La ciencia y el destino / Por Julio César Londoño

UN REPASO A LOS PRINCIPALES IDEAS CIENTIFICAS QUE OCASIONARON LA DEBACLE DEL DETERMINISM

Julio César Londoño
Julio César Londoño 

La inven­ción de la imprenta, los avances de la ciencia en los siglos XV y XVI, la perspicacia del método científico de Bacon, el nacimiento de la ciencia fáctica en la mente de Galileo, la inteligente nostalgia del Renaci­miento por la Antigüedad Clásica, y su principal corolario, el humanis­mo, hicieron antropocéntri­co un mundo cuyo eje había pasado siempre por el centro del capricho de alguna divinidad y permitieron el raciona­lismo del siglo XVII. Este dio lugar en las ciencias sociales al determi­nismo y en las naturales a la causalidad mecanicista. Partiendo de la sana premisa de que nada ocurría porque sí, que todo tenía una causa, se concluyó que el universo era un engranaje mecánico, aceitado y previsible, y que la historia era una secuencia de causas y efectos articulados en un orden lineal invaria­ble.

La regia explosión de conocimientos y síntesis científicos de los dos siglos siguientes agravaron el narciso de la especie y reforzaron el sueño determinista. Pero desde mediados del siglo XIX empeza­ron a suceder hechos inquietan­tes.

El primer golpe contra el determinismo lo propinó Charles Darwin. En su libro sobre El origen de las especies registró las que hoy se conocen como «las 3 leyes de Darwin»: que todos los cambios de los seres vivos se deben a la selección natural; que son muy pequeños; y que se producen por azar. Fue una idea de difícil digestión para una época en que se pensaba, como sostenían Erasmus Darwin, el tío de Charles, y Lamarck, que la evolución tenía un plan, un norte, la perfección. Charles Darwin sacudió la academia y los púlpitos con la tremenda nueva de que las mutaciones y las variaciones de los seres vivos obedecían al azar, es decir, que no obedecían a nada.

            En 1887 Friedrich Nietzsche puso el punto final de La gaya ciencia. Desconfiando de los presupuestos, las inferencias y las abstracciones de los científicos («asumiendo fricción cero», y cosas por el estilo), y demos­trando una enorme agudeza epistemo­lógica, el pensador alemán afirmó en esas páginas que la diferencia entre el conocimiento antiguo y el moderno estriba en que éste describe mejor que aquél el mundo fenomenológi­co, aunque es muy poco lo que ambos explican. «La cualidad de cada fenómeno químico resulta, lo mismo antes que ahora, un milagro. Conocemos con exacti­tud la fuerza con que se atraen la Tierra y la Luna pero lo ignoramos todo sobre la naturaleza de dicha fuerza. Nadie sabe explicar nada», se lamenta el genial energúmeno de Rökken.

            Un poco después, y con un valor que aún no reconocemos lo suficiente, Sigmund Freud escandalizó al mundo hundiendo su escalpelo en las entrañas del alma humana. (Si hubiese tomado lápiz y calculadora y medido el IQ de Dios el revuelo habría sido menor). Sus revelacio­nes (1896) en el sentido de que las razones últimas de la conducta residían en la caja negra del incons­ciente fueron un duro golpe para el raciona­lismo y por ende para el determi­nismo.

La Teoría de la relatividad y el Principio de incertidumbre, enunciados ambos en el primer tercio del siglo pasado, acabaron de afantasmar la realidad. La primera, al descubrir que las observaciones dependían de la velocidad del observador. La segunda, al comprobar que debíamos renunciar a la certeza y tranzarnos con la probabilidad. Desde entonces disponemos de varios “presentes” legales y, por lo tanto, de varios “futuros” posibles.

Los historiadores comenzaron a recelar del determinismo y descubrie­ron que las trayectorias de los sistemas sociales se parecían más a las marañas del movimiento browniano que a las plásticas curvas del bachillerato. La muerte de un discreto príncipe en Sarajevo, demos por caso, desató la I Guerra Mundial mientras que el asesinato del Presidente de los Estados Unidos por un comunista en 1963 apenas perturbó la bolsa.

Como si no fuera suficiente humillación tener que aceptar la imposibi­lidad de conocernos a nosotros mismos, según la ‘maldición’ de Freud, ahora debíamos renunciar a conocer con exactitud el flujo de las ondas sociales y las variables de los fenómenos físicos. En 1931 se produjo lo que muchos consideran el resultado conceptual más profundo del siglo XX. Ese año un joven lógico austriaco, Kurt Gödel, demostró un teorema que llevaría su nombre y que decía en síntesis lo siguiente: todo sistema axiomático es, por fuerza, o inconsistente o incompleto. Lo dramático del asunto estriba en que la matemá­tica, ese alto arquetipo griego a cuya perfección aspiran todas las ciencias, es un sistema axiomático. Si pensamos ahora que las ciencias humanas y naturales se apoyan resueltamente en modelos matemáticos, y que sólo dan por conocida una cosa cuando logran traducirla en expresiones numéricas, la gravedad del anatema de Gödel salta a la vista: buena parte de nuestro conocimiento está edificado sobre una base que no es tan firme como se pensaba.

Coincidencial o fatalmente, los poetas surrealistas estaban ensayando por esta época la escritura automática (una suerte de ejercicios literarios que apelaban a las musas del inconsciente), aparecieron serias fracturas en la continuidad espacio-temporal de las narracio­nes de Joyce, Woolf y Faulkner, y un tímido vendedor de seguros de Praga se permitió echar una sonrisa inteligente y ácida sobre el derecho y la justicia, y trazó una caricatura despiadada, es decir exacta, sobre la vacuidad de nuestros rituales burocráticos.

CONCLUSION

Lo positivo del entierro del determinismo, o por lo menos de los discretos límites que ahora lo circunscriben, radica en que ya no servirá de fundamento filosófico para los programas ideológicos de los dictadores ni para las atrocidades «eugenésicas» de los ángeles exterminadores del racismo ni para los delirios paranoicos y las doctrinas mesiánicas de pastores fundamentalistas. Las sectas y las dictaduras han basado siempre sus doctrinas en especulaciones deterministas. El sátrapa y el pastor son iluminados que conocen al dedillo la senda de la felicidad, y arrean la masa por ella hasta embutirla en el paraíso –reino que cercan cuidado­samente con dogmas y decretos, con himnos y policromías, con muros y púas para que nadie corra el riesgo de extraviar­se en las desdicha­das tierras de allende el cerco.

El determinismo era estimulante para el pensamiento (incitaba a descubrir las leyes de la vida y la materia) pero estéril para la ética. Si todo estaba predeterminado, si está escrita nuestra salvación o decretada nuestra condenación ¿para qué afanarse?

El marco conceptual de estos tiempos frente al problema del destino es ideal. Gozamos de un determinismo moderado que permite planificar con expectativas razonables de acierto los proyectos oficiales y los negocios de los particulares, sin eximir a nadie de obligacio­nes éticas. Y si bien es cierto que nos incomoda el margen de error que comporta nuestra ciencia (nos gustaría poder predecir con precisión la fecha y el lugar de las catástrofes naturales), es un precio que aceptamos de buen agrado por tener una ciencia humana –es decir limitada y falible pero siempre perseverante, con frecuencia lúcida y a veces providencial– y porque ese margen de incertidumbre añade, en lugar de restar, encanto al mundo.

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