Lección Frustrada / Por Jairo Sánchez.

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Jairo Sánchez

 

Recordaba sus años de Universidad. Todo lo que recibió se enmarcó en el cómo llegar con un contenido al alumno, pero nunca en analizar cómo lo recibía o si ese cerebrito tenía la funcionalidad para encaminar esos contenidos por las rutas cerebrales normales, o si, por el contrario, el mensaje se quedaba a medias o nunca se fijaba en ese disco duro.

Apelando a esa fundamentación, su papel como maestro se limitó, muchos años, a prepararse, capacitarse, actualizarse, para desempeñar mejor ese rol importante que estuvo ejerciendo.

Conoció, la Microenseñanza, La práctica Docente I y II, la didáctica de la materia que fue su área mayor, la formulación y taxonomía de los Objetivos de Bloom, los parceladores, los anotadores, las guías de clase, los programas que decían que enseñar y hasta donde debía llegar los contenidos, los sistemas de evaluación, la calificación numérica y alfanumérica, la calificación por logros, la autoevaluación y muchas cosas más de forma, pero no de fondo.

Jamás oyó hablar en los seminarios, consejos académicos o de profesores, cursos, simposios, reuniones de departamento, charlas, cursos de ascenso, conferencias educativas, o similares, de las disfunciones cerebrales de los alumnos que les obstaculizaban, retrasaban o impedían el aprendizaje, y menos aún, le fueron visualizados ejemplos objetivos en el medio de desempeño.

La consigna era: si, el alumno es bueno, o regular, gana el año, y si es malo, lo pierde, sin considerar el porque era excelente, mediocre o deficiente en su aprendizaje.

Cuando dejó la profesión, tuvo tiempo, y de sobra, para retroalimentar y hacer una retrospectiva de su trabajo. La lectura le trajo nuevas visiones sobre el aprendizaje y dedujo que había cometido, sin proponérselo, muchos errores en su carrera como maestro. Ahora podía diferenciar el papel del docente, sus instrumentos, sus ayudas, su preparación, idoneidad y capacidad, frente a la desnutrición, disfunción cerebral, síndromes patológicos y problemas del aprendizaje del alumno.

Y rememoró cuando se jactaba de usar el tiempo como instrumento de presión para que los alumnos respondieran rápido, o cuando llamaba al tablero, y al primer error matemático, o de memoria, sentaba al alumno con su correspondiente baja nota.

Pero desconocía que quien no entregaba rápido, o le suplicaba más tiempo, podía ser un disléxico, o aquel que no podía resolver una ecuación, tal vez era un alumno con discalculia.

Al conocer esa faceta del aprendizaje, se propuso, para conmemorar diez años de su retiro, sostener una charla con los alumnos que iban a salir graduados como maestros normalistas y compartir con ellos los conocimientos acerca de problemas del aprendizaje, dado que, iban a entrar al mundo real de la práctica educativa y no debían centrarse en ellos sino, en los alumnos. En sus deficiencias, disfunciones y discapacidades, o potencialidades, depende el caso. Tal vez darles a conocer aspectos del cerebro de los niños que, en su vida de maestros, tendrían que enfrentar.

El conversatorio propuesto suponía intercambiar conceptos acerca de la neurogénesis cerebral del niño, las etapas de formación del cerebro y las alteraciones cromo somáticas, de diversa índole que afectan el normal desarrollo cerebral. El síndrome del niño de la mujer alcohólica, la hipoxia, traumatismos, desnutrición y mal desarrollo.

Así mismo, el cerebro y su especialización y la diferenciación hemisférica para explicar los Trastornos del Aprendizaje; específicos: disgrafia, dislexia y discalculia, y generales: alteraciones, déficits, Trastornos del aprendizaje no verbal, y Trastornos de atención con/sin hiperactividad). Síndrome de Down, de Tourette y Asperger, y El niño autista.

Se trataba de hacer hincapié y profundizar en la dislexia, y mostrarla como un mundo incomprensible en números y letras para los niños pues las vías cerebrales de la transmisión del mensaje están rotas y ellos ven un mundo extraño cuando tratan de escribir, leer o interpretar.

Una charla para futuros maestros en dos horas dinámicas y de interacción, comenzaron excelentemente, hubo el permiso, los docentes llevaron los alumnos maestros a la sala, y, al comenzar, como se buscó retroalimentar con conocimientos previos, fue el acabose. No hubo respuestas a preguntas biológicas elementales, como: número de cromosomas humanos, por sexo, diferencias, y menos ovogénesis o espermatogénesis para arrancar la charla. Parecía como si estuvieran vacíos de conocimientos.

De 40 Alumnos Maestros de último año, 35 estaban chateando y/o buscando respuestas en Google, tres charlaban animadamente y dos estaban interesados.

Un desperdicio de tiempo, material y preparación que terminó con una frustración al reconocer que esos maestros, desmotivados, incultos, sin fundamentos académicos, estarían en pocos meses: buscando trabajo o trabajando con niños especiales, normales, o superdotados, utilizando el puesto como trampolín personal, pero descuidando el sujeto principal de la educación, el alumno.

Había un cartel elaborado por el conferencista en el cual colocaba a disposición de los alumnos maestros, a vuelta de correo electrónico, tres libros: “El síndrome de Down en la escuela”, de M. Ángeles Redondo González; “El Libro de la sexualidad en niños y adolescentes”, de Lucía Nader; “Con mi hijo, NO”, Manual para prevenir, entender, y sanar el abuso sexual, por Lydia Camacho Ribeiro, y un manual sobre trastornos del aprendizaje. Es apenas deducible que solo dos estudiantes los solicitaron y se les hicieron llegar.

La reflexión final fue: “en buena hora me retiré”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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