
El profesor de inglés, G. C., tomó asiento en la tienda ubicada en la esquina de la calle diez y seis con carrera veinte.
Lucas Yarumales trabajaba en vacaciones, llevaba años ganando cien pesos mensuales en la tienda de don Luis Ruíz. Recordó que sus compañeros de colegio Rufino, en venganza contra la rigidez impuesta, colocaban apodos a sus profesores.
El profesor tal vez ignoraba que llevaba por sobrenombre “Javier Solís”, y sin saber el resquemor que Lucas sintió al verlo, sonrió nervioso, encendió un cigarrillo y saludó:
-Hola, Yarumales, qué gusto verlo-.
-El gusto es mío-. Contestó Lucas con hipocresía.- ¿Cómo está profesor? ¿Qué desea tomar?-.
-Una cerveza, por favor-.
-¿Fría o al clima?
-Una Póker fría.
Lucas, que conocía las razones de su patrón para ausentarse, y atendía solo en ese momento, notó que el profesor jugaba con la cajetilla y miraba de reojo a las personas que pasaban frente a las puertas de la tienda. Lucas desapareció tras el mostrador, subió el volumen a su tango preferido y hundió la cabeza en el refrigerador.
La tienda de don Luis Ruíz, típica de un barrio estrato tres bajo, ocupaba un local de veinticuatro metros cuadrados, del total de una vivienda de bahareque de cuatro de fondo por doce de frente. Una puerta pequeña servía de entrada a la pieza donde Luis guardaba sus pertenencias. Por tres puertas desvencijadas de madera, pintadas de color manzana, entraba la clientela. Dos mesas ocultas entre las puertas, preferidas para los encuentros fortuitos, y dos en el centro del “salón”, raras veces ocupadas, completaban el mobiliario.
Héctor Palacios cantaba: “Como son largas las semanas, cuando no estás junto a mí, no sé qué fuerza sobrehumana, me da valor lejos de ti…”
En el sector vecino a la empresa de buses Flota Magdalena, abundaban las viviendas, ayer habitadas por familias, y que fueron adecuadas como hoteles baratos, alquilados por ratos a los furtivos amantes o viajeros de paso. La rutina hizo que Lucas aprendiera a su pesar, las tácticas de disimulo empleadas por la variada clientela. Los había que pagaban por anticipado gaseosas, tinto o jugos, y dejaban sus pedidos a medias para salir tras la persona, que después de asomar fugaz por una de las puertas, entraría con disimulo y rapidez al hotel acordado. Otros dejaban bicicletas bajo custodia y pasaban a reclamarlas media, una o dos horas después, o aquellos que entrando solos o acompañados la primera vez, regresaban con los cabellos recién peinados, amables y la mirada satisfecha.
Antes de servir la cerveza, Lucas preguntó desde el mostrador al profesor, si deseaba otro disco.
-Sí. Pero primero dígame, ¿cómo llama y quién canta el que suena?-.
-Remembranzas, un tango en la voz de Héctor Palacios-.
-Déjelo que termine… ¿tiene Renunciación o Llorarás, por Javier Solís?-.
Ante la coincidencia de un nombre para el cantante y el profesor, Lucas sonrió, atravesó el espacio entre el mostrador y el congelador. Mientras buscaba el acetato, recordó la tarde que el profesor lo sacó de clase. Encontró el disco de larga duración “Javier Solís en Colombia”, leyó al respaldo: Espumas, Nuestra desgracia, De quién estás enamorada, Por qué me dejas, Ojitos traidores, El loco, En tu pelo, Renunciación, Lágrimas de amor, Ya sin fe, Escándalo Llorarás, llorarás. Estuvo tentado a mostrar la carátula al profesor, pero pensó que negarse a satisfacer el pedido equivalía a un ajuste de cuentas sin dolor.
Una vitrina larga de madera servía de mostrador. Tras los vidrios: hilos de colores, paños de agujas, rollos de caucho para armar caucheras, lápices, lapiceros, cuadernos de raya corriente o cuadriculados, vasos de cristal, dos frascos de tinta china, borradores de goma, y un maletín de cuero que nadie compraba.
Recordó que eran las tres cuando entró el profesor de inglés, y le ordenó pasar al tablero. Debía escribir cinco verbos en infinitivo. Sin borrar el tablero empezó a escribirlos en los espacios libres y con letra pequeña.
“Señor Yarumales, escriba letra grande, que se vea”.
Los recuerdos seguían su curso, acompañados por la voz del cantante: “Ay, es triste recordar después de tanto amar esa dicha que pasó, flor de una ilusión, nuestra pasión se marchitó, ay, olvida mi querer…”
Lucas, que se encontraba de malas pulgas, tomó la almohadilla y resoplando borró el tablero. Con mano temblorosa, agitado por la furia, empezó a trazar la línea vertical de la letra T; iba por la mitad cuando la voz del profesor retumbó en el salón.
“¡Señor Yarumales, salga ya de mi clase, y no regrese hasta tanto su papá o su mamá hablen conmigo… Ah, ¡y no olvide que va a perder mi materia!”.
Camino a la mesa con la cerveza, observó que el parecido del profesor con el célebre cantante mejicano difería en los cabellos. Los del cantante, ondulados, los del profesor, rizados.
La vitrina alargada, que exhibía en sus entrepaños tostadas, panes grandes y pequeños, luisas, brazos de reina, cucas, pasteles y toda suerte de productos de la mejor panadería, estaba separada un metro del refrigerador azul que contenía cerveza fría, gaseosas, y tres latas cuadradas de manteca Gravetal con pulpa de frutas para los jugos, marcaban el espacio de entrada el interior del mostrador. Arriba, en el zarzo improvisado como bodega: costales, cajas de cartón.
Al fondo el tango decía: “… todo quedó como aquella vez, y en cada adorno en cada cosa, te sigo viendo como ayer, tu foto sobre la mesita…”
-Qué pena, profesor, no tenemos discos de Javier Solís…-.
-No importa, deje el que está sonando. Tranquilo. Voy al orinal…-.
El profesor corrió y desapareció tras la cortina. El olor a orina invadió el “salón”. Cáscaras y rebanadas de papa no servían como ambientador.
Héctor Palacios terminó: “…y volverá a florecer, nuestro querer, como aquella flor”.
De regreso, el apodado Javier Solís dio una última aspirada, arrojó la colilla que apagó con el zapato. Para impedir que la puerta le estorbara, estiró el cuello hasta donde le permitió la corbata; miró acechante hacia la calle. Al verse descubierto, sacudió el vaso para vaciar las gotas de agua y sirvió cerveza. La espuma rebozó el borde, humedeció. Lucas Yarumales aprovechó.
-Profesor, ¿la validación de inglés estará difícil?-
La mujer joven que asomó impidió la respuesta de “Javier Solís”, que dejando un billete de alta denominación sobre la mesa, salió sin decir palabra. Lucas levantó la botella, tomó el billete y fue por un trapo para limpiar la mesa. Conociendo lo que sucedía en la mayoría de los casos, hizo cuentas, y creyendo que el profesor le obsequiaba las vueltas, se entretuvo en recordar a la pareja que entró días antes y autorizó, mientras ellos regresaban, dar cuanto pidiera al niño que los acompañaba. Tantos bombones, gaseosas, galletas y panes saboreó el pequeños en tres horas, que Lucas temió que sufriría un rebote de lombrices. Nada malo ocurrió, sólo que la pareja encontró al niño dormido.
Dos horas después, cuando ya oscurecía, regresó “Javier Solís”, los rizos humedecidos y alegre sonrisa. Reclamó los vueltos, la cajetilla, y para decir con afán mientras miraba hacia la puerta:
-Tranquilo Yarumales, repase suave, no se preocupe. Pasará la materia. Usted tiene que aprender a dejar la rebeldía…”-.
Antes de salir, el profesor puso su mano sobre el hombro de Lucas.
-No se preocupe Yarumales, si le va mal yo le ayudo. Por ahora cuente con un tres, pero recuerde…-. El índice del profesor sobre los labios formó la cruz que indicaba silencio cómplice.
La voz dulce de la joven en el marco de la puerta impidió al profesor terminar el trato que, adivinado por Lucas, disfrutaba por anticipado.
-Vamos, amor. Se hace tarde-.
Lucas Yarumales, asomado a la puerta los vio caminar de la mano, bajo el sol de las seis de la tarde, por la carrera veinte que lleva a la iglesia Sagrado Corazón de Jesús. Por un momento se sintió ruin. Era la primera vez que hacía de fisgón. En vista de que ningún cliente entraba a la tienda, y don Luis no aparecía, retiró del tornamesa incrustado en uno de los anaqueles de la pared, el disco de setenta y ocho revoluciones de Héctor Palacios, y colocó el disco de larga duración de Javier Solís.
Recostado al mostrador y de espaldas al “salón”, miraba la pobreza representada en el balancín, el calentador, la olleta del tinto, en los anaqueles de pocas bolsas de arroz, frijol, lentejas, sal, rollos de papel higiénico, latas de sardinas, un paquete de tabaco, el salchichón colgado de la puntilla, velas de cebo y parafina, y uno que otro producto de consumo.
Creyendo inútil el gancho metálico en la punta de la escoba para bajarlos, encontró la justificación a su bajo salario; sabiendo con seguridad que don Luis regresaría recién peinado y sonriente, sin remordimientos escuchó varias veces las canciones que negó al profesor.
Agosto 7/18
Luis Carlos Vélez Barrios. Integrante del Taller de escritura Relata Quindío, y tertulias Comfenalco y La Estación.