SI EL XX FUE EL SIGLO DE LA FÍSICA, CON SUS BOMBAS, SUPERCONDUCTORES, MECÁNICA CUÁNTICA, TEORÍAS CÓSMICAS Y PRODIGIOS ELECTRÓNICOS, EL XXI SERÁ EL SIGLO DE LA BIOLOGÍA, SOBRE TODO DE SU RAMA MÁS DINÁMICA Y ESPECTACULAR, LA GENÉTICA.

Un ingeniero genético es básicamente un diseñador, un bioquímico capaz de manipular los largos filamentos de las hélices del DNA, cortarlos en ciertos puntos, recombinar los segmentos resultantes, unirlos e insertarlos en un cromosoma. (Situados en el núcleo de la célula, los cromosomas son los vehículos de los genes, unos corpúsculos informáticos que saben desde ya que el ciudadano K tendrá ojos cafés, 1.74 m de estatura e inclinación por las humanidades, y que morirá antes de los 40 víctima de una cardiopatía congénita).
Aunque sólo ahora conocemos los detalles micro de sus procesos, la ingeniería genética se practica desde hace mucho tiempo. El granjero de la prehistoria que seleccionaba las semillas; Platón, que proponía limitar la demografía de los pobres, a los que juzgaba poco inteligentes; sus vecinos, los espartanos, que arrojaban por un acantilado a los recién nacidos deformes; y el buenhombre de todos los tiempos que quiere para su hija un pretendiente bello, rico y fuerte, son, todos, ingenieros genéticos aficionados.
A pesar de su juventud, ya le debemos a esta ciencia sucesos tan importantes como la Revolución Verde, que aumentó de manera sensible el volumen de las cosechas a partir de los años 60; la clonación, que nos permite hacer copias exactas de órganos y de individuos; el mapa del genoma, que es como la fórmula de la vida, y El ratón, la mosca y el hombre del biólogo molecular François Jacob, uno de los pocos libros que es, al tiempo, un hito de la divulgación y un clásico de la literatura.
Jacob pronostica que en un futuro inmediato (5-10 años) la ingeniería genética podrá copiar cualquier órgano a partir de los mismos tejidos del paciente receptor (lo que obviará el problema del rechazo) y a largo plazo (20-30 años) predecir todo el futuro clínico de un embrión y corregir su diseño; curar en la cuna, digamos, el Alzheimer de la vejez.
Y como seguramente se encontrarán los genes responsables de la depresión, la inteligencia, la euforia, la lujuria o la drogadicción, es previsible la aparición de una nueva cátedra, la psicología genética. Estos psicólogos se encargarán de pulir, en las escuelas, lo que los ingenieros comenzaron en el laboratorio
No todo es color de rosa, claro. Al conocerse en detalle su futuro clínico, demos por caso, una persona puede ver rechazada su solicitud de empleo, o encarecido su servicio de salud. Para morigerar el problema de la violencia, los ingenieros eliminarán el gen de la agresividad y tendremos al fin una humanidad tranquila… pero como siempre habrá sujetos que quieran salirse de la fila, habrá sujetos –los policías del futuro– a los que se les dejará intacto ese gen. Seguramente habrá padres que querrán morigerar la lujuria de sus hijas genéticamente; y empresarios que encargarán ejércitos de sátiros y ninfómanas para una multinacional del sexo. Existe la posibilidad de acabar la drogadicción estirpando el gen responsable de esa conducta… pero también el riesgo de que los mercaderes de las drogas se las ingenien para producir camadas de bebés proclives al vicio. Por otra parte, ¿será deseable una humanidad sin drogas? ¿Sin vino? ¿Sin estimulantes químicos de ningún tipo? ¿Qué sería de la fiesta sin estos viejos y queridos alcahuetes? Y la homosexualidad, ¿será prevenida o tolerada?
Las armas biológicas (napalm, ántrax, agente naranja) salen de los laboratorios genéticos. Los alimentos transgénicos son una amenaza a la biodiversidad porque una vez descubierta una variedad de alto rendimiento las otras variedades dejan de cultivarse y pueden extinguirse. Y la biodiversidad, recordémoslo, no es sólo una pincelada que engalana el paisaje sino una garantía de supervivencia: una población compuesta por individuos genéticamente muy similares puede desaparecer, íntegra, a causa de una epidemia o un cambio brusco en las condiciones climáticas. (La naturaleza también baraja y recombina genes irresponsablemente, como en cualquier laboratorio, pero sus experimentos, a diferencia de los que hace el hombre, son muy lentos y dan lugar al reacomodo de los ecosistemas).
Se rumora que se está trabajando en la fabricación de bombas que afecten sólo a una raza determinada. Las “bombas étnicas” son sin duda más perversas que las bombas convencionales, artefactos democráticos pues al fin y al cabo no discriminan a la hora de pulverizar mortales.
Pero lo que despierta más resistencia es la posibilidad de clonar seres humanos. Es un tema sensible para laicos y religiosos. El sólo pensar que puedan andar por ahí copias idénticas del Papa o del Presidente o de Claudia Bahamón pone nervioso a cualquiera. O copias del ciudadano K, porque el valor de cualquier individuo reside en que es único. Cuando esto no sea así, los ‘individuos’ van a ser intercambiables. Deleznables. Más deleznables.
La solución no está en estigmatizar esta o alguna otra área de la ingeniería genética, porque entonces las investigaciones continuarían de manera clandestina e incontrolada, sin el necesario y justo debate. Mejor es ilustrar a la opinión pública sobre los beneficios y los peligros de estas prácticas. Está bien que se las promocione reiterando las obvias bondades de la clonación de órganos y de la prevención tempranísima –desde el vientre, quizá antes, desde el óvulo y la esperma– del cáncer, el Alzheimer, la epilepsia y las enfermedades cardiovasculares. Pero también hay que advertir, por ejemplo, sobre el riesgo de que un DNA inyectado destruya al supresor de un oncogén, accidente que puede desencadenar un cáncer; o de que se remoce la vieja tentación de suprimir individuos defectuosos. O inconformes. O potencialmente desadaptados.
Sólo cuando la gente conozca la ‘letra menuda’ del Mapa del Genoma, habrá condiciones para un debate amplio y todos podremos opinar sobre el tema como hoy lo hacemos sobre el aborto, la eutanasia o la sexualidad. De esa discusión saldrán las reglas de juego que deben regir la ingeniería genética: sus límites éticos, la prioridad de las investigaciones y el norte de su función social.
La legislación así resultante será, sin duda, más humana y sensata que si dejamos estas decisiones al arbitrio de la vanidad de los científicos y de la ambición de los industriales.