Una tarde en que reflexionaba sobre la coseidad de la cosa llamó mi atención algo que se movía de manera casi imperceptible sobre el piso de tierra del solar. Me acerqué. Era una pluma que se desplazaba lenta y errática. Me agaché. Era una pluma blanca, amarillo pálido y azul celeste, y pequeña, como de pájaro, arrastrada penosamente por una hormiga negra de una variedad diminuta.

Una vez repuesto del impacto, lo primero que se me ocurrió pensar fue que se trataba de una hormiga bebé, fascinada con esa hojita sedosa y singular. Imaginen ustedes el afán y la ansiedad de un chico que encuentra tirado en el bosque un planeador reluciente y trata de arrastrarlo a su casa antes de que vengan otros chicos y se lo arrebaten. Tira con todas sus fuerzas, logra moverlo unos metros pero las alas se enredan en los arbustos, tira en otra dirección, suda, insiste, le duelen las manos, la empresa excede sus fuerzas, desfallece, cae, se levanta y vuelve a la carga: nadie en su sano juicio puede dejar tirado un juguete semejante. O se lo lleva a casa, o dejará su vida en el empeño.
Esta era exactamente la situación psíquica de la hormiga. Debía tener alguna propensión atávica por las hojas, como buena hormiga, pero era una tendencia epidérmica, nada serio. Los alimentos y el trabajo no son cosas que desvelen a los pequeños –tienen cosas mucho más importantes en qué pensar–. Y claro que una hoja como ésta, que comienza en un cilindro delgado y casi translúcido, hecho de una sustancia que ella no ha visto en su vida y donde nace de pronto una pelusilla intangible, visible apenas, como una niebla tersa, pero que va tomando cuerpo y color –blanco, amarillo pálido, azul celeste– hasta convertirse en ese prodigio que la suerte ha puesto en su camino, es algo que tiene que conmover incluso al bebé más indolente de la colonia. Y allí está la chica, sudando la gota gorda con esa hoja caída del cielo que se le atasca en terrones, briznas de hierba y hojas vulgares. Quiero ayudarla; puedo, con un soplo, ahorrarle varias jornadas pero ignoro la ruta a seguir. Brega, porfía, tira en todas direcciones de manera que el desplazamiento resultante al cabo de diez minutos es nulo; erra en círculos como cualquier condenado. De algún modo, está experimentando un sentimiento muy complicado para su diminuto corazón, y descubriendo una verdad antigua: que la belleza es una cosa que desespera. Suelta por un momento su tesoro, retrocede (como cualquier crítico) para que le quepa en su campo visual, lo recorre, analiza los obstáculos, mira a su alrededor, como buscando ayuda: nada, ni un alma, por desgracia; ni un alma, gracias a Dios. (Yo no cuento. Soy gigantescamente invisible).
Tal vez me equivoco al asumir que la curiosidad es una virtud exclusiva de las hormigas jóvenes. Bien puede tratarse de una adulta en cuyo cerebro la visión de la pluma produjo una vibración anómala que la obsedió.
Podemos imaginarla descendiendo a las galerías, por fin, con su tesoro a cuestas y ante la mirada atónita del hormiguero. «Ahí está pintada la loca», dirá alguna. «Tanto esfuerzo derrochado en una hoja estéril», comentará un viejo pragmático. «Loca y todo lo que quieran –pensará para sus adentros un macho enternecido– pero adorable».
Bebé o adulto, loca o excéntrica, el hecho hizo tambalear mis estanterías –el hombre es inteligente, la mujer astuta y el animal instintivo–. Y si nos cuesta aceptar la inteligencia de los animales, ¿cómo digerir ahora esta prueba palpable de su sensibilidad? Durante siglos nos hemos consolado de la inferioridad de nuestras organizaciones sociales frente a la armonía de una colmena de abejas, por ejemplo, diciéndonos que nuestro caos social es una consecuencia inevitable de nuestra preciada individualidad, cualidad de la que tenemos conciencia a través de procesos eminentemente intelectivos. Somos desdichados, está bien, pero no somos máquinas. Una colmena es un organismo mientras que un conglomerado humano está escindido siempre, para bien y para mal, por un sinnúmero de intereses en pugna.
Y de repente había aparecido este pite romántico para demostrarme que además de obrar con el instinto que les es propio, la oblicua clarividencia de la mujer, la inteligencia cartesiana del hombre y la eficacia del robot, una hormiga es capaz de estremecerse ante lo bello. Nada qué hacer. De modo que, inclinándome, le susurré: «Animo, muchacha: ya hay bastantes hojas vulgares en la alacena. ¡Animo!». Y la dejé para volver a sumirme en la coseidad de la cosa.