Colombia llora / Por Mario Ramírez Monard

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Para: Revista Digital Arrierías

Colombia es una gran tragedia humana. Día a día asesinan en nuestro país gente humilde, campesinos sin tierra o que tienen pequeños lotes de sobrevivencia; líderes sociales que protestan o luchan por sus regiones; inmensas comunidades negras e indígenas atacadas, asesinadas, amedrentadas a punta de rifles que  son obligadas a vagar por toda la costa pacífica; guerrilleros que han depuesto las armas, luego de una guerra fratricida de más de 6 décadas, hoy atacados en puntos supuestamente protegidos por el Estado, donde desarrollan trabajos productivos. Un verdadero holocausto. Los cuatro jinetes del apocalipsis, la peste, la guerra, el hambre y la muerte cabalgan a sus anchas a lo largo de toda la geografía nacional.

La violencia genera hambre, dolor, lágrimas, desplazamientos y quienes más sufren ese impacto son los más pobres: campesinos, obreros, clase media, soldados, policías. Miles de mujeres viudas arrastrando su tragedia con sus hijos a cuestas por toda Colombia, llegando a ciudades donde la voracidad de la urbe los lleva a otra gran tragedia: subsistir como sea: vendiendo artículos en semáforos, trabajando en el servicio doméstico, vendiendo sus cuerpos para llevar algo de comida a sus hijos o utilizando a sus pequeños como muestra de miseria para lograr unas monedas en las calles de las grandes y medianas ciudades de nuestro país.

Quienes conocemos la historia de los conflictos armados en Colombia, sabemos que esta historia, en épocas del pos modernismo, no es nueva, que siempre hemos estado en permanente conflicto desde épocas de conquista y colonia. No olvidamos la tragedia indígena con el levantamiento guerrillero de una gran comunidad al sur del país atacada por fuerzas armadas españolas en plena época de conquista cuando asesinan a Timanco, el hijo de la cacica Gaitana, reacción popular que llevó a la muerte violenta de Pedro de Añasco a quien le aplicaron la misma dosis de tortura y sangre que él aplico al hijo de la gran líder indígena.

No olvidamos las sangrientas guerras de independencia ni las guerras civiles a todo lo largo del siglo diecinueve, luchas fratricidas por el poder, el dominio y el apoderamiento de tierras devenidas de las concesiones realengas o regaladas por efectos de la misma guerra a los principales dirigentes de los conflictos. La muerte de Gaitán, para no citar sino uno de los más connotados líderes populares en Colombia, desata otro horror, la llamada violencia política con cientos de miles de seres humanos asesinados. Lucha por el poder y dominio económico a través de la tierra como factores preponderantes. De allí nacen los grupos guerrilleros integrados, especialmente, por campesinos sacados en forma violenta de sus entornos, de sus pequeñas parcelas por la falacia de la defensa de trapos azules o rojos. Esos campesinos que se organizan comienzan a sentir el impacto y la traición por las fuerzas políticas del Estado: muerte o desaparición  de líderes. No podemos olvidar el asesinato de Guadalupe Salcedo, el líder de los campesinos de la guerrilla del Llano quien, cuando es llamado al diálogo luego de deponer las armas, cae asesinado en Bogotá. Era el gobierno militar de Rojas Pinilla.

No se olvida, tampoco, la movilización de algunos campesinos sacados en forma violenta de sus regiones quienes en medio de esa búsqueda de un sitio, un espacio donde cultivar y vivir en paz, es atacada por el infame gobierno de Guillermo León Valencia, un oscuro político Caucano integrante de la misma familia que acosó, persiguió y violentó a un humilde líder indígena: Manuel Quintín Lame.

Los movimientos guerrilleros aparecidos después de la segunda mitad del siglo veinte no nacieron porque unos desharrapados quisieron tomar las armas para jugar a la guerra. No. Fueron llevados a la misma por la situación de miseria y pobreza que ha tenido nuestro país. Luego, esas mismas organizaciones guerrilleras caen en la violación de la normatividad internacional de los conflictos armados: secuestros, extorsiones, muertes violentas de la población civil, minas antipersona sembradas en campos productivos; campos abominables de concentración inhumana de soldados, policías, civiles que nos recordaban los campos de concentración nazi como Dachau, Treblinka, Auschwitz o los desconocidos y abominables campos letales de concentración japoneses en plena segunda guerra mundial.

Aún, cuando ya se había firmado en nuestro país el pacto por la paz con las Farc, otros violentos extremistas de una loca organización, el ELN, dinamitan un centro de estudios de jóvenes que se formaban en una academia de policía en la ciudad de Bogotá, crimen nefando contra unos niños que desborda toda la imaginación siniestra de los violentos en Colombia.

Cuando realmente creíamos que se iniciaba la construcción de un tortuoso camino con una paz esperanzadora, fuerzas oscuras enfilan sus armas contra los desmovilizados, contra campesinos, negros indígenas en una rara amalgama de violencia social producida por narcos, guerrilleros no desmovilizados, delincuencia común y el mismo Estado. Estamos ad portas de reiniciar un conflicto de proporciones catastróficas para el país.

La guerra sólo se frena a través de la justicia social, la defensa de la propiedad privada, el otorgamiento de tierras a campesinos y comunidades afros e indígenas para que puedan aportar con sus productos y la venta justa de los mismos a una economía de sostenimiento familiar viable. Pero no, esos cuatro jinetes apocalípticos no quieren apearse de sus briosos y temibles corceles. Quieren continuar la guerra a través de políticos inescrupulosos, de corruptos que han hecho de nuestro presupuesto un caudal de dinero personal sin que las autoridades sean capaces de controlarlos, cuando no son las mismas autoridades que dolosamente se apropian de esos recursos.

Sin corruptos, con la equidad, con el respeto por la heteronomía, por el ser humano; con la muerte política de políticos corruptos, con justicia social, Colombia tiene futuro. Rechazar la guerra, la vindicta, la corrupción es el camino correcto para que nuestro país, con todas sus bellezas y riqueza naturales pueda ser el país del futuro para nuestros hijos. Ojalá lo logremos.

POST SCRIPTUM: Por supuesto, quedan muchos más factores por analizar en este caótico país. El espacio en nuestra revista no da para explayarnos en más explicaciones ya estudiadas sobre el gran origen de nuestros males. Poco a poco iremos complementando nuestra visión.

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