Fiesta brutal / Por: Mario Ramírez Monard.

Para: Revista Digital Arrierías

Viajo en autobús por una extraordinaria vía carreteable entre Madrid y Valencia, España, cerca de 350 kilómetros de recorrido. Cada fin de mes, en medio de las limitaciones económicas de estudiante universitario, viajo a esa maravillosa ciudad costera, en pleno mar mediterráneo donde se encuentra otro compañero de la universidad del Quindío haciendo una maestría en la Politécnica, institución pública de gran prestigio en Europa. Siempre que llego a esa ciudad y la recorro, mi mente vuela hacia Colombia, y es hacia Cali -la ciudad más renombrada del maravilloso Valle del Cauca- donde llega mi vuelo mental en razón del gran parecido entre Valencia y la capital mundial de la salsa.

La nostalgia por el país, por los amigos, por la comida, por el entorno, obligan a buscar en lejanía a personas cercanas a nuestras vivencias y esa es la principal razón de mis huidas constantes de la gran capital española hacia la preciosa ciudad costera. En este recorrido, el confortable autobús con 40 pasajeros a bordo obliga a una parada donde se estiran las piernas, se come algo en un espacio preciso de 45 minutos. El excelente autoservicio gastronómico despacha rápido, razón por la cual tengo el tiempo suficiente para dar una vuelta por el sector aledaño. En el inmenso parqueadero, al otro lado de donde nos ubicamos, hay un camión, grande, con cajones inmensos que es vigilado por dos personas con boina negra, pañuelo raboegallo en la nuca un garrote en la mano. No despegan la vista del camión impidiendo el acercamiento muy próximo de curiosos.

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Toro de lidia – foto de la web

Me paro a observar. A mi lado un señor de edad, con boina vasca en la cabeza y su hijo, un joven de unos 15 años. Ellos viajan en el mismo transporte hacia Valencia, en el autobús; están en las sillas delante de la mía, en la mitad del carromato. También observan detenidamente.

  • ¿Qué llevan en esos cajones, padre? –pregunta inquieto el muchacho-.
  • Son toros de lidia que llevan hacia las fiestas tradicionales de Las Fallas en Valencia.
  • Esos cajones son muy incómodos. ¿No les permiten movimiento alguno?
  • No, hijo. Son animales de mucha fortaleza y los llevan en cajones de madera para que no se hagan daño en los movimientos del bus o cuando oyen bulla cercana. Por eso no permite, acercamiento alguno por parte de los caporales.

A pesar de ser camiones de última generación y amplios para el transporte, el hecho de llevar una carga tan costosa y a su vez peligrosa exige medidas extremas.

Los personajes, padre e hijo, regresan al autobús que nos transporta ante la llamada de subirnos para reiniciar el viaje. En el trayecto y ante la inquietud del muchacho, su padre continúa explicando todo ese proceso de nacimiento, levante y desarrollo de los erales hasta cuando están en plenitud para llevarlos al sacrificio final: la lidia de toros en la mayor parte de las ciudades españolas. Sigo absorto y callado la explicación del viejo.

  • Tú por qué conoces tanto de toros?, -pregunta interesado el chico-.
  • Trabajé por muchos años en una dehesa, una gran finca de poderosa familia ganadera en pastizales andaluces, cerca de Granada.
  • Y en la finca, ¿son así de bravos como se presentan en televisión?
  • Cuando nacen son seleccionados. A un lado irán las terneras y al otro, previa revisión selectiva, los terneros que ya demuestran temple al embestir. Cuando los destetan, quedan aislados de todo contacto humano. Son bien alimentados, cuidados y, de hecho, el contacto con personas es prohibido, limitado. Los conducen en manada hacia otros lugares los vaqueros en grandes caballos protegidos y los que conducen la manada llevan en la mano una pértiga para espantarlos o golpearlos suavemente cuando se salen del redil. Los animales en grupo no se defienden de personas extrañas. Sólo cuando se sientes acosados. La característica de embestir es propia de lo que llaman los conocedores, casta brava.
  • No me gusta en las corridas la forma como los torturan –dice el joven interrumpiendo brevemente a su padre-.
  • La tortura empieza en ese hecho que acabamos de ver, animales férreamente encerrados. Llegan a las plazas de toros generalmente encalambrados, medrosos, asustados, cansados. Si bien les dan algo de comer cuando los bajan estando aún en grupo, el encierro y la bulla extraña que no sentían en el campo, comienza a hacer mella en sus cerebros. Cuando hacen el sorteo previo, esto es, determinar que toro le corresponde al llamado “matador”, son encerrados en celdas estrechas y oscuras, -sólo con una tenue luz roja-, sin alimentación ni agua horas antes de iniciar el grotesco espectáculo.

Particularmente, nunca me han gustado las corridas de toros o la Tauromaquia” como pomposamente la llaman defensores, empresarios y mercaderes de este tipo de negocio donde la sangre y la violencia es la materia prima del goce de unos pocos. Como profesor en la Uniquindío, en temporadas de toros -plenas fiestas de octubre en Armenia-, íbamos en grupo varios compañeros que se cansaron de las invitaciones a mi nombre porque siempre me cargaba al toro, pues me parecía una gavilla de locos de trajes ajustados mostrando sus bultos genitales -que era lo que más disfrutaban algunas damas-, armados de palos, trapos y otros elementos para cubrir al “matador” cuando este salía mal en el enfrentamiento con el bello animal. De hecho, jamás me volvieron a invitar a esas neronianas faenas de licor, mujeres bellas –algunas mostronas de sus cirugías o sus encantos corporales- y la alpargatocracia cafetera disfrutando de los “oles”, “Torero torero”, “matador” y otras frases sin sentido.

El señor continuó explicando al chico.

  • El animal encerrado comienza a oír un estruendo, un bullicio. Se inquieta más. La plaza de toros comienza a llenarse. Una banda de músicos ameniza el ambiente con pasodobles y temas instrumentales conocidos. Se desespera más. En un espacio especial se aprestan toreros, cuadrillas de colaboradores, mujeres y señores de alta alcurnia en briosos corceles para iniciar el llamado “paseíllo”, inmensos caballos cubiertos con petos pesados que evitan el despanzurramiento en caso de ser embestidos, con un señor, generalmente gordo, montado en ancas y armado de una lanza con una punta en metal afilado, como un puñal. Empieza lo que llaman el paseíllo y en intervalos, una trompeta hace anuncios de la próxima salida del animal al circo, a la plaza de su tortura. Ya listo para salir, otro sujeto ubicado encima del sitio del encajonamiento donde está el toro, clava un puñal en su morrillo para acabar de enfurecerlo. Abren las compuertas y el toro asustado, ya herido por el primer arpón sale a buscar una salida cuando abren la puerta del engaño. No es una salida, es el inicio de la tortura mayor, lo que los taurófilos llaman la faena. El circo neroniano está listo. El animal está en el límite de lo que algunos llaman “la puerta de los sustos”. El bello ejemplar sale.

La narrativa para. El cuentero, en todo el trayecto, saltaba muchas veces la guía del proceso para explicar sobre la función de toda la logística alrededor del personaje central, el torero. Hemos llegado al terminal y tenemos que apearnos. El relato sabio del viejo queda en un corte. Siembra más inquietudes que satisfacciones personales. Me comprometo conmigo mismo a buscar espacios para estudiar el tema. Si bien jamás me gustaron las corridas, la historia bien contada por el sexagenario me lleva a profundizar sobre esta violenta cultura nacida en España y casi que copiada de los dantescos espectáculos de la época imperial romana. Empieza la corrida.

´PRÓXIMA ENTREGA: Empieza la tortura.

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