
Siete años duraba la ausencia de mi hija. La noticia del regresó entusiasmó a la familia. Los preparativos para la bienvenida incluían eventos sencillos que estrecharían los lazos y permitirían expresar su alegría. La ansiedad que generaba la espera, y el deseo de que el programa se cumpliera, agitaba los días y las noches.
No valió repasar las propuestas para evitar el olvido de algún detalle.
Su regreso, programado para las primeras horas, obligaba al grupo familiar a viajar en distintos autos hasta el aeropuerto.
En el último momento tuve la certeza de que olvidaba algo. Con la esperanza de recordarlo, hice saber que saldría diez minutos después y daría alcance al grupo.
Los minutos pasaron, y en vista de que el olvido persistía, resignado tomé el camino.
Al pasar frente al Parque de recreación, recordé de pronto la preferencia de mi hija por… ¡Las flores amarillas!
La hora no permitía el regreso a comprarlas en las floristerías del centro de Armenia. Sin embargo, giré en la entrada al parque, y aceleré. Antes de llegar a la glorieta tuve la idea de comprarlas en los puestos que bordean la vía que va al cementerio.
Entendí que no habría tiempo para encargar un ramo, y resolví que sería suficiente un manojo.
Crucé de prisa frente a los ramos que adornaban las pequeñas canastas de mimbre, y concluí que al “comité de bienvenida” le bastaría una mirada para descubrir de qué sitio provenían. No compré siquiera un manojo.
Confuso y ansioso, con las manos vacías, retomé el camino. Entendía que no podría ofrecer flores amarillas, pero no conducía inquieto; la esperanza revivió al soñar que con un poco de suerte podría armar un ramo con flores del camino…
La esperanza se esfumó porque no abundaban las amarillas.Resignado, aceleré porque el tiempo se agotaba.Media cuadra antes de llegar al antiguo balneario Guadacanal, divisé la entrada y el muro de una propiedad privada, adornados con enredaderas florecidas de amarillo.
No lo pensé: ahora o nunca. Sabiendo que no tendría otra oportunidad para llevar flores a mi hija, decidí robar algunas. Detuve la marcha, orillé, mantuve el motor encendido, y por seguridad dejé entreabierta la puerta izquierda del auto.Con una mano y haciendo manojo con la otra, desgajé flores a mi antojo, cuando escuché el primer ladrido.
Descubrí al perro gigantesco que se revolvía furioso al otro lado. Iba y venía, gruñía y escarbaba, asomaba el hocico por el enrejado.
Una voz sonó desde adentro: “¿¡Qué pasa? ¿Quién es?”.
Arrojé las flores por la ventanilla, trepé, y un madrazo persiguió mi escapé a toda velocidad.
Reduje la marcha y, como inesperado ladrón, contemplé satisfecho el fruto de mi robo.
Superado el paso por la glorieta del Club Campestre busqué dónde orillar, para armar el improvisado ramo de flores amarillas.
No dudo que obré con locura. Seguro de que mi hija sonreiría, busqué en la guantera, y sabiendo por experiencia que, de no hacerlo en el momento justo, la melodía que rondaba mi cabeza escaparía, escribí al vuelo mí aventura.
Le entregué los tallos del pequeño ramo de flores amarillas, envueltos en papel servilleta.
Sentí que la sonrisa y las lágrimas de mi hija absolvían mi pecado.
LADRÓN DE FLORES
060803
Letra y música: Luis Carlos Vélez
…Me fui pa´l muelle
Porque me dijeron
Que iba llegando
Mi niña adorada…bis
…No tenía rosas
Ni tenía claveles
Corazón y alma
Eran mis presentes…bis
…Ana María no llevo rosas
Sólo alegría para ofrecerte…bis
…Ana María robaré flores
Las amarillas que tú prefieres…bis
…Por el camino
Yo miraba ansioso
Las bellas flores
Que se me ofrecían…bis
…Todos creían que yo
Iba a comprarlas
Y era mi antojo
Que fueran robadas…bis
Ana María pude encontrarlas
Y robé un ramo de hermosas flores
Ana María me pilló el dueño
Corrí espantado me ladró un perro
Ana María robé tus flores
Ana María me pilló el dueño
Ana María me mordió el perro
Pero tus flores aquí las traigo
…Aquí las traigo…bis (3)