿Solidario?, ¿por qué?

– Pues porque se le ve siempre en todos los velorios de la gente que fallece en el pueblo, habla con los deudos y con sus amigos. Edison soltó la risa y, graciosamente, respondió

  • ¿Solidario?, ¡oigan a este! Nada de solidario, es que en los velorios…. ¡el tinto es gratis!

El doctor Luis Fernando Arbeláez, odontólogo graduado en la universidad nacional y una de las fuentes de consulta más importantes de la historia de Caicedonia, asegura que los tres hermanos arriba citados, son de una particularidad muy, pero muy extraña: tienen más o menos la misma estatura (son medianamente altos) y, coincidencialmente, calzan el mismo número. Según esta fuente primaria y de alta credibilidad, utilizan un par de botas entre los tres y se turnan el uso: Jorge los utiliza para ir a los velorios, Alejandro para visitar sus novias los domingos y Bernardo, el mejor bailarín del pueblo, para danzar en todas las rumbas de fin de semana en los diversos sitios de salsa y música tropical. Es uno de los parejos más apetecidos, pues entre los tres recogen dinero para embolarlos, recalzarlos y repararlos. En eso son muy, pero muy solidarios, según nuestra fuente investigativa.

Alejandro es el de las historias, el Julio Verne del pueblo, el ser humano que embelesa con sus narrativas fantásticas, como si el julio Verne original, el abogado francés (1828-1905) autor de obras de ficción que leímos de niños y nos puso a viajar por el mundo de la fantasía, de la irrealidad, hubiera reencarnado en su cuerpo y, precisamente, en Caicedonia.

Cierta vez Alejandro, tenía a su alrededor varios conocidos y amigos de su círculo cerrado entre quienes se contaban Arbeláez, Rodrigo Herrera (coscoja), Orlando Gallón y otro gran personaje ha poco fallecido, Octavio Benjumea. Alcancé a llegar cuando apenas iniciaba su relato.

  • Viajaba en canoa –empieza-, por la mitad del tormentoso y caudaloso río Ariari. Llevábamos el menaje de sustento básico para los colonos que descuajábamos monte y abríamos camino. En la parte delantera un indígena guiaba para evitar golpes con grandes troncos y en la parte final otro indígena, el más fuerte, que remaba ayudando al primero. Yo, en la mitad, observando detenidamente hacia la ribera del río. Al lado, la majestuosidad de la selva, impenetrable, secreta. Entre la canoa en mitad de la corriente y la orilla, habían más de trescientos metros.

Respiró un poco. Se tomó un trago del delicioso café que se sirve en nuestro pueblo. La gente expectante, ávida de conocer la historia, no separaba la mirada de nuestro personaje narrador.

  • En un momento sentí un estruendo y la canoa empezó a bambolearse hacia los lados. La cara del terror muy expresivo del indígena en proa me hizo detener la visión sobre la selva y voltear mi mirada hacia la popa, en búsqueda de aquello que hacía trepidar nuestro vehículo: un hermoso y rugiente tigre había saltado en la parte posterior y empezaba a mostrar su fiereza. Inmediatamente metí la mano en uno de los costales que tenía a mi lado, saqué una serpiente, una gran culebra a quien tomé por la cola y a latigazos logré expulsar el temible felino quien se lanzó al agua asustado y empezó a nadar hacia la orilla.

Los tertulianos quedaron en silencio la mayoría, algunos tenían cara de terror mientras otros soltaban su respiración retenida ante el susto que pasó nuestro amigo. Otros, más reflexivos, nos preguntamos, ¿cómo hizo para saltar a la canoa impulsando sus patas traseras, pues estaban en mitad del río y el tigre venía nadando?, ¿en qué se apoyó? Otros pasaron por alto lo de la culebra y lo tomaron como valentía u osadía.

Rodrigo (Coscoja) que estaba a mi lado, se acercó aún más, y al oído, retomando una de las palabras fulminantes de Cervantes Saavedra en El Quijote, me dijo:

  • ¡qué hideputa tan mentiroso!

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