PERSONAJES DE MI PUEBLO
Para: Revista Digital Arrierías
El ser humano, según estadísticas y estudios académicos bastante profundos y permanentes, es el ser viviente más destructor que habita el planeta tierra. Quema bosques, destruye ecosistemas con abundante fauna y flora; caza por “deporte” animales en vías de extinción, envenena plantíos con agroquímicos que van a dar a quebradas y ríos y, por ende, al mar.

Las grandes explotaciones de minerales llevan cargas de químicos devastadores para la naturaleza; utiliza petróleo no refinado para mover camiones, barcos, motores y en las grandes ciudades donde han desaparecido los árboles, por tanto, la gente no respira aire puro sino una mezcla de aire con elementos nocivos para la salud que devienen de los mismos vehículos que las multinacionales ponen a la venta. En síntesis, es un mundo loco, destructor, invasivo, inhumano. Mares y océanos se han convertido en verdaderas cloacas invadidos, además, con toneladas y toneladas de elementos plásticos y no biodegradables. Mundo loco y desesperanzador.
Sin embargo, la esperanza de un mundo mejor está en algunos seres maravillosos que dedican su vida a cuidar el entorno, la naturaleza. Algunos los llaman ecologistas, naturalistas, protectores del medio ambiente, de los animales, de la vida. El amor por el campo, por la naturaleza nace, generalmente, en las personas más humildes en Colombia, en aquellas personas que respetan los árboles, los animales, la vida apacible en las bellas regiones campestres de Colombia, protección que es más vital y permanente en las comunidades indígenas.
El personaje de hoy en Arrierías, es un ser humano que nació con un apego profundo por el campo y los animales, esencia que proviene de sus progenitores, de sus ancestros donde le fueron inculcando, desde pequeño, el amor por la tierra y el respeto por los entornos ecológicos.
- ¿Qué te gustaría ser cuando estés más grande? -preguntaron alguna vez sus padres-.
- Acróbata, maromero de un circo o médico, -fue su respuesta inmediata y contundente.
Cuando le insistieron en que explicara el porqué de esa respuesta, no supo responder. Era bastante hábil para treparse en los árboles de la finca de los abuelos, pero más disfrutaba estar con los animales, especialmente con los perros -sin mucho pedigrí- de la pequeña pero muy bella finca cercana al pueblo. Rogaba y pedía insistentemente que lo llevaran a los zoológicos, lugares donde se extasiaba mirando animales exóticos, aves y toda clase de seres vivos encerrados, algunos en condiciones no muy óptimas, hecho que le causaba cierto pesar y tristeza.
Luis Alejandro Escobar Restrepo terminó su bachillerato y Luis, su padre como también María Inés su madre le sugirieron estudiar medicina humana y empezó el pre médico. Al finalizar esta etapa preparatoria profesional llamó a sus progenitores
- definitivamente quiero estudiar medicina pero veterinaria. Me gustan los animales, disfruto con ellos; veo el abandono general que hay con respecto a muchos animalitos callejeros y mi determinación es hacer veterinaria.
Con la aceptación de sus papás viajó a la reconocida facultad de Medicina, Veterinaria y Zootecnia de la universidad del Tolima, en Ibagué. Allí, con sus compañeros, formó una comunidad solidaria de un alto rendimiento académico; estudiaban juntos, hacían sus trabajos y prácticas en común y, además, recorrieron muchas partes del país conociendo y observando la naturaleza colombiana, nuestra gran riqueza de fauna y flora. Él, como sus compañeros, de familias campesinas poco adineradas se las ingeniaban para subsistir en medio de sus necesidades y carencias económicas, cocinaban y aportaban en conjunto para tener una vida llevadera, la misma vida que llevan miles de estudiantes universitarios en Colombia.

Una de las grandes crisis de Colombia tiene que ver con la salud, derecho fundamental convertido en un simple negocio donde exigen a los médicos en menos de una hora atender tres o cuatro pacientes. Observar a Alejandro en su desempeño ético como médico veterinario es la antítesis de lo que es la medicina humana. Atiende a sus pacientes, mascotas o animales de trabajo o producción, dedicando hasta una hora a palpar, mimar, auscultar para tomar la decisión más acertada para resolver el problema que se le presenta. Lleva 14 años trabajando y llegó a Caicedonia a hacer un reemplazo de una amiga que viajaba a España a una especialización, con la promesa de hacerlo sólo unos cuantos meses. Se vino de Cali donde trabajaba en una gran empresa y se quedó para siempre ante la solicitud respetuosa de muchos de los dueños de mascotas que atendió para que se quedara.
Mantiene al día en técnicas y estudios veterinarios y ha empezado a romper esquemas en cuanto a los procedimientos habituales de diagnóstico y receta. Generalmente exige exámenes de laboratorio cuando hay casos complicados. Su clínica de atención de urgencias y de consulta es un sitio agradable al que se puede llegar mediante cita previa. Ya su tiempo como médico no le permite subirse a los árboles ni puede lograr su sueño de ser maromero de circo pero sí logró ser un gran profesional que ama la naturaleza y ama su profesión intensamente. Ese es nuestro personaje de esta edición en Arrierías, un veterinario Caicedonita ejemplo de entrega, ética y profesionalidad.