Se acerca el mes de diciembre; por esta época llegamos, desde distintos lugares del planeta o de nuestra geografía colombiana, caicedonenses que hace algún tiempo dejamos la ciudad natal en la búsqueda de mejores oportunidades para nuestras vidas y para la de nuestras familias.
Llegamos en este mes para llenarnos de calor humano, para buscar el afecto que dejamos, para asomarnos en vivo y en directo a la ciudad de nuestros recuerdos en donde cada calle, cada casa, cada bar, cada fuente de soda, señala los momentos vividos en pasado en compañía de personas que forman parte del historial de nuestros recuerdos.
Llegamos por esta temporada a llenar nuestros ojos de un paisaje que se rememoran en lejanía; a escuchar las voces en vivo, aquellas que por teléfono hablan de ausencias y de evocaciones cada domingo en una conversación ritual y necesaria; a tomarnos un trago con los camaradas y en la charla desandar los caminos de las historias compartidas, de la complicidad amiguera de siempre.
Se llega a la tierra dejada para recargar el alma y los sentidos de esas cotidianidades que se van volviendo ausencia en el recuerdo, para cargarnos de abrazos, de besos y de los buenos augurios con los que nos colman todos aquellos que conocemos y nos conocen; para sentir la pertenencia a una tierra que se ama, extraña y evoca en lejanía, en fin, regresamos para ser, para la complicidad, para reafirmar en cada llegada un pasado al que estamos atados de por vida. A la partida decimos “hasta luego” para tener la disculpa del regreso.