EL MUNDO DE LA DESESPERANZA

Para: Revista Digital Arrierías.
- Señor, ¿usted es profesional?
No es mucha la gente que hay en el supermercado en mitad de semana. La pregunta la recibo mientras acerco el carrito donde he comprado algunas cosas para mi manutención hogareña inmediata. En Caicedonia, mi pueblo, hay más de siete supermercados de grandes superficies que parece demasiada oferta para una población pequeña de un medio campesino y rural donde no fluye mucho el dinero, excepción hecha en plena producción cafetera o agrícola, siendo nuestro pueblo una especie de despensa de alimentos fundamentales que produce esta tierra de promisión para el Valle y el Eje Cafetero, especialmente.
Observo con interés a la joven que interroga. No tiene más de veinticinco años, tez morena, ojos vivaces. Hace la pregunta con timidez y respeto
- ¿Por qué la pregunta?
- Es que lo veo a usted entrar muchas veces. Todo mundo lo saluda con afecto y respeto y por eso mi inquietud.
Sonrío y le explico un poco -sin entrar en muchos detalles-, mi trabajo anterior como profesor y mi dedicación actual a la lectura, a escribir, soñar y elaborar mentalmente utopías de un mundo mejor para Colombia y las generaciones que apenas se asoman al mundo laboral o universitario.
- Sí, tengo título universitario y he sido maestro toda la vida.
- Yo también soy profesional y míreme aquí, ¡de cajera! Me gradué como administradora de empresas, he repartido hojas de vida y nada. Familia pobre, sin abolengos o palancas que ayuden. Es muy triste saber que no puede uno desempeñarse profesionalmente después de tres años de haber terminado. Es frustrante. ¿Usted podría ayudarme? Si sabe de algún puesto donde pueda ejercer mi profesión, ¿me ayudaría?
Luego de hablar un poco más y por la premura de ver personas esperando y escuchando la conversación, me despido de ella y salgo un poco acongojado pues es la realidad que se vive, no solo en mi pueblo si no en el país. Las universidades, semestre tras semestre lanzan al mercado laboral a miles de jóvenes que obtuvieron un cupo universitario y lograron terminar un pregrado para encontrarse con la realidad de la calle, de la vida. No hay trabajo para tanta gente. Abogados, médicos, ingenieros de todas las especialidades, contadores, arquitectos, agrónomos, administradores de empresas, comunicadores sociales o periodistas, sicólogos, en fin, una baraja amplia de profesionales ocupando puestos de bajos salarios o desempeñando oficios para los que no han sido preparados entre taxistas, celadores, distribuidores de comidas rápidas, oficinistas o cualquier cargo público que un “compasivo” político les buscó.
Quienes menos sufren son los hijos de las élites: empresarios, terratenientes, banqueros, especuladores o mafiosos. Clase media o estratos bajos que tuvieron que acudir a préstamos bancarios o del perverso Icetex para lograr que sus hijos obtuvieran sus diplomas, se ven acosados, agredidos y presionados para dar cumplimiento a compromisos financieros. Esa es la gran tragedia de nuestro país donde la base de la población se esfuerza por lograr mejoras en su nivel de vida y al final se encuentran con la realidad, con la verdad: “no hay cama P´a tanta gente” como bien reza la popular canción salsera.
Los movimientos sociales de los últimos meses en Colombia tienen la motivación de cientos de miles de jóvenes que no ven un futuro, que se sienten frustrados por los altos niveles de desigualdad y de pobreza que existe en Colombia mientras políticos, banqueros, corruptos, dueños del poder y la economía aumentan su caudal en medio de la desesperanza. Los jóvenes tienen un futuro incierto mientras que el Estado, sus “políticos” de pacotilla crean leyes para favorecimiento de los poderosos, de quienes los sostienen en el poder.
Esas personas ya profesionales, con un pregrado posible de excelente formación se van convirtiendo en “inútiles” desde el punto de vista económico. “En el siglo XXI podemos asistir a la creación de una nueva y masiva clase no trabajadora: personas carentes de ningún valor económico, político e incluso artístico, que no contribuyen en nada a la prosperidad, al poder y a la gloria de la sociedad. Esta “clase inútil” no solo estará desempleada: será inempleable”. 1
Ese podría ser el resumen de la actualidad de los jóvenes en el mundo, de ahí las luchas, las protestas, la angustia de millones de personas que no ven un buen futuro en perspectiva mientras que los políticos –caso específico Colombia-, se devanan los sesos argumentando que quienes protestan no “aman a Colombia” o estúpidamente arguyen: “trabajen vagos”, política y concepción estatal que refleja claramente el desconocimiento o la perversidad de los llamados “dirigentes”.
A la gente se le manipula a través de campañas publicitarias bien orquestadas que llevan al estatismo, a la no renovación a “los mismos con las mismas”. Por eso se imposibilitan los cambios: “el partido gobernante contrata a los mejores creativos para que conduzcan una campaña brillante, con una mezcla bien equilibrada de amenazas y promesas que van dirigidas directamente al centro del miedo de mi cerebro. La mañana de las elecciones me levanto con un resfriado que afecta mis procesos mentales y me hace preferir la seguridad y la estabilidad a todas las demás consideraciones y, ¡voila!, envío al hombre que será la ruina de todos nosotros de nuevo a presidir el gobierno otros cuatro años” 2
POST SCRIPTUM. Dada la importancia del tema, en próxima entrega nos referiremos con más detenimiento a las reflexiones de este escritor, historiador y filósofo moderno, el doctorado de Oxford, Yuval Noah Harari.
1-HOMO DEUS, Harari, Yuval Noah. Editorial Géminis. Bogotá 2018. Página 357
2- ibíd. Página 371