PERSONAJES DE MI PUEBLO
Para: Revista Digital Arrierías
En los pueblos, especialmente, se dan personajes que han hecho o hacen historia por sus salidas inteligentes a hechos de la cotidianidad, por su bonhomía, su capacidad de palabra, sus chistes, sus anécdotas.
Caicedonia, un pueblo donde la risa espontánea es frecuente y donde se narran historias pintorescas que, según muchos visitantes, son mentiras o simples exageraciones nuestras, ha tenido personajes para la historia, para el recuerdo. No, no son mentiras lo que conocemos y narramos. Esas condiciones especiales de mi pueblo son hechos reales, anécdotas que han quedado en el imaginario popular, en la memoria de sus habitantes. Hoy resaltamos a un gran personaje del común que sobresalió por sus exageraciones y sus bromas, don Manuel Hernández.
Nuestro personaje nacido en Fredonia, Antioquia, salió muy joven a buscar su vida como talabartero llegando con sus esperanzas y sus sueños a Montenegro Quindío donde empezó su trabajo artesanal en un pequeño taller donde poco a poco fue adquiriendo fama por su trabajo bien elaborado, fino, de calidad, pero también por sus borracheras y bebetas como si viviera en épocas de los emperadores romanos. Allí conoció a su esposa, doña Elena Arango Londoño, reconocida dama de prestigiosa familia regional.
En Montenegro se le recuerda por un acto que ha quedado en el registro de las cosas increíbles del pueblo: dañar una Semana Santa, época de fervor y entrega a la oración y al respeto espiritual de la mayoría de colombianos, especialmente en aquellas épocas de dominio cerrado de la iglesia católica.
Un Viernes Santo recorría en horas de la tarde una concurrida procesión con personas de profunda convicción religiosa por una de las vías principales del pueblo. En la calle, exactamente a la vuelta del recorrido, nuestro personaje ató una soga al poste de la luz amarró a su cintura la punta de la soga. Se abrió a correr y giró hacia la carrera donde la solemne procesión caminaba. Empezó a gritar:
- ¡sálvese quien pueda…toro bravo p´al matadero! Mientras esto hacía puso su pie derecho contra un muro y halaba el lazo fuertemente haciendo creer que contenía con fuerza al potente animal.
La gente corría despavorida buscando refugio en zaguanes, portones, puertas abiertas con tal de evitar la embestida del cornúpeto. Quienes llevaban en andas íconos, santos y representaciones religiosas tiraron al piso la carga y también huyeron con caras lívidas por el susto. Un verdadero caos.
Cuando se descubrió el engaño de la conmoción adrede promovida por don Manuel, fue detenido y resguardado algunos días en la cárcel del pueblo por promover el desorden público y terrorismo eventual. Repudiado por algunas personas, decidió venirse con su familia a vivir a Caicedonia, el pueblo más renombrado por su excelente producción cafetera y donde eran necesarios sus servicios como talabartero y artesano de sillas de montar.
En su nueva morada y luego de ir haciendo su nombre de buen trabajador y artesano, de buen conversador en medio de sus épicas bebetas de aguardiente, se fue dando a conocer por sus tomaduras de pelo, dos de ellas campeonas.
Alguna vez se hacía necesario evacuar toda el agua del estanque que surtía al municipio y ubicado a la salida hacia la montaña de la cordillera central, camino veredas de Burila, Campo azul y Aures. En aquella época -calles sin pavimentar-, la temporada de lluvias fue excesivamente copiosa, hecho que hizo colapsar el tanque además de la suciedad del barro que llegaba al acueducto. Abren los tanques y el caudal abundante del agua empezó a bajar a raudales cuesta abajo de la carrera 16.

Don Manuel sabía del vaciado de los tanques porque vivía cerca al sector del Recreo, a pocas cuadras de las oficinas del acueducto. A la hora y punto cuando sueltan el agua, agarró un pequeño banco de madera, una caña de pescar con su respectivo sedal y anzuelo y se sentó haciendo amagues de lanzamiento esperando que los peces “picaran”. La gente que lo veía se burlaba de él, pero seguía inamovible, no se inmutaba. Algunos burleteros y reconocidos mamagallistas de Caicedonia se arrimaron a preguntarle que cuántos pescados había sacado y casi se desmayan cuando les mostro un cesto con algunas sabaletas y bocachicos. En menos de diez minutos se vio en el pueblo, en el recorrido del inmenso caudal, a varias personas con su banquito y su respectivo aparejo de pesca.
Días después se supo que don Manuel conocía del urgente desagüe de los tanques, compro peces en la plaza de mercado y luego, llegado el día se sentó a “pescar” y a esperar que llegaran los incautos.
Son muchas más las historias de este genial personaje de imaginación desbordada que hacía de una mentira una verdad comprobada. Fue el padre de otro inolvidable personaje de nuestro pueblo: Gustavo Hernández, el popular brujo.